viernes, 24 de octubre de 2008

Música y Lyrica





WOLFGANG AMADEUS

MOZART



RESONANCIAS

HYPERBÓREAS





Con motivo del segundo centenario de la muerte de W.A. Mozart (1791), nuestro recordado colaborador Carlos A. Disandro nos entregó este artículo, devenido prontamente un clásico de Ciudad de los Césares, con mayor razón desde que el número en que se publicó se encuentra hoy agotado (CC 25, julio-agosto de 1992). Por ello, y en la ocasión de cumplirse esta vez los doscientos cincuenta años del nacimiento del músico de "resonancias hyperbóreas " (1756), la republicación del artículo se impone. Una advertencia, sin embargo, para los nuevos lectores, poco familiarizados tal vez con el lenguaje exigente del Maestro. No se pretende aquí algo tan fuera de lugar como un "glosario" disandriano, pero conviene llamar la atención sobre dos términos de su vocabulario: apokatástasis, en griego "restauración", término también de connotaciones escatológicas (cf. Hechos 3.21), y epoptía, "visión", aplicado a la iniciación en los Mysterios antiguos (NdIR).



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Dos centurias de desenvolvimiento de la melodía infinita, y en este fin de milenio, con su katábasis en la oscuridad y en el ruido, hacen resplandecer con fulgores inatendidos la Lyrica de Mozart, que es su música y su canto, el canto de kymindis (según Homero, Ilíada, XVI.291). De esa música y de ese canto pende de pronto e1 mundo regenerado y el kosmos, denso, vueltos a su kháris originaria, la homófona sonancia pitagórica de las Musas. Es el hymnein absoluto en la absoluta transparencia de ser-esencia-sonora, como diálogo del Logos transfigurado en la carne tempestuosa inmisericorde y trágica. En dos centurias pues descansamos, pese a todo, en la coincidencia del oído mozartiano, del oído ingravitacional procreativo que como lumbre de los orígenes inunda y limpia el alma, la libera de los "negros querubines", le devuelve la aventura del paraíso. Por esto pues la lyrica de Mozart recupera la virtud paradisíaca, regenerativa y apokatastásica. Así lo oímos en ese segundo centenario de su tránsito mortal, cuando por 1a subcultura y la contracultura imperan la muerte, el sexo, el discrimen ithyphálico de una carne soberbia, que ya toca a su fin catastrófico, trágico, tenebroso.


No nos proponemos trazar una biografía espiritual de Wolfgang Amadeus, ni mucho menos un recuento de su significado estético en la cultura musical europea durante los siglos XVIII y XIX. Queda esa tarea para otros más competentes, más entrañados en la trama de un saber daedálico sobre el arte y la música, la orquesta, el violín o la flauta; más confiados en la virtud operativa de un conocimiento del subsuelo mensurable por la ratio. Ella en efecto se siente incluyente y totalitaria, dirimente y promotora, madrastra crudelísima de 1a historia post-medieval, enfrentada a 1a physis, magna mater de los alumbramientos anabáticos que reaniman la lumbre en la gleba, para que esplendan el Partenón, Píndaro, Virgilio, Mozart. En ese phylum genético lo coloco según la esencia unitiva de la mousiké paideia, de la que el niño y joven de Salzburgo, bendecido por su estirpe lyrica, trasegó la frescura de la melodía absoluta. Caminaremos otras sendas, simbólicas en la meditación y reposaremos en el pórtico del mysterium celebrado, en las cuerdas insólitas de Amadeus.


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Para internarnos en el enigma de Mozart, si resulta posible comprender de alguna manera la interioridad del genius profundo, debemos atender a los nombres. Comencemos entonces por los nombres, donados al niño en la pila bautismal. Los nombres son en efecto emblemas premonitorios, que en todo caso sin ser determinantes ni proféticos realumbran para la meditación interiorizadora el contenido concreto del destino acontecido. No forzar el destino con los nomina, ni tampoco ignorar en ese destino, ya cancelado biográficamente, la semántica de los nomina, alusivos y congruentes. Por eso los considero emblemas regenerativos y simbólicos, sin perjuicio de aceptar la multivocidad inequívoca para la posteridad, heredera del sentido total de una obra estética. Veamos pues brevemente, a través de los nombres, la densidad europea y universal de Mozart, a dos siglos de su muerte. En el emblema aducido resplandece la virtud subsistente según la obra que refulge en la lumbre de la música y del canto. Virtud y música son aquí congénitas.


Según sabemos los nombres completos fueron Juan Crisóstomo Wolfgang Theophilo, este último trocado luego en Amadeus, es decir, la traducción latina del griego, probablemente por influencia de algún maestro italiano, cercano al padre del muchacho, Leopoldo Mozart. Los dos primeros se omiten generalmente en la literatura rememorativa o crítica, y el genio ha quedado para nosotros, en el recuerdo común, como "Wolfgang Amadeus", un nombre germánico y el correspondiente latino, en la serie antedicha, que no fue al parecer la voluntad originaria del padre o de la madre.


Mozart nació el 27 de enero de 1756. Esa fecha en el antiguo calendario litúrgico de la Iglesia Romana correspondía a la fiesta de San Juan Crisóstomo, la magna figura espiritual, teológica y mystico-poética de la Iglesia Griega. De allí los dos primeros nombres que ostenta el insigne lyrico de la música occidental. Pero el nacimiento "desde lo alto" en la pila bautismal que ratifica la virtud de la fiesta litúrgica, lo hace primero "Juan" y "Crisóstomo", incardinándolo en el mysterium inexhausto de la alabanza, del hymnein cristiano, que corona y transfigura el hymnein de las Musas griegas, como cúspide sonora del mundo.


En "Juan" se columbra el mysterio del Logos, la Palabra absoluta, trocada en canto absoluto, por intermediación de kymindis, el ave lyrica apokatastásica. En "Chrysóstomo", la áurea proferición que de música absoluta se hace recitativo absoluto; de vibración transcósmica, proferición de las cuerdas o de la orquesta, el ritmo, el texto indeformable por el sello semántico y melódico; la recuperación o recurrencia ancestral de los orígenes intactos; el mysterio profundo de la lengua itálica, latina, germánica, que invisceran tres almas de Mozart artista, quien juega con ellas como la Sabiduría intemerata. Pues estos dos nombres son sellos del mysterio cultual; los dos restantes pertenecen al designio del padre, y por tanto invisten categorías históricas, que develan el kairós de Mozart, mientras que los dos primeros invisten y trasiegan su destino personal en el siglo XVIII, pero se tornan raíces de dos siglos que nos abisman.


Esta articulación entre mysterium cultual y el mysterio kairológico del festivo Mozart es el secreto profundo de su música. Observemos además el ordenamiento cíclico de sus nombres: la sonancia griega es primero y clave que cierra: Theóphilo, difícil de reinterpretar para el caso de esta familia salzburguesa.


Quizá algún antepasado de la familia, un padrino o el gusto, ciertamente insólito en el padre, adscripto a un mundo de minué, de lúdica cultura francesa; y desde luego el gusto, severo y perfilado en la madre, con ancestrales costumbres en la familia alemana. De cualquier modo, no cambia en absoluto el valor semántico del emblema: Theophilus, Amadeus, que es el mysterio de la interlocución divina, para establecer la referencia entre el entrañable secreto de la deidad abscóndita y los restantes discípulos de Juan Crisóstomo.


En el centro de este cielo configúrase Wolfgang, de clara estirpe germánica. Allí está la coyuntura, ni francesa, aunque sin Francia no habría el "esprit de finesse" en Europa, anterior a la tempestad; ni itálica, aunque sin Italia no habría Hespéride dorada, sol regenerativo, ritmo dionisíaco. en un siglo de racionalismo congelado; lujuria del juego inocente y perspicacia del diálogo interno del hombre, Adán y Eva, excluidos del Paraíso, pero retornados a él por mysterio de la Música, la música sumada a la kháris bautismal, océano de otras tempestades y de otras congruencias interiores. Pero en fin en "Wolfgang" alumbra la ancestral y poderosa categoría germánica, que hace a Mozart, que hace a Theophilus-Amadeus, Mozart germanicus, sello definitivo de su emblema reasuntivo y promotor. Porque las Musas inhabitan ahora el paisaje y los montes, las aguas y el cielo de Salzburgo, el Wolfgangsee, que entronca con la frontera de aquellos pueblos indómitos y vastos, posteriores a la muerte de Augusto. Detrás por supuesto reanímase Sankt Wolfgang de los tiempos originarios, el "paso del lobo" en los bosques germánicos. Allí se recelan el fervor y el oculto estremecerse del alma germánica. Aunque Wolfgang ha vencido el ensimismamiento de Lutero, pero ha preparado para después la manifestación del mito germánico en la vastedad del ascenso wagneriano.


En Wolfgang se afirma la penumbra de la natura intacta, inocente, que espera como dirá Wagner en Parsifal el "Mysterio de la Resurrección" para transfigurarse con el hombre. Y esta expectativa del Logos que está en Wolfgang es esencia lyrica de Amadeus. En la concreta figura de Mozart mousikós lyricus hay una vía de Dios al cosmos y como un retorno o anábasis del cosmos a Dios. Pero en el camino de la música se abre la procesión de las imágenes propias del lyrico, que compone una semejanza semántica de la natura. En el ánima de Mozart la música en la lyrica, y la lyrica en la música. De allí la dificultad para discernir y desglosar en la melodía mozartiana la pertenencia al mundo empírico, tan contradictorio en el artista entre 1770-1791. Es inútil proyectar soluciones reduccionistas de estilo crítico y musicológico. Sin embargo sus melodías no son "epiphaenomena" como las de Scarlatti, ni metaphysicas, como las de Corelli o Vivaldi. Son interludios de la "natura", semina rerum que trasiegan un mundo de los orígenes, pero no más allá de la arkhé. Es decir no son mysticas ni gnósticas. Son naturalia, que resuenan como las frondas, los cálamos del bosque, las ondas de los ríos germánicos o itálicos.


Son naturalia que completan la natura como el pájaro kymindis, descripto por Homero en un enigmático pasaje de la guerra inmisericorde y funesta.


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Recorriendo el ciclo de sus nombres, hemos desentrañado un perfil congénito, íntimo y sugerente, que nada debe a la musicología y que según ésta sería totalmente cuestionable. Lo sé. Pues mi prosa es como un poema lyrico-histórico inspirado en la audición de la Música, en la experientia rerum naturalium, tal como interpreta mi pensar tales sonoridades, holísticas con la natura incluyente y sublime.


Y así la melodía del lyrico germánico en las cuerdas, por un lenguaje transemántico, pero riguroso: incluye la diakósmesis pitagórica y el desembozo del alma germánica. Sin tales parámetros no es concebible Amadeus. No discuto pues el saber analítico y reduccionista. Me atengo al postulado: la arkhé es el oído; discierno en la oscuridad y penumbra del mysterio informulado e informulable, sobre todo por una ciencia de la pesantez indiferente.


Recapitulemos y prosigamos nuestra ruta designatíva y simbólica.


En contacto con la virtud principial, sin ser propiamente del contexto de lo principial en el sentido de la arkhé absoluta, se allana la condición de Theophilus, como en la prosa theológico-mystica de Dionysio Areopagita, o como en el universo del Evangelio de San Juan. Luego res naturae postcosmogónicas: estrellas, constelaciones, flores, animales; en una palabra, la res paradisíaca que se anuda desde luego al bosque multiforme colmado de aéreas criaturas preternaturales, el mysterio de Mozart como destino humano en la Europa racionalista, festiva y revolucionaria del siglo XVIII. Dos años antes de su muerte estalla la tormenta "historiogónica", que quizá podría intuirse en algunas sinfonías del joven maestro, pero que de todos modos fue vencida por la partitura lyrica de la Flauta Mágica. El maestro sin embargo, alumnus Musarum, ha desembozado la entera historia teogónica y cosmogónica como si recapitulara y redintegrara la complexión physica, histórica, musical en su vasta obra inconfundible.


Reanudamos el despliegue de la obra como patencia de la íntima combinatoria del cosmos. Pero también la patencia del nombre de la res musical y semántica que ostenta una intermediación instrumental muy característica, según un principio dedálico, constructivo que se nos escapa. ¿Por qué un trío, una sonata, una sinfonía, un "divertimento"? ¿Por qué los ritmos concertados, concertantes, discontinuos, sincrónicos? ¿Por qué el canto, con palabra o sin palabra, que brota de pronto como una fuente en medio del esplendor de la lumbre? ¿O de las oscuridades de la selva germánica? ¿Por qué la meditación afincada en el fervor sonoro de la orquesta? 


Es ésta el anima musicae viventis, como el anima mundi que sostiene una Lebenssymphonie, en el sentido estricto semántico de los términos, no sólo en el sentido histórico y estilístico de la composición. Las cuerdas resuenan por delicadas vibraciones contrapuntísticas el mysterio de Theophilus Amadeus para un mundo que negará en fin de cuentas ambos centros semánticos por discordia con la melodía mozartiana. Pero Theophilus seguirá vigente y operativo, en cuanto un violín trasiegue otra vez a los orígenes, y reconquiste a Mozart recoleto en su ciudad, su partitura, en su fluencia fontanal y fundante.


Los vientos instrumentales en el oído y en la operatio aesthetica del musicus germanicus trepidan el mysterio de Wolfgang, el mysterio de la selva oscura, ancestral, sentida por Tácito como morada del espíritu germánico en su interioridad absoluta, diferente ésta de la música griega, la causa del Partenón en su corporeidad ingravitacional deslumbrante, absoluta, cosmogónica. Pues este "paso del lobo", difiere del lobo vencido por San Francisco en el invierno de Gubbio. Esta es la unión musical del Paraíso, perdido por el hombre, reconquistado por Dante, Francisco y Wolfgang Amadeus.


El piano en fin es el mysterio lyrico de la natura rerum creatrix, en cuya sonancia ígnea inhabitan todas las formas, desde las ondas del mar, a las constelaciones celestes; desde los dorados frutos hespéricos al mirto y al lyrio de las consagraciones transformantes. Pues cuerdas, vientos, piano operan en el mundo la Verwandlung precógnita para el canto de Gurnemanz en el tercer acto de Parsifal.


La orquesta mozartiana resulta pues en su combinatoria sutil la emersión condensada, apokatastásica, allende las reparticiones sonoras de los instrumentos, como si imagináramos primero estrellas y luego constelaciones, lo que es imposible cosmogónicamente. Tal constancia significa que en Mozart se desplegó la plenitud de la melodía, subsistente en Crisóstomo Theophilo, pero desenvuelta en el espíritu de la Germania precristiana y cristiana, sin excluir las conmociones del alma luterana. Y este symbolon de Lutero-Mozart, Lutero-Haydn, Lutero-Wagner, etc., define por la re-unión de las dos cuerdas, o de los dos campos semánticos, allanados en el symbolon, el totum que permite comprender la melodía pitagórica del maestro, anterior al espíritu musical de Lutero. Espíritu que es interioridad sin el mundo, que podríamos llamar "gnóstica", no helénica; mientras la de Mozart reasumiría interioridad pitagórica, la del verso virgiliano numero deus impare gaudet.


Hasta aquí llegamos en la ubicación histórico-genética.


Falta el itinerario del oído, que aquí sólo es proemio inteligible, en su expresión epocal integradora y sutil, como el reino de las Musas. Debemos proseguir el maravilloso camino hacia los hyperbóreos como dice Píndaro.


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Y estamos pues en el mysterium de la música, más allá de los nombres biográficos, epifenómenos varios y contradictorios, en giro epocal de la segunda mitad del siglo XVIII, en que se ubica el arte de Mozart, como un aéreo puente hacia la melodía absoluta. Pero esta melodía coincide, en el límite, con la fluencia lyrica del canto. En términos míticos, corresponde entonces a la coronación teogónica de Hesíodo y al entrañamiento del canto de Kalypso en la gruta inaccesible que la resguarda, sustrae y oculta. 


La primera, la coronación, trasciende todo acontecer cosmogónico; el segundo, o sea, el entrañamiento kalypsico, es una virtud planetaria y telúrica, referida también al arte de la physis morphogenétíca. Pues nada que rememore, trasiegue o consagre la belleza es ajeno a la "vida", cuya interioridad lyrica y melódica, resplandece en la obra de Wolfgang Amadeus. Es pues este theophilo, intermediario absoluto entre lo que precede y lo que sigue; por ese puente aéreo de sus cuerdas y sus vientos, de sus ritmos y sus pausas, de su invención harmónica y de su patencia hymnica, en el sentido de Hesíodo, transcurren cosmopoiesis y tranfiguración, Paraíso perdido y reconquistado en el son fundante. Ni la reducción conceptual o el encuadre estilístico, desplegado por una "historia de la música" que por tramos "philogenéticos" pretende repensar el ente musical physico-empírico, que de la partitura pasa al universo sonoro; ni la clasificación minuciosa, entomológica, que describiendo una curva ontogenética, desde Bach a Wagner, promete rescatar con patencia hermenéutica definitiva "el canto de kymindis ", aunque no alcanza los umbrales del "mysterium" celebrado, ni una ni otra desocultan el ente mozartiano. Pues en este caso no hay ni puede haber una epoptía mystica, sino una regeneración del oído arkhaico, que produjo en Mozart su propia audiencia interiorizada, en el marco concreto, es claro, de, lo que su oído podía trasegar (lo que llamo contorno epocal). La composición propiamente dicha es un trasiego, que se impone como el fluir de la fuente en la montaña o en el bosque. Y los tres momentos que podemos intuir oscuramente en experiencias musicales concretas, o sea: 1) oír en la arkhé, oir de Theophilo; 2) paso del rumor rítmico y melódico al alma del artista, 3) trasiego empírico a la composición, son para Mozart la naturalidad de una vivencia poética. Esta tiene la ilimitada energía cosmogónica originaria, que no halla dificultad al trocarse en campos semánticos musicales tan diferentes como una sonata para piano, un concierto de violín o el canto de Papageno en La Flauta Mágica. Porque el "mysterio" celebrado acontece primero en lo que he llamado "audición arkhaica", no al pautar los signos gráficos de la partitura, lo que para Wolfgang era probablemente una tarea de curiosidad divertida. Esta sorprende la plasticidad de la melodía cosmogónica, apta para las creaturas de este tercer cosmos, allende la physis y el lenguaje, y por ende más enigmático que mares, montañas, nubes y flores, y también más inaccesible que cualquier poema advenido en el universo semántico de la multivocidad proferida o de la lengua articulada.


Todo lo que he dicho es transcurrir por la ronda del castillo; el espacio interno del castillo, la secreta morada de la fuente misma es otra cosa, ni physis ni palabra. Creo que es en definitiva el trocamiento de los invisibilia Dei en los audibilia Dei, en la ruta de peregrinaje por un nuevo Paraíso, los inaudibilia Dei, impensables siempre para el hombre sin el canto, la melodía y el poema que siempre la conlleva.


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Así descripto parecería un mundo evanescente, y en cierto modo lo es. Es sin embargo una evanescencia que se regenera desde la partitura, es decir, de la memoria originaria; ello entraña un horizonte mágico, más cerca de la semántica lyrica, verdaderamente poderosa en el caso de Wolfgang Amadeus. Semántica lyrica que es una frontera sutil entre palabra y melodía, entre compás rítmico y significado, entre timbre y tono musical, en el sentido de las variaciones tonales desde el siglo XVI al siglo XVIII - y estado anímico prevalente o promotor. 


Trascendemos en el tono la semántica pura del lenguaje, aunque no cabe dudar que Wolfgang lo siente como el paso sutil, inafectado, a la palabra circunscripta y de otra tensión phaenoménica, pero ligado siempre a ella por una atmósfera de totalidad incluyente y regeneradora. La frecuencia de un timbre mozartiano es para el artista un camino, siempre inexplorado y fecundo; para nosotros una concordia cordis et sonus, de la cual derivamos una reasunción estética y a lo más un replanteo anímico evanescente. Pero en el fondo de esa música erígese la palabra absoluta, tal como en sentido inverso, en el fondo del texto pindárico o esquiliano entráñase la melodía absoluta. De allí esa presunción de helenismo translúcido postulado por muchos para la música de Theophilo, entre otros por el mismo Wagner, aunque éste difiera por su concepción de la melodía infinita. El helenismo de Mozart sería en mi lenguaje "el reino de la fiesta hyperbórea", trasegada en una música naturaliter pitagórica; pero esta condición no puede ser reconstruida genéticamente; es asumida e interiorizada o no, investida en un tiempo insólito o propicio, en una refulgencia ton protéron (de los prisci viri), según dice Píndaro. Pero es imposible recomponerla en series analíticas, cuya integración nos acercaría más a la "música" de Amadeus. Eso es una ilusión de la "musicología" y "musicografía" hipercríticas, sin mayor atingencia con el fondo abismal del genio mozartiano. No niego la utilidad hermenéutica de tales recursos, que en la ronda del castillo despejan incógnitas del volumen exterior y sus espacios delineados con pericia, figura de Amadeus Daedalus, que vuela más allá del laberinto, y nos propone su duplicada configuración del cosmos, en el sonus triunfante sobre la semántica. El sonus es Sinn (sensus), en el campo preciso de logos precósmico, prefigurativo y fundante. ¿Se anulan acaso los perfiles de Novalis, y la esencia del mundo es ritmo dionisíaco, allende la semántica? Esta es una cuestión que no puede resolverse en el plano de la melodía y composición mozartianas. Pero es menester dejarla planteada sin embargo. Otros caminos deben disponerse y otros recursos alinearse sin la soberbia de la razón analística y cuantificante.


Tres símbolos fundamentales subyacerían en la totalidad del universo músico de Wolfgang; y los tres son también refulgencia de la lyrica absoluta, denominada por el verbo hesiódico hymnein, de tantas repercusiones semánticas en la cultura. Los tres vastos y comprensivos, como la misma melodía que los entraña y desentraña, según ritmo de despareja constancia, cadencia y fulguración.


El primero es el de la fuente, inabordable pero siempre fluyente, pues mana de un escondido manar; el segundo, el pájaro kymindis en la cúspide de un pino nocturnal, como lo oye y lo trasiega Homero en verso misterioso; el tercero la campanilla de La Flauta Mágica, que abre el mundo pretematural de la Melodía como reconquista óntica del Paraíso. Estos tres símbolos concentran desde luego toda lyrica y según ellos comprendemos en Amadeus el vínculo entre "Música" y "Lyrica", cual si en esa obra de la segunda mitad del siglo XVIII aconteciera una juntura entre la divinidad de la Música y la humanidad de la Palabra lyrica. Se abisman en esa Música los trasfondos de la deidad fecunda, y en esa lyrica los trasfondos de la creatura misteriosa, reseñada en el emblema del hombre incomprensible y enigmático según sus laderas positivas y negativas.


Una lumbre inacabable, transepocal, brota de la obra de Wolfgang. Todos los lobos, de todos los bosques y de todos los tiempos ancestrales, suspiran también por la redención de la música hyperbórea y el canto apokatastásico de los orígenes. Esa lumbre es vida y palabra. Esa lumbre cumple el misterio irrevocable de la manifestación multívoca de la vida. Luz y música, vida y palabra inhabitan siempre la aurora ardiente de las cuerdas, vientos y timbales, como penumbra que moderara el fulgor de la deidad. La orquesta mozartiana es, como digo, penumbra que envuelve y coteja luminosas claridades transcósmicas, lumbre intemerata y sublime, para permitir al audiente proseguir el camino hyperbóreo hacia la luz Divina.


La fuente fluye como esencia mystica de la interioridad según San Juan de la Cruz; el pájaro kymindis entraña en su canto la totalidad del cosmos, deglosado de las generaciones teogónicas y cosmogónicas; la campanilla misteriosa procura el asilo inocente del Paraíso y devuelve al hombre la niñez del mundo: magnus ab integro saeclorum nascitur ordo.


Estos tres símbolos mozartianos no dependen principalmente de un trasiego de historia que puedo reconstruir en etapas clasificadas por un reduccionismo de los kairoi epocales, desde los griegos al siglo XVIII. Es un descendimiento ánothen, desde lo alto, como dice San Juan, el Theólogo, ánothen, como kharis melódica que inunda con su luz.


Finalmente tres dificultades se interponen para cumplir la vía mystérica mozartiana, la vía hacia el "mysterium" celebrado en la fiesta de los hyperbóreos, coronados de laureles de oro.


1) La primera, la opacidad del oído contemporáneo, colmado de azarosos monstruos que han vuelto por el campo del oído, después de haber sido replegados por la sacra fuerza de Herakles solar; 2) la segunda, el triunfo de la imagen contracosmogónica, que es gravitacional; y por ende al llenar los espacios libres del mundo y de la tierra, tiende a la katábasis involutiva, a los ciclos infernales; 3) la tercera dificultad, en fin, induce al falso reduccionismo de una semántica hennenéutica, dispuesta contra la inspiración; ella genera un duplicado equívoco del universo sonoro y anula el camino de la transfiguración por el oído.


Estas tres dificultades u obstáculos aquerónticos son de variable pesantez, incidencia o reluctancia physica, como inercia precisamente de los conflictos inscriptos en el hombre; resultan dotadas además con variable recurso y magia de un poder oscuro difícil de replegar para definir mejor la existencia mozartiana.


Símbolos, virtudes operativas y obstáculos aquerónticos conforman un universo complejo, que tiene sin embargo, de modo contrapuesto, la facilidad confiada a la memoria de la partitura, como un lenguaje hermético que custodia la perennidad de los símbolos y la esencia hyperbórea. Esa memoria trasiega en una pericia que es congruente con aquella custodia, infrangible e intachable. He ahí un principio regenerativo en la modernidad, confiado sin embargo a la verdad del intérprete.


En el segundo centenario que recordamos, Mozart sigue siendo príncipe del universo sonoro, príncipe de la luz y del canto en medio del hundimiento de la cultura hyperbórea en la edad post-moderna, de la ciencia hyperbórea, de la piedad hyperbórea y de su ocio festivo y lyrico. Esta contradicción - la contradicción enfrentada con Amadeus - se torna motivo de fantasmagorías, inevitables y funestas, pues siempre le disputa el imperio del oído, en que en todo caso se define el destino del hombre.


No sabemos si la luz regenerativa de la partitura es suficiente para contener el poder de las sombras. Sabemos, sí, que el refugio en esa luz concilia testimonios de fieles celebraciones mystéricas, potenciadas contra la katábasis y dirimentes en el oído que ajuste a la música, en el puro desierto de la inspiración, el claro manantial de la inspiración e interioridad mozartianas.


La luz, el son, el ritmo, la palabra y el canto mantienen por ende una sustancial concordia operativa y estética, que nos permite avizorar, pese a todo, un cambio áureo después de las catástrofes. Pues "paso del lobo" ha vencido ya, como dije, la oscuridad y el terror de la selva, y se ha allanado a cantar, y por ende, a orar en la esplendente aurora de los orígenes.


A la luz, al son, al esplendor del piano o de la orquesta, súmase pues la "plegaria", que pone al mundo, pese a su gravidez indomable, en espacios de meditación y oración. Porque Theophilo, Amadeus, cumple la intermediación mystérica y divina congruente con su nombre. Oímos según Amadeus, para cantar y orar según Theophilus en su propio canto, que es plegaria lyrica para estos tiempos desconcertados.


CARLOS A. DISANDRO

Alta Gracia - La Plata (Argentina)

Junio - Septiembre 1991




12 de Octubre


EN EL DIA DE LA RAZA


Homenaje del General Perón

a don Miguel de Cervantes



No me consideraría con derecho a levantar mi voz en el solemne día que se festeja la gloria de España, si mis palabras tuvieran que ser tan sólo halago de circunstancias o simple ropaje que vistiera una conveniencia ocasional. Me veo impulsado a expresar mis sentimientos porque tengo la firme convicción de que las corrientes de egoísmo y las encrucijadas de odio que parecen disputarse la hegemonía del orbe, serán sobrepasadas por el triunfo del espíritu que ha sido capaz de dar vida cristiana y sabor de eternidad al nuevo Mundo.


No me atrevería a llevar mi voz a los pueblos que, junto con el nuestro, formamos la Comunidad Hispánica, para realizar tan sólo una conmemoración protocolar del Día de la Raza. Únicamente puede justificarse el que rompa mi silencio, la exaltación de nuestro espíritu ante la contemplación reflexiva de la influencia que, para sacar al mundo del caos que se debate, puede ejercer el tesoro espiritual que encierra la titánica obra cervantina, suma y compendio apasionado y brillante del inmortal genio de España.


Espíritu contra utilitarismo


Al impulso ciego de la fuerza, al impulso frío del dinero, la Argentina, coheredera de la espiritualidad hispánica, opone la supremacía vivificante del espíritu.


En medio de un mundo en crisis y de una humanidad que vive acongojada por las consecuencias de la última tragedia e inquieta por la hecatombe que presiente; en medio de la confusión de las pasiones que restallan sobre las conciencias, la Argentina, la isla de paz, deliberada y voluntariamente, se hace presente en este día para rendir cumplido homenaje al hombre cuya figura y obra constituyen la expresión más acabada del genio y la grandeza de la raza.


Y a través de la figura y de la obra de Cervantes va el homenaje argentino a la Patria Madre, fecunda, civilizadora, eterna, y a todos los pueblos que han salido de su maternal regazo.


Por eso estamos aquí, en esta ceremonia que tiene la jerarquía de símbolo. Porque recordar a Cervantes es reverenciar a la madre España; es sentirse más unidos que nunca a los demás pueblos que descienden legítimamente de tan noble tronco; es afirmar la existencia de una comunidad cultural hispanoamericana de la que somos parte y de una continuidad histórica que tiene en la raza su expresión objetiva más digna, y en el Quijote la manifestación viva y perenne de sus ideales, de sus virtudes y de su cultura; es expresar el convencimiento de que el alto espíritu señoril y cristiano que inspira la Hispanidad iluminará al mundo cuando se disipen las nieblas de los odios y de los egoísmos. Por eso rendimos aquí el doble homenaje a Cervantes y a la Raza.


Homenaje, en primer lugar, al grande hombre que legó a la humanidad una obra inmortal, la más perfecta que en su género haya sido escrita, código del honor y breviario del caballero, pozo de sabiduría y, por los siglos, de los siglos, espejo y paradigma de su raza.


Destino maravilloso el de Cervantes que, al escribir el Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha, descubre en el mundo nuevo de su novela, con el gran fondo de la naturaleza filosófica, el encuentro cortés y la unión entrañable de un idealismo que no acaba y de un realismo que se sustenta en la tierra. Y además caridad y amor a la justicia, que entraron en el corazón mismo de América; y son ya los siglos los que muestra, en el laberinto dramático que es esta hora del mundo, que siempre triunfa aquella concepción clara del riesgo por el bien y la ventura de todo afán justiciero. El saber “jugarse entero” de nuestros gauchos es la empresa que ostentan orgullosamente los “quijotes de nuestras pampas”.


En segundo lugar, sea nuestro homenaje a la raza a que pertenecemos.


La raza: superación de nuestro destino


Para nosotros, la raza no es un concepto biológico. Para nosotros es algo puramente espiritual. Constituye una suma de imponderables que hace que nosotros seamos lo que somos y nos impulsa a ser lo que debemos ser, por nuestro origen y nuestro destino. Ella es lo que nos aparta de caer en el remedo de otras comunidades cuyas esencias son extrañas a la nuestra, pero a las que con cristiana caridad aspiramos a comprender y respetamos. Para nosotros, la raza constituye nuestro sello personal, indefinible e inconfundible.


Para nosotros los latinos, la raza es un estilo. Un estilo de vida que nos enseña a saber vivir practicando el bien y a saber morir con dignidad.


Nuestro homenaje a la madre España constituye también una adhesión a la cultura occidental.


Porque España aportó al occidente la más valiosa de las contribuciones: el descubrimiento y la colonización de un nuevo mundo ganado para la causa de la cultura occidental.


Su obra civilizadora cumplida en tierras de América no tiene parangón en la Historia. Es única en el mundo. Constituye su más calificado blasón y es la mejor ejecutoria de la raza, porque toda la obra civilizadora es un rosario de heroísmos, de sacrificios y de ejemplares renunciamientos.


Su empresa tuvo el sino de una auténtica misión. Ella no vino a las Indias ávida de ganancias y dispuesta a volver la espalda y marcharse una vez exprimido y saboreado el fruto. Llegaba para que fuera cumplida y hermosa realidad el mandato póstumo de la Reina Isabel de “atraer a los pueblos de Indias y convertirlos al servicio de Dios”. Traía para ello la buena nueva de la verdad revelada, expresada en el idioma más hermoso de la tierra. Venía para que esos pueblos se organizaran bajo el imperio del derecho y vivieran pacíficamente. No aspiraban a destruir al indio sino a ganarlo para la fe y dignificarlo como ser humano...


Era un puñado de héroes, de soñadores desbordantes de fe. Venían a enfrentar a lo desconocido; ni el desierto, ni la selva con sus mil especies donde la muerte aguardaba el paso del conquistador en el escenario de una tierra inmensa, misteriosa, ignorada y hostil.


Nada los detuvo en su empresa; ni la sed, ni el hambre, ni las epidemias que asolaban sus huestes; ni el desierto con su monótono desamparo, ni la montaña que les cerraba el paso, ni la selva con sus mil especies de oscuras y desconocidas muertes. A todo se sobrepusieron. Y es ahí, precisamente, en los momentos más difíciles, en los que se los ve más grandes, más serenamente dueños de sí mismos, más conscientes de su destino, porque en ellos parecía haberse hecho alma y figura la verdad irrefutable de que “es el fuerte el que crea los acontecimientos y el débil el que sufre la suerte que le impone el destino”. Pero en los conquistadores pareciera que el destino era trazado por el impulso de su férrea voluntad.


América: empresa de héroes


Como no podía ocurrir de otra manera, su empresa fue desprestigiada por sus enemigos, y su epopeya objeto de escarnio, pasto de la intriga y blanco de la calumnia, juzgándose con criterio de mercaderes lo que había sido una empresa de héroes. Todas las armas fueron probadas: se recurrió a la mentira, se tergiversó cuanto se había hecho, se tejió en torno suyo una leyenda plagada de infundios y se la propaló a los cuatro vientos.


Y todo, con un propósito avieso. Porque la difusión de la leyenda negra, que ha pulverizado la crítica histórica serie y desapasionado, interesaba doblemente a los aprovechados detractores. Por una parte, les servía para echar un baldón a la cultura heredada por la comunidad de los pueblos hermanos que constituimos Hispanoamérica.


Por la otra procuraba fomentar así, en nosotros, una inferioridad espiritual propicia a sus fines imperialistas, cuyas asalariados y encumbradísimos voceros repetían, por encargo, el ominoso estribillo cuya remunerada difusión corría por cuenta de los llamados órganos de información nacional. Este estribillo ha sido el de nuestra incapacidad para manejar nuestra economía e intereses, y la conveniencia de que nos dirigieran administradores de otra cultura y de otra raza. Doble agravio se nos infería; aparte de ser una mentira, era una indignidad y una ofensa a nuestro decoro de pueblos soberanos y libres.


España, nuevo Prometeo, fue así amarrada durante siglos a la roca de la Historia. Pero lo que no se pudo hacer fue silenciar su obra, ni disminuir la magnitud de su empresa que ha quedado como magnífico aporte a la cultura occidental.


Allí están, como prueba fehaciente, las cúpulas de las iglesias asomando en las ciudades fundada por ella; allí sus leyes de Indias, modelo de ecuanimidad, sabiduría y justicia; sus universidades; su preocupación por la cultura, porque “conviene –según se lee en la Nueva Recopilación. Que nuestros vasallos, súbditos y naturales, tengan en los reinos de Indias, universidades y estudios generales donde sean instruidos y graduados en todas ciencias y facultades, y por el mucho amor y voluntad que tenemos de honrar y favorecer a los de nuestras Indias y desterrar de ellas las tinieblas de la ignorancia y del error, se crean Universidades gozando los que fueren graduados en ellas de las libertades y franquezas de que gozan en estos reinos los que se gradúan en Salamanca”.


Su celo por difundir la verdad revelada porque –como también dice la Recopilación- “teniéndonos por más obligados que ningún otro príncipe del mundo a procurar el servicio de Dios y la gloria de su santo nombre y emplear todas las fuerzas y el poder que nos ha dado, en trabajar que sea conocido y adorado en todo el mundo por verdadero Dios como lo es, felizmente hemos conseguido traer al gremio de la Santa Iglesia Católica las innumerables gentes y naciones que habitan las Indias occidentales, isla y tierra firme del mar océano”.


España levantó, edificó universidades, difundió la cultura, formó hombres, e hizo mucho más; fundió y confundió su sangre con América y signó a sus hijas con un sello que las hace, si bien distintas a la madre en su forma y apariencias, iguales a ella en su esencia y naturaleza. Incorporó a la suya la expresión de un aporte fuerte y desbordante de vida que remozaba a la cultura occidental con el ímpetu de una energía nueva.


Y si bien hubo yerros, no olvidemos que esa empresa, cuyo cometido la antigüedad clásica hubiera discernido a los dioses, fue aquí cumplida por hombres, por un puñado de hombres que no eran dioses aunque los impulsara, es cierto, el soplo divino de una fe que los hacía creados a la imagen y semejanza de Dios.


España rediviva en el criollo Quijote


Son hombres y mujeres de esa raza los que en heroica comunión rechazan, en 1806, al extranjero invasor, y el hidalgo jefe que obtenida la victoria amenaza con “pena de la vida al que los insulte”. Es gajo de ese tronco el pueblo que en mayo de 1810 asume la revolución recién nacida; esa sangre de esa sangre la que vence gloriosamente en Tucumán y Salta y cae con honor en Vilcapugio y Ayohuma; es la que anima el corazón de los montoneros; es la que bulle en el espíritu levantisco e indómito de los caudillos; es la que enciende a los hombres que en 1816 proclaman a la faz del mundo nuestra independencia política; es la que agitada corre por las venas de esa raza de titanes que cruzan las ásperas y desoladas montañas de los Andes, conducidas por un héroe en una marcha que tiene la majestad de un friso griego; es la que ordena a los hombres que forjaron la unidad nacional, y la que aliente a los que organizaron la República; es la que se derramó generosamente cuantas veces fue necesario para defender la soberanía y la dignidad del país; es la misma que moviera al pueblo a reaccionar sin jactancia pero con irreductible firmeza cuando cualquiera osó inmiscuirse en asuntos que no le incumbían y que correspondía solamente a la nación resolverlos; de esa raza es el pueblo que lanzó su anatema a quienes no fueron celosos custodios de su soberanía, y con razón, porque sabe, y la verdad lo asiste, que cuando un Estado no es dueño de sus actos, de sus decisiones, de su futuro y de su destino, la vida no vale la pena de ser allí vivida; de esa raza es ese pueblo, este pueblo nuestro, sangre de nuestra sangre y carne de nuestra carne, heroico y abnegado pueblo, virtuoso y digno, altivo sin alardes y lleno de intuitiva sabiduría, que pacífico y laborioso en su diaria jornada se juega sin alardes la vida con naturalidad de soldado, cuando una causa noble así lo requiere, y lo hace con generosidad de Quijote, ya desde el anónimo y oscuro foso de una trinchera o asumiendo en defensa de sus ideales el papel de primer protagonista en el escenario turbulento de las calles de una ciudad.


Señores:


La historia, la religión y el idioma nos sitúan en el mapa de la cultura occidental y latina, a través de su vertiente hispánica, en la que el heroísmo y la nobleza, el ascetismo y la espiritualidad, alcanzan sus más sublimes proporciones. El Día de la Raza, instituido por el Presidente Yrigoyen, perpetúa en magníficos términos el sentido de esta filiación. “La España descubridora y conquistadora –dice el decreto-, volcó sobre el continente enigmático y magnífico el valor de sus guerreros, el denuedo de sus exploradores, la fe de sus sacerdotes, el preceptismo de sus sabios, las labores de sus menestrales y con la aleación de todos estos factores, obró el milagro de conquistar para la civilización la inmensa heredad en que hoy florecen las naciones a las cuales ha dado, con la levadura de su sangre y con la armonía de su lengua, una herencia inmortal que debemos de afirmar y de mantener con jubiloso reconocimiento”.


Porvenir enraizado en el pasado


Si la América olvidara la tradición que enriquece su alma, rompiera sus vínculos con la latinidad, se evadiera del cuadro humanista que le demarca el catolicismo y negara a España, quedaría instantáneamente baldía de coherencia y sus ideas carecerían de validez. Ya lo dijo Menéndez y Pelayo: “Donde no se conserva piadosamente la herencia de lo pasado, pobre o rica, grande o pequeña, no esperemos que brote un pensamiento original, ni una idea dominadora”. Y situado en las antípodas de su pensamiento, Renán afirmó que “le verdadero hombre de progreso es el que tiene los pies enraizados en el pasado”.


El sentido misional de la cultura hispánica, que catequistas y guerreros introdujeron en la geografía espiritual del Nuevo Mundo, es valor incorporada y absorbido por nuestra cultura, lo que ha suscitado una comunidad de ideas e ideales, valores y creencias, a la que debemos preservar de cuantos elementos exóticos pretenden mancillarla. Comprender esta imposición del destino, es el primordial deber de aquellos a quienes la voluntad pública o el prestigio de sus labores intelectuales, les habilita para influir en el proceso mental de las muchedumbres. Por mi parte, me he esforzado en resguardar las formas típicas de la cultura a que pertenecemos, trazándome un plan de acción del que pude decir –el 24 de noviembre de 1944- que “tiene, ante todo, a cambiar la concepción materialista de la vida por una exaltación de los valores espirituales”.


Precisamente esa oposición, esa contraposición entre materialismo y espiritualidad, constituye la ciencia del Quijote. O más propiamente representa la exaltación del idealismo, refrenado por la realidad del sentido común.


De ahí la universalidad de Cervantes, a quien, sin embargo, es precio identificar como genio auténticamente español, mal que no puede concebirse como no sea en España.

Esta solemne sesión, que la Academia Argentina de Letras ha querido poner bajo la advocación del genio máximo del idioma en el IV Centenario de su nacimiento, traduce –a mi modo de ver- la decidida voluntad argentina de reencontrar las rutas tradicionales en las que la concepción del mundo y de la persona humana, se origina en la honda espiritualidad grecolatina y en la ascética grandeza ibérica y cristiana.


Para participar en ese acto, he preferido traer, antes que una exposición académica sobre la inmortal figura de Cervantes, palpitación humana, su honda vivencia espiritual y su suprema gracia hispánica. En su vida y en su obra personifica la más alta expresión de las virtudes que nos incumbe resguardar.

Resurrección del Quijote


Mientras unos soñaban y otros seguían amodorrados en su incredulidad, fue gestándose la tremenda subversión social que hoy vivimos y se preparó la crisis de las estructuras políticas tradicionales. La revolución social de Eurasia ha ido extendiéndose hacia Occidente, y los cimientos de los países latinos del Oeste europea crujen ante la proximidad de exóticos carros de guerra. Por los Andes asoman su cabeza pretendidos profetas, a sueldo de un mundo que abomina de nuestra civilización, y otra trágica paradoja parece cernirse sobre América al oírse voces que, con la excusa de defender los principios de la Democracia (aunque en el fondo quieren proteger los privilegios del capitalismo), permitan el entronizamiento de una nueva y sangrienta Tiranía.


Como miembros de la comunidad occidental, no podemos substraernos a un problema que de no resolverlo con acierto, puede derrumbar un patrimonio espiritual acumulado durante siglos. Hoy, más que nunca, debe resucitar Don Quijote y abrirse el sepulcro del Cid Campeador.


Juan Domingo Perón




Auspiciado por la Comisión Nacional de Homenaje, celebrando el Día de la Raza y como culminación de los actos efectuados para honrar la memoria de Cervantes, en el cuarto centenario de su nacimiento, la Academia Argentina de Letras se reunió en sesión solemne.


El sitial de honor fue ocupado por el Presidente de la Nación Argentina. General Juan Perón, al que rodeaban su esposa doña María Eva Duarte de Perón; el presidente del cuerpo académico; el embajador de España, doctor José María Areílza, conde de Motrico; los ministros del Poder Ejecutivo; los académicos de número; miembros del Cuerpo Diplomático y Consular, invitados especiales y representantes de instituciones culturales y universitarias.

Abrió la sesión magna el doctor Carlos Ibarguren, presidente de la Academia, y luego hizo uso de la palabra el señor académico Arturo Marasso, que se refirió a la obra cervantina.


Buenos Aires, 12 de octubre de 1947.




En el siglo XIX, al celebrarse el cuarto centenario del descubrimiento, con un real decreto, doña María Cristina de Habsburgo expresó el claro propósito de instituir como fiesta nacional el aniversario del día en que Colón arribó a las Indias. Pero fue el rey Alfonso XIII quien estableció esta fecha como Fiesta de la Raza y fiesta nacional para todas las ciudades españolas.

Más tarde, por un decreto de la Presidencia del Gobierno de España del 9 de enero de 1958, se decidió dar a esta fiesta el nombre de Día de la Hispanidad por la enorme trascendencia que el 12 de octubre tuvo para España y para todos los pueblos de la América Hispana.

En nuestro país, fue Hipólito Irigoyen quien, por decreto del 4 de octubre de 1917, instituyó el 12 de octubre como Día de la Raza y fiesta nacional.


Texto del decreto de Yrigoyen:


"1º. El descubrimiento de América es el acontecimiento más trascendental que haya realizado la humanidad a través de los tiempos, pues todas las renovaciones posteriores derivan de este asombroso suceso, que a la par que amplió los límites de la tierra, abrió insospechados horizontes al espíritu.

"2º. Que se debió al genio hispano intensificado con la visión suprema de Colón, efemérides tan portentosa, que no queda suscrita al prodigio del descubrimiento, sino que se consolida con la conquista, empresa ésta tan ardua que no tiene término posible de comparación en los anales de todos los pueblos.

"3º. Que la España descubridora y conquistadora volcó sobre el continente enigmático el magnífico valor de sus guerreros, el ardor de sus exploradores, la fe de sus sacerdotes, el preceptismo de sus sabios, la labor de sus menestrales, y derramó sus virtudes sobre la inmensa heredad que integra la nación americana.

"Por tanto, siendo eminentemente justo consagrar la festividad de la fecha en homenaje a España, progenitora de las naciones a las cuales ha dado con la levadura de su sangre y la armonía de su lengua una herencia inmortal, debemos afirmar y sancionar el jubiloso reconocimiento, y el poder ejecutivo de la nación:

"Artículo primero: Se declara Fiesta Nacional
el 12 de octubre.

"Artículo segundo: Comuníquese, publíquese, dése al Registro Nacional y se archive".





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