viernes, 20 de enero de 2012

Poesía contra estructuralismo marxista





por el Prof. Dr. Carlos Alberto Disandro


1.- El estructuralismo marxista, ampliamente propagado, alentado y sostenido en Occidente, en particular en las universidades, parte de una noción del lenguaje, como enigmático estadio de una dialéctica evolucionista del hombre; éste último, a su vez, último estado de una dialéctica evolucionista de la natura. Natura+hombre+lenguaje dan así los fundamentos de las coordenadas de la lingüística estructuralista (en sus muy variadas formas y tendencias). El destino de esta tentación de la "razón abstrayente", de este "neo-cartesianismo" de las funciones lingüísticas parece comenzar su propio fin.
2.- Como Vico enfrentado al racionalismo geométrico de Descartes y su escuela, es oportuno señalar la falencia de este estructuralismo ante la plenitud del logos en la semántica, y más particularmente, la quiebra del estructuralismo marxista o marxistoide ante la semántica poética, o en forma más específica, ante la semántica lírica. De este enfrentamiento creo se deducen algunas consecuencias teóricas (respecto de la concepción del lenguaje, que el marxismo somete a categorías, en última instancia de raigambre kantianas); y otras consecuencias, más bien prácticas (respecto del renovado prestigio de la creación poética, como un acto de plenificación del mundo, que derrota aquel estructuralismo).
3.- La semántica lírica puede ser objeto de una indagación estructuralista, por supuesto; pero no puede ser integrada en la "serie" de las funciones ascendentes o descendentes, en la misma medida que esa semántica implica una suerte de partenogénesis del lenguaje. El poeta funda un lenguaje, crea un espacio de inteligibilidad, establece coordenadas absolutamente inconfundibles y propias, en una cierta diástole del logos, en tanto que expresión lingüística; en una cierta sístole del logos, en tanto el sistema semántico de un poeta, de un poema, e incluso de un verso responde a un fundamento no genérico, no específico, sino puntiforme, único, absoluto. Por eso el poeta no sólo dice, expresa, explora o glorifica, sino que también funda. Y lo que funda permanece, según Hólderlin: Was bleibet aber, stiften die Dichter.
4.- De aquí se puede suponer que la poesía al superar los controles funcionalistas del marxismo, recobrará los trasfondos humanísticos del lenguaje y abrirá con su "semántica" una ruta de recuperación, instauración y creación como soñaron muchos líricos (en siglos de edificación de esa semántica de las realidades objetivas y del logos fundante). Creo que se impone contraponer precisamente el signo fundante (de una res indivisa, diríamos en latín) de la semántica poética en general, y el signo funcionalista de las supuestas estructuras (analíticas o sintéticas del estructuralismo marxista, sus aledaños, compañeros de ruta, etc.).
5.- Esa instauración lírica implicará contra los controles funcionalistas del materialismo dialéctico reabrir las sagradas fuentes (sanctos recludere fontes) de la semántica griega y latina, de la semántica romance o germánica, para recuperar así las raíces dormidas de las estirpes, que de algún modo inhabitan esas rotundas e inderogables totalidades significantes. Se producirá una relectura de los textos antiguos o del Renacimiento -para dar un ejemplo-, y se reiniciará el asombro ante Homero o ante Petrarca. Esto se ve incluso en la venerable ciencia de la filología clásica, fatigada de ser recurso industrial que tritura a los viejos dioses, a los númenes potentes.
6.- Esas perspectivas parecen desbordar en forma absoluta la antropología marxista fundada en la noción del hombre como Gattungswesen (la de ser genérico), y que impregna, como sabemos, todos los niveles del marxismo y todas sus traducciones e implementaciones históricas: socio-políticas, socioeconómicas, socio-lingüísticas, etc. Pues la poesía, o más exactamente el despliegue de la semántica lírica propondría en cambio en la realidad o en la historia del lenguaje poético, una suerte de capacidad vicarial del poeta: el mundo se insume en su semántica, o tal vez su semántica sostiene el mundo.
7.- Finalmente convendría dedicar un párrafo a las consecuencias pedagógicas de este enfrentamiento entre semántica y estructuralismo. Distinguiríamos en el futuro inmediato dos consecuencias fundamentales: 1) la relectura semántica hará redescubrir el mundo y aventará muchas nubes, mucho polvo, mucha ceniza, mucho papel inútil; 2) ese redescubrimiento obligará a reordenar, corregir y renovar muchos contenidos de la enseñanza en todos sus niveles. Quizá podríamos sintetizar esta comunicación diciendo que el reino inviolable de la Musa (como inhabitación del Logos en el mundo) vence una vez más los detritus de una razón tecnificada, que a nivel de las ciencias lingüísticas ha dado el estructuralismomarxista. Preveríamos un cierto neo-romanticismo en que de nuevo natura y hombre se elevan al campo de la inspiración, y por ende una cierta recuperación de las tradiciones vigentes en el recatado reino de las totalidades semánticas.

(Síntesis de la ponencia presentada ante el Congreso Internacional de A.I.C.O., Roma, 1975)

La Gran Apostasía y los Espacios de Poder



Teología y Geopolítica


por Carlos Alberto Disandro


Enfrentamos una situación límite en la Iglesia. Distingo, por comodidad, tres contextos, sumariamente perfilados.

Primero, el de la secta, la GRAN SECTA erigida y alimentada canónica y doctrinalmente por Juan XXIII, Paulo VI y Juan Pablo II, y la casi totalidad de los obispos.

En segundo lugar, la Secta de Ecône, fundada por Lefebvre, y según acuerdo con Paulo VI; reclama para si el sostén y ejercicio de la Tradición. Es esta secta un verdadero cefalópodo. Pese a sus divisiones, rupturas y disidencias internas congrega sin duda a buena parte de católicos, mitigados o no, desilusionados por la manipulación de Roma-Vaticano II.

En fin, la línea de obispos y fíeles, cuya cabeza canónica y espiritual es el Arzobispo vietnamita Mons.Thuc, discutido, ignorado, vilipendiado, y tal vez, asesinado.

Entre los fieles, a su vez, se ha producido una compleja y difícil dispersión, ya preanunciada por Mat.26.31 y Marc. 14.27: percutiam pastorem et dispergentur oves. Este texto, y otros concurrentes, no anuncia sólo la pasión y muerte del Señor, sino también el Gethsemaní de la Iglesia. En él estamos sin pastor. ¿Cómo se interpretan entonces las palabras "percutiam" y "dispergentur"?

Un solo camino queda para la Fe. Ser proclamada, a fin de enfrentar, sea cual sea su manifestación, la Apostasía, explícita o larvada.

En trance de meditar este "misterio iniquitatis" que es la Apostasía, prefiero repartir los campos semánticos que conforman su desarrollo, en estos últimos treinta y cinco años, sin desconocer los antecedentes que remontan muy atrás. Sin embargo, en estos treinta años, la Apostasía se ha hecho explícita en la autoridad, puesta al servicio de una conjura contra la FE, para extinguir a los FIELES. 

Pues esta es la primera tesis que es preciso reafirmar: la APOSTASIA no es un estado - pasivo, inerme, por corrupción o extinción de la Fe. Es una militancia operativa, totalitaria, que procura la aniquilación de la FE y de los FIELES, sin tener en cuenta para nada la - MISERICORDIA que deriva precisamente de la FE. Hemos pasado de la APOSTASIA bonachona y humanitaria (Juan XXIII) a la Apostasía militante, totalitaria; y contra ésta sólo hay una respuesta, cuyo modelo refulge en el protomártir Esteban.

La segunda tesis perfila la naturaleza misma de la Apostasía. No es un reino guerrero, conducido por capitanes soberbios, a la conquista y la muerte de los cristianos por el orbe. Es manipulación, dulzura, humanismo y emoción caritativa para coaligar, emulsionar, descerebrar y cumplir la transformación total del HOMBRE DE FE.

La tercera tesis comprueba la conducción estratégica de - la Apostasía en la Roma arriana de Juan Pablo II, cuyo reino se acerca a su fin (escribo esto el 31 de julio de 1992) para ceder esa conducción estratégica a un tirano "apostólico" de rostro nuevo. El combate por tanto se acrecentará y los FIELES vivirán en soledad.

La estrategia a que aludo consiste, en el más puro estilo leninista, en marchas y contramarchas, para avanzar siempre en la destrucción de los fieles. Por esto hablaremos en un párrafo aparte sobre la "Apostasía con rostro de Tradición".

Las tres tesis, que insumen vastas proyecciones, son pues: 1) La Apostasía es una militancia activa, jerárquica; 2) la Apostasía no es un reino bélico, es manipulación en la dulzura y la obediencia; 3) la tercera tesis, en fin, comprueba una conducción estratégica mundialista, esgrimida por Roma arriana, centro del "poder mundial".

Examinaré brevemente los campos que podríamos deslindar para el perfil de la Apostasía Ecuménica, totalmente contrapuesta por ende a la Eudokía del Canto angélico del Gloria. Esta, la Gloria, es Luz, fulguración, esplendencia. La Apostasía es el dominio de la okotía contra la luz (Cf. el Prólogo joánico).

Distinguiría pues Apostasía Litúrgica, Apostasía Canónica, Apostasía Teológica, Apostasía Temporal, cultural-política. Y, en fin, Apostasía con rostro de Tradición. Veamos pues cada deslinde semántico, sin perjuicio de mantener una discreta reasunción de otros pormenores. Mi texto pretende ser un documento de reflexión sistemática, pero no una clausura reduccionista del tema mismo que ofrece otras laderas.

Apostasía litúrgica

Consiste sustancialmente en la destrucción del culto y rito romanos, sustituidos por confusas adulteraciones. Pero aquí nos interesan las vastas consecuencias que implica el derrumbe de la plegaria, la mystica de la interioridad como continuidad y perduración del Logos en la historia. Pues en los efectos de esta "apostasía" crecen espacios masivos de poder, no en cuanto a territorios, países (geografía, diríamos),sino en cuanto a humanitas concreta (América, Europa, etc.). Pues esos "espacios de poder" en la geopolítica mundialista instauran una nueva sacralidad, desligada de todo mito, de todo rito, de todo sacerdocio. Es la "sacralidad fáctica" del paraíso, despojado de todo símbolo y de toda anábasis unificadora y plenificante, para reposar en el puro conocimiento carnal de los "gigantes". Considero pues la "apostasía litúrgica", como el signo primordial del mundialismo planetario tiránico.

Apostasía canónica

A las res eximiae destruidas en el primer paso, sigue la destrucción de la letra y/o texto sacro, que es para la Antigüedad cristiana un grado en la encarnación del Logos. Se interrumpe pues en todos los niveles posibles de la "letra" su referencia a las res divinas, y perime también lo que conside ramos res publica, como dominio del logos instaurador, viviente y multiplicante. Pero unos son los efectos en la Ecclesia, y otros en la Civitas. El poder para generar nuevos espacios geopolíticos, colmados de masas enajenadas, deviene pues también de la Apostasía canónica, que se hace explícita en el "Nuevo Evangelio", la nueva cristiandad vaciada de semántica divino humana.

Apostasía teológica

Esta tiene una historia sinuosa, por supuesto. Pero debemos referirnos particularmente a la línea descripta por el Cardenal Siri (†) en su libro misteriosamente silenciado y escamoteado por los heresiarcas arrianos del Vaticano II y su jerarquía írrita y depuesta según la Bula de Paulo IV. (Cf. GETSEMANI - Reflexiones sobre el Movimiento Teológico Contemporáneo - Ed. Hermandad de la Santísima Virgen María, Centro de Estudios de Teología Espiritual, Colección "Pensamiento Católico", Toledo-Avila, 1981). De Maritain a H.de Lubac, que acaba de morir, se resume esta Apostasía en la desposesión de la Gracia y la Santidad al otrora pueblo cristiano. Rahner, Lubac, Theilard, entre nosotros Quiles y otros falsos doctores, han consumado la destrucción del edificio teológico, como signo de la demolición de la "Ciudad Celestial", o sea, el edificio de la Iglesia, como lo anticipó Ana Catalina de Emmerich, en sus Visíones, y antes Santa Híldegarde. Pero la confluencia de esta Apostasía con los poderes aquerónticos mundialistas activa y representa "la destrucción de la humanidad". Por esto pues, "Apostasía" y "Poder" es un dato fundamental para entender la quaestio que proponemos en esta breve nota sobre Geopolítica.

Apostasía cultural

Descendemos así a la vasta expansión de lo que llamo por - comodidad recapitulatoría "apostasía cultural", que a su modo perfiló A.Bloom en su libro The Closing of the American Mind. Sin embargo entiendo en este capítulo la apostasía lingüística de las fuentes hyperbóreas, y por ende, la apostasía semántica, cultural, estética y política, cuyo efecto es la "emulsión" totalitaria y planetaría, de cuyo nivel entenebrecido debe surgir "el dios de este eón" (theós tou aionou toutou) como función y ejercicio del poder planetario. Le llamaríamos "apostasía" del Nous, apostasía noética en busca del reino masivo de la función biológica dirimente. No más la claridad de la lumbre joánica, ni la regencia del Logos Hyperbóreo y Agapístico.

Restaría perfilar la Apostasía con rostro de "Tradición", la "tradición de siempre", el ensayo de la "tradición de siempre", en medio de la Gran Apostasía, que pide en realidad un San Atanasio, o un San Hilario de Poitiers. Por esto he llamado a Ecône "colateral" de la Roma apóstata (Cf. La Hostería Volante, n° 31, año 1981).

Esta "apostasía" que llamaría además la coerción del ritualismo, enfrentado a la subversión del culto, la inobediencia capital como forma de cubrir propósitos de secta la antiquísima corriente del Priorato de Síon, infiltrado colateralmente desde los viejos templarios, tal vez - el elitismo político como escudo de una subversión contra el Imperio, y el desprecio de la cultura de los Grandes Concilios Griegos y los Grandes Doctores, todo esto preludia una profunda división de la Iglesia Romana en sus aspectos doctrinales, mysticos y culturales. La Tradición subyace extinguida ab ínitío bajo el lábaro de la Misa de S.Pío V y las grandes declamaciones de piedad. Autores de este desvío peligroso para el combate de la Fe son Paulo VI y Marcel Lefevbre, de origen canónico en el hebreo-masonismo, opuesto a la obra de Pío X y Pío XII. ¿Qué camino queda para la Iglesia sino Gethsemaní y el desierto anacorético? Sectores diversos en lo que llamaría el frente del sedevacantismo, embarcado en el programa de eligendus est papa (o sea, de algún modo en el montaje del concilio imperfecto), me ubican en la falange de los pesimistas (Cf. entre otros la revista Kyrie Eleison). Pero no es así. Y conviene aclararlo de nuevo. No hay pesimismo ninguno en el "combate de la Fe",según el sentido explicado en mi interpretación de San Atanasio. La Fe puede producir el milagro de desplazar la montaña de mentiras, entre otras las que cubren como tinieblas la función sacra del pontificado romano. Confundir el vicario con la cabeza viviente de un viviente es la obra magistral de la Apostasía Clerical, la única que en definitiva interesa como conducción luciferina contra la Fe.

Mis puntos de vista son muy claros, aunque desde luego en la situación hodierna no pretenden ser exhaustivos. Acepto toda crítica sobre mi modesta obra teológica, asumida desde el fin de Pío XII. Pero el calificativo "pesimista" suprime la virtud de la esperanza que acompaña a la Fe. Pero Fe es,según he explicado durante casi cincuenta años, profericíón de la Fe, es semántica de la Fe. Y si no, es NADA. La Apostasía es asimismo una profericíón luciferina - loqui sicut draco - y por ende semántica que pretende entenebrecer la Fe.

Los espacios de poder

Según estas escalas reales repártense por obra de las logias esotéricas, depositarias de este nuevo poder antroposófico, los espacios de la tierra, las razas, las lenguas, y, diría, del cosmos, redimensionado por la Nueva Ciencia del Big Ban , nuevo evangelio evolucionísta y ateo. Es la religión del ateísmo que surge de los jesuitas apóstatas ya mencionados. Es das glauben der Gottloser, la "fe de los sin dios", la "fe leninista" triunfante en el mundo.

Los "espacios de poder" se dirimirán probablemente, tal como lo entendía W. Solowiev entre "raza amarilla", "raza negra" y "raza blanca"., según puede advertirse en el panorama de Estados Unidos. Y es en estas instancias tan dramáticas, las que replantean la historia de nuestra América y su enfrentamiento con tales espacios de poder, masivo, masacrador, manipulante y contrahumano.

Nuestra lucha teológica, iniciada en el Instituto de Cultura Clásica "Cardenal Cisneros" (La Plata), hace treinta años, con el Instituto "San Atanasio" (de Córdoba) hoy disuelto por exigencias tácticas del combate inmisericorde, nuestra lucha teológica pues inviste una concepción geopolítica, enfrentada a Roma, cabeza de la Apostasía cristiana.

Las guerras periféricas que se suceden sin pausa y sin renuencia a la masacre de inocentes, tienen también la respuesta de la Intifada, en la que los adolescentes y jóvenes palestinos luchan con hondas contra el poderoso y tecnificado ejército de Israel. Hondas, modelos para nuestra Segunda Guerra de la Independencia que es una guerra cultural, política y teológica, en la que esgrimimos el sentido absoluto del Evangelio Agapístico, la Cultura del Signo Teándrico, y la Política del Empirismo Constructivo y Pacificador contra los nómades depredadores y usureros, que debemos expulsar de nuestra tierra sagrada. Pero también esta confrontación resulta un combate doctrinal contra el rabinato clerical de Occidente, contra el Talmud romano, que pretende subvertir la raíz óntica y mystérica de la Ecclesia, y por ende cegar las "fuentes de la cultura". Así de simple y omnícomprensiva resúmese la compleja semántica de una obra fundada en San Atanasio, el Magno Doctor cuya inspiración imploramos.

"Resonancias hyperbóreas"


WOLFGANG AMADEUS MOZART


















Con motivo del segundo centenario de la muerte de W.A. Mozart (1791), 
nuestro recordado colaborador Carlos A. Disandro nos entregó este artículo, devenido prontamente un clásico de Ciudad de los Césares, con mayor razón desde que el número en que se publicó se encuentra hoy agotado (CC 25, julio-agosto de 1992). Por ello, y en la ocasión de cumplirse esta vez los doscientos cincuenta años del nacimiento del músico de "resonancias hyperbóreas" (1756), la republicación del artículo se impone. Una advertencia, sin embargo, para los nuevos lectores, poco familiarizados tal vez con el lenguaje exigente del Maestro. No se pretende aquí algo tan fuera de lugar como un "glosario" disandriano, pero conviene llamar la atención sobre dos términos de su vocabulario: apokatástasis, en griego "restauración", término también de connotaciones escatológicas (cf. Hechos 3.21), y epoptía, "visión", aplicado a la iniciación en los Mysterios antiguos (Nota de la dirección de Ciudad de los Césares).


1

Dos centurias de desenvolvimiento de la melodía infinita, y en este fin de milenio, con su katábasis en la oscuridad y en el ruido, hacen resplandecer con fulgores inatendidos la Lyrica de Mozart, que es su música y su canto, el canto de kymindis (según Homero, Ilíada, XVI.291). De esa música y de ese canto pende de pronto el mundo regenerado y e1 kosmos, denso, vueltos a su kháris originaria, la homófona sonancia pitagórica de las Musas. Es el hymnein absoluto en la absoluta transparencia de ser-esencia-sonora, como diálogo del Logos transfigurado en la carne tempestuosa inmisericorde y trágica. En dos centurias pues descansamos, pese a todo, en la coincidencia del oído mozartiano, del oído ingravitacional procreativo que como lumbre de los orígenes inunda y limpia el alma, la libera de los "negros querubines", le devuelve la aventura del paraíso. Por esto pues la lyrica de Mozart recupera la virtud paradisíaca, regenerativa y apokatastásica. Así lo oímos en ese segundo centenario de su tránsito mortal, cuando por la subcultura y la contracultura imperan la muerte, el sexo, el discrimen ithyphálico de una carne soberbia, que ya toca a su fin catastrófico, trágico, tenebroso.

No nos proponemos trazar una biografía espiritual de Wolfgang Amadeus, ni mucho menos un recuento de su significado estético en la cultura musical europea durante los siglos XVIII y XIX. Queda esa tarea para otros más competentes, más entrañados en la trama de un saber daedálico sobre el arte y la música, la orquesta, e1 violín o la flauta; más confiados en la virtud operativa de un conocimiento del subsuelo mensurable por la ratio. Ella en efecto se siente incluyente y totalitaria, dirimente y promotora, madrastra crudelísima de la historia post-medieval, enfrentada a la physis, magna mater de los alumbramientos anabáticos que reaniman la lumbre en la gleba, para que esplendan e1 Partenón, Píndaro, Virgilio, Mozart. En ese phylum genético lo coloco según la esencia unitiva de la mousiké paideia, de la que el niño y joven de Salzburgo, bendecido por su estirpe lyrica, trasegó la frescura de la melodía absoluta. Caminaremos otras sendas, simbólicas en la meditación y reposaremos en el pórtico del mysterium celebrado, en las cuerdas insólitas de Amadeus.

2

Para internarnos en el enigma de Mozart, si resulta posible comprender de alguna manera la interioridad del genius profundo, debemos atender a los nombres. Comencemos entonces por los nombres, donados a1 niño en la pila bautismal. Los nombres son en efecto emblemas premonitorios, que en todo caso sin ser determinantes ni proféticos realumbran para la meditación interiorizadora el contenido concreto del destino acontecido. No forzar el destino con los nomina, ni tampoco ignorar en ese destino, ya cancelado biográficamente, la semántica de los nomina, alusivos y congruentes. Por eso los considero emblemas regenerativos y simbólicos, sin perjuicio de aceptar la multivocidad inequívoca para la posteridad, heredera del sentido total de una obra estética. Veamos pues brevemente, a través de los nombres, la densidad europea y universal de Mozart, a dos siglos de su muerte. En el emblema aducido resplandece la virtud subsistente según la obra que refulge en la lumbre de la música y del canto. Virtud y música son aquí congénitas.

Según sabemos los nombres completos fueron Juan Crisóstomo Wolfgang Theophilo, este último trocado luego en Amadeus, es decir, la traducción latina del griego, probablemente por influencia de algún maestro italiano, cercano al padre del muchacho, Leopoldo Mozart. Los dos primeros se omiten generalmente en la literatura rememorativa o crítica, y el genio ha quedado para nosotros, en el recuerdo común, como "Wolfgang Amadeus", un nombre germánico y el correspondiente latino, en la serie antedicha, que no fue al parecer la voluntad originaria del padre o de la madre.

Mozart nació el 27 de enero de 1756. Esa fecha en el antiguo calendario litúrgico de la Iglesia Romana correspondía a la fiesta de San Juan Crisóstomo, la magna figura espiritual, teológica y mystico-poética de la Iglesia Griega. De allí los dos primeros nombres que ostenta el insigne lyrico de la música occidental. Pero el nacimiento "desde lo alto" en la pila bautismal que ratifica la virtud de la fiesta litúrgica, lo hace primero "Juan" y "Crisóstomo", incardinándolo en el mysterium inexhausto de la alabanza, del hymnein cristiano, que corona y transfigura el hymnein de las Musas griegas, como cúspide sonora del mundo.

En "Juan" se columbra el mysterio del Logos, la Palabra absoluta, trocada en canto absoluto, por intermediación de kymindis, el ave lyrica apokatastásica. En "Chrysóstomo", la áurea proferición que de música absoluta se hace recitativo absoluto; de vibración transcósmica, proferición de las cuerdas o de la orquesta, el ritmo, el texto indeformable por el sello semántico y melódico; la recuperación o recurrencia ancestral de los orígenes intactos; el mysterio profundo de la lengua itálica, latina, germánica, que invisceran tres almas de Mozart artista, quien juega con ellas como la Sabiduría intemerata. Pues estos dos nombres son sellos del mysterio cultual; los dos restantes pertenecen al designio del padre, y por tanto invisten categorías históricas, que develan el kairós de Mozart, mientras que los dos primeros invisten y trasiegan su destino personal en el siglo XVIII, pero se tornan raíces de dos siglos que nos abisman.

Esta articulación entre mysterium cultual y el mysterio kairológico del festivo Mozart es el secreto profundo de su música. Observemos además el ordenamiento cíclico de sus nombres: la sonancia griega es primero y clave que cierra: Theóphilo, difícil de reinterpretar para el caso de esta familia salzburguesa. 

Quizá algún antepasado de la familia, un padrino o el gusto, ciertamente insólito en el padre, adscripto a un mundo de minué, de lúdica cultura francesa; y desde luego el gusto, severo y perfilado en la madre, con ancestrales costumbres en la familia alemana. De cualquier modo, no cambia en absoluto el valor semántico del emblema: Theophilus, Amadeus, que es el mysterio de la interlocución divina, para establecer la referencia entre el entrañable secreto de la deidad abscóndita y los restantes discípulos de Juan Crisóstomo.

En el centro de este cielo configúrase Wolfgang, de clara estirpe germánica. Allí está la coyuntura, ni francesa, aunque sin Francia no habría el "esprit de finesse" en Europa, anterior a la tempestad; ni itálica, aunque sin Italia no habría Hespéride dorada, sol regenerativo, ritmo dionisíaco. en un siglo de racionalismo congelado; lujuria del juego inocente y perspicacia del diálogo interno del hombre, Adán y Eva, excluidos del Paraíso, pero retornados a él por mysterio de la Música, la música sumada a la kháris bautismal, océano de otras tempestades y de otras congruencias interiores. Pero en fin en "Wolfgang" alumbra la ancestral y poderosa categoría germánica, que hace a Mozart, que hace a Theophilus-Amadeus, Mozart germanicus, sello definitivo de su emblema reasuntivo y promotor. Porque las Musas inhabitan ahora el paisaje y los montes, las aguas y el cielo de Salzburgo, el Wolfgangsee, que entronca con la frontera de aquellos pueblos indómitos y vastos, posteriores a la muerte de Augusto. Detrás por supuesto reanímase Sankt Wolfgang de los tiempos originarios, el "paso del lobo" en los bosques germánicos. Allí se recelan el fervor y el oculto estremecerse del alma germánica. Aunque Wolfgang ha vencido el ensimismamiento de Lutero, pero ha preparado para después la manifestación del mito germánico en la vastedad del ascenso wagneriano.

En Wolfgang se afirma la penumbra de la natura intacta, inocente, que espera como dirá Wagner en Parsifal el "Mysterio de la Resurrección" para transfigurarse con el hombre. Y esta expectativa del Logos que está en Wolfgang es esencia lyrica de Amadeus. En la concreta figura de Mozart mousikós lyricus hay una vía de Dios al cosmos y como un retorno o anábasis del cosmos a Dios. Pero en el camino de la música se abre la procesión de las imágenes propias del lyrico, que compone una semejanza semántica de la natura. En el ánima de Mozart la música en la lyrica, y la lyrica en la música. De allí la dificultad para discernir y desglosar en la melodía mozartiana la pertenencia al mundo empírico, tan contradictorio en el artista entre 1770-1791. Es inútil proyectar soluciones reduccionistas de estilo crítico y musicológico. Sin embargo sus melodías no son "epiphaenomena" como las de Scarlatti, ni metaphysicas, como las de Corelli o Vivaldi. Son interludios de la "natura", semina rerum que trasiegan un mundo de los orígenes, pero no más allá de la arkhé. Es decir no son mysticas ni gnósticas. Son naturalia, que resuenan como las frondas, los cálamos del bosque, las ondas de los ríos germánicos o itálicos. Son naturalia que completan la natura como el pájaro kymindis, descripto por Homero en un enigmático pasaje de la guerra inmisericorde y funesta.

3

Recorriendo el ciclo de sus nombres, hemos desentrañado un perfil congénito, íntimo y sugerente, que nada debe a la musicología y que según ésta sería totalmente cuestionable. Lo sé. Pues mi prosa es como un poema lyrico-histórico inspirado en la audición de la Música, en la experientia rerum naturalium, tal como interpreta mi pensar tales sonoridades, holísticas con la natura incluyente y sublime. Y así la melodía del lyrico germánico en las cuerdas, por un lenguaje transemántico, pero riguroso: incluye la diakósmesis pitagórica y el desembozo del alma germánica. Sin tales parámetros no es concebible Amadeus. No discuto pues el saber analítico y reduccionista. Me atengo al postulado: la arkhé es el oído; discierno en la oscuridad y penumbra del mysterio informulado e informulable, sobre todo por una ciencia de la pesantez indiferente. Recapitulemos y prosigamos nuestra ruta designatíva y simbólica.

En contacto con la virtud principial, sin ser propiamente del contexto de lo principial en el sentido de la arkhé absoluta, se allana la condición de Theophilus, como en la prosa theológico-mystica de Dionysio Areopagita, o como en el universo del Evangelio de San Juan. Luego res naturae postcosmogónicas: estrellas, constelaciones, flores, animales; en una palabra, la res paradisíaca que se anuda desde luego al bosque multiforme colmado de aéreas criaturas preternaturales, el mysterio de Mozart como destino humano en la Europa racionalista, festiva y revolucionaria del siglo XVIII. Dos años antes de su muerte estalla la tormenta "historiogónica", que quizá podría intuirse en algunas sinfonías del joven maestro, pero que de todos modos fue vencida por la partitura lyrica de la Flauta Mágica. El maestro sin embargo, alumnus Musarum, ha desembozado la entera historia teogónica y cosmogónica como si recapitulara y redintegrara la complexión physica, histórica, musical en su vasta obra inconfundible. Reanudamos el despliegue de la obra como patencia de la íntima combinatoria del cosmos. Pero también la patencia del nombre de la res musical y semántica que ostenta una intermediación instrumental muy característica, según un principio dedálico, constructivo que se nos escapa. ¿Por qué un trío, una sonata, una sinfonía, un "divertimento"? ¿Por qué los ritmos concertados, concertantes, discontinuos, sincrónicos? ¿Por qué el canto, con palabra o sin palabra, que brota de pronto como una fuente en medio del esplendor de la lumbre? ¿O de las oscuridades de la selva germánica? ¿Por qué la meditación afincada en el fervor sonoro de la orquesta? Es ésta el anima musicae viventis, como el anima mundi que sostiene una Lebenssymphonie, en el sentido estricto semántico de los términos, no sólo en el sentido histórico y estilístico de la composición. Las cuerdas resuenan por delicadas vibraciones contrapuntísticas el mysterio de Theophilus Amadeus para un mundo que negará en fin de cuentas ambos centros semánticos por discordia con la melodía mozartiana. Pero Theophilus seguirá vigente y operativo, en cuanto un violín trasiegue otra vez a los orígenes, y reconquiste a Mozart recoleto en su ciudad, su partitura, en su fluencia fontanal y fundante.

Los vientos instrumentales en el oído y en la operatio aesthetica del musicus germanicus trepidan el mysterio de Wolfgang, el mysterio de la selva oscura, ancestral, sentida por Tácito como morada del espíritu germánico en su interioridad absoluta, diferente ésta de la música griega, la causa del Partenón en su corporeidad ingravitacional deslumbrante, absoluta, cosmogónica. Pues este "paso del lobo", difiere del lobo vencido por San Francisco en el invierno de Gubbio. Esta es la unión musical del Paraíso, perdido por el hombre, reconquistado por Dante, Francisco y Wolfgang Amadeus.

El piano en fin es el mysterio lyrico de la natura rerum creatrix, en cuya sonancia ígnea inhabitan todas las formas, desde las ondas del mar, a las constelaciones celestes; desde los dorados frutos hespéricos al mirto y al lyrio de las consagraciones transformantes. Pues cuerdas, vientos, piano operan en el mundo la Verwandlung precógnita para el canto de Gurnemanz en el tercer acto de Parsifal.

La orquesta mozartiana resulta pues en su combinatoria sutil la emersión condensada, apokatastásica, allende las reparticiones sonoras de los instrumentos, como si imagináramos primero estrellas y luego constelaciones, lo que es imposible cosmogónicamente. Tal constancia significa que en Mozart se desplegó la plenitud de la melodía, subsistente en Crisóstomo Theophilo, pero desenvuelta en el espíritu de la Germania precristiana y cristiana, sin excluir las conmociones del alma luterana. Y este symbolon de Lutero-Mozart, Lutero-Haydn, Lutero-Wagner, etc., define por la re-unión de las dos cuerdas, o de los dos campos semánticos, allanados en el symbolon, el totum que permite comprender la melodía pitagórica del maestro, anterior al espíritu musical de Lutero. Espíritu que es interioridad sin el mundo, que podríamos llamar "gnóstica", no helénica; mientras la de Mozart reasumiría interioridad pitagórica, la del verso virgiliano numero deus impare gaudet.

Hasta aquí llegamos en la ubicación histórico-genética. Falta el itinerario del oído, que aquí sólo es proemio inteligible, en su expresión epocal integradora y sutil, como el reino de las Musas. Debemos proseguir el maravilloso camino hacia los hyperbóreos como dice Píndaro.

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Y estamos pues en el mysterium de la música, más allá de los nombres biográficos, epifenómenos varios y contradictorios, en giro epocal de la segunda mitad del siglo XVIII, en que se ubica el arte de Mozart, como un aéreo puente hacia la melodía absoluta. Pero esta melodía coincide, en el límite, con la fluencia lyrica del canto. En términos míticos, corresponde entonces a la coronación teogónica de Hesíodo y al entrañamiento del canto de Kalypso en la gruta inaccesible que la resguarda, sustrae y oculta. La primera, la coronación, trasciende todo acontecer cosmogónico; el segundo, o sea, el entrañamiento kalypsico, es una virtud planetaria y telúrica, referida también al arte de la physis morphogenétíca. Pues nada que rememore, trasiegue o consagre la belleza es ajeno a la "vida", cuya interioridad lyrica y melódica, resplandece en la obra de Wolfgang Amadeus. Es pues este theophilo, intermediario absoluto entre lo que precede y lo que sigue; por ese puente aéreo de sus cuerdas y sus vientos, de sus ritmos y sus pausas, de su invención harmónica y de su patencia hymnica, en el sentido de Hesíodo, transcurren cosmopoiesis y tranfiguración, Paraíso perdido y reconquistado en el son fundante. Ni la reducción conceptual o el encuadre estilístico, desplegado por una "historia de la música" que por tramos "philogenéticos" pretende repensar el ente musical physico-empírico, que de la partitura pasa al universo sonoro; ni la clasificación minuciosa, entomológica, que describiendo una curva ontogenética, desde Bach a Wagner, promete rescatar con patencia hermenéutica definitiva "el canto de kymindis ", aunque no alcanza los umbrales del "mysterium" celebrado, ni una ni otra desocultan el ente mozartiano. Pues en este caso no hay ni puede haber una epoptía mystica, sino una regeneración del oído arkhaico, que produjo en Mozart su propia audiencia interiorizada, en el marco concreto, es claro, de, lo que su oído podía trasegar (lo que llamo contorno epocal). La composición propiamente dicha es un trasiego, que se impone como el fluir de la fuente en la montaña o en el bosque. Y los tres momentos que podemos intuir oscuramente en experiencias musicales concretas, o sea: 1) oír en la arkhé, oir de Theophilo; 2) paso del rumor rítmico y melódico al alma del artista, 3) trasiego empírico a la composición, son para Mozart la naturalidad de una vivencia poética. Esta tiene la ilimitada energía cosmogónica originaria, que no halla dificultad al trocarse en campos semánticos musicales tan diferentes como una sonata para piano, un concierto de violín o el canto de Papageno en La Flauta Mágica. Porque el "mysterio" celebrado acontece primero en lo que he llamado "audición arkhaica", no al pautar los signos gráficos de la partitura, lo que para Wolfgang era probablemente una tarea de curiosidad divertida. Esta sorprende la plasticidad de la melodía cosmogónica, apta para las creaturas de este tercer cosmos, allende la physis y el lenguaje, y por ende más enigmático que mares, montañas, nubes y flores, y también más inaccesible que cualquier poema advenido en el universo semántico de la multivocidad proferida o de la lengua articulada.

Todo lo que he dicho es transcurrir por la ronda del castillo; el espacio interno del castillo, la secreta morada de la fuente misma es otra cosa, ni physis ni palabra. Creo que es en definitiva el trocamiento de los invisibilia Dei en los audibilia Dei, en la ruta de peregrinaje por un nuevo Paraíso, los inaudibilia Dei, impensables siempre para el hombre sin el canto, la melodía y el poema que siempre la conlleva.

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Así descripto parecería un mundo evanescente, y en cierto modo lo es. Es sin embargo una evanescencia que se regenera desde la partitura, es decir, de la memoria originaria; ello entraña un horizonte mágico, más cerca de la semántica lyrica, verdaderamente poderosa en el caso de Wolfgang Amadeus. Semántica lyrica que es una frontera sutil entre palabra y melodía, entre compás rítmico y significado, entre timbre y tono musical, en el sentido de las variaciones tonales desde el siglo XVI al siglo XVIII - y estado anímico prevalente o promotor. Trascendemos en el tono la semántica pura del lenguaje, aunque no cabe dudar que Wolfgang lo siente como el paso sutil, inafectado, a la palabra circunscripta y de otra tensión phaenoménica, pero ligado siempre a ella por una atmósfera de totalidad incluyente y regeneradora. La frecuencia de un timbre mozartiano es para el artista un camino, siempre inexplorado y fecundo; para nosotros una concordia cordis et sonus, de la cual derivamos una reasunción estética y a lo más un replanteo anímico evanescente. Pero en el fondo de esa música erígese la palabra absoluta, tal como en sentido inverso, en el fondo del texto pindárico o esquiliano entráñase la melodía absoluta. De allí esa presunción de helenismo translúcido postulado por muchos para la música de Theophilo, entre otros por el mismo Wagner, aunque éste difiera por su concepción de la melodía infinita. El helenismo de Mozart sería en mi lenguaje "el reino de la fiesta hyperbórea", trasegada en una música naturaliter pitagórica; pero esta condición no puede ser reconstruida genéticamente; es asumida e interiorizada o no, investida en un tiempo insólito o propicio, en una refulgencia ton protéron (de los prisci viri), según dice Píndaro. Pero es imposible recomponerla en series analíticas, cuya integración nos acercaría más a la "música" de Amadeus. Eso es una ilusión de la "musicología" y "musicografía" hipercríticas, sin mayor atingencia con el fondo abismal del genio mozartiano. No niego la utilidad hermenéutica de tales recursos, que en la ronda del castillo despejan incógnitas del volumen exterior y sus espacios delineados con pericia, figura de Amadeus Daedalus, que vuela más allá del laberinto, y nos propone su duplicada configuración del cosmos, en el sonus triunfante sobre la semántica. El sonus es Sinn (sensus), en el campo preciso de logos precósmico, prefigurativo y fundante. ¿Se anulan acaso los perfiles de Novalis, y la esencia del mundo es ritmo dionisíaco, allende la semántica? Esta es una cuestión que no puede resolverse en el plano de la melodía y composición mozartianas. Pero es menester dejarla planteada sin embargo. Otros caminos deben disponerse y otros recursos alinearse sin la soberbia de la razón analística y cuantificante.
Tres símbolos fundamentales subyacerían en la totalidad del universo músico de Wolfgang; y los tres son también refulgencia de la lyrica absoluta, denominada por el verbo hesiódico hymnein, de tantas repercusiones semánticas en la cultura. Los tres vastos y comprensivos, como la misma melodía que los entraña y desentraña, según ritmo de despareja constancia, cadencia y fulguración.

El primero es el de la fuente, inabordable pero siempre fluyente, pues mana de un escondido manar; el segundo, el pájaro kymindis en la cúspide de un pino nocturnal, como lo oye y lo trasiega Homero en verso misterioso; el tercero la campanilla de La Flauta Mágica, que abre el mundo pretematural de la Melodía como reconquista óntica del Paraíso. Estos tres símbolos concentran desde luego toda lyrica y según ellos comprendemos en Amadeus el vínculo entre "Música" y "Lyrica", cual si en esa obra de la segunda mitad del siglo XVIII aconteciera una juntura entre la divinidad de la Música y la humanidad de la Palabra lyrica. Se abisman en esa Música los trasfondos de la deidad fecunda, y en esa lyrica los trasfondos de la creatura misteriosa, reseñada en el emblema del hombre incomprensible y enigmático según sus laderas positivas y negativas.

Una lumbre inacabable, transepocal, brota de la obra de Wolfgang. Todos los lobos, de todos los bosques y de todos los tiempos ancestrales, suspiran también por la redención de la música hyperbórea y el canto apokatastásico de los orígenes. Esa lumbre es vida y palabra. Esa lumbre cumple el misterio irrevocable de la manifestación multívoca de la vida. Luz y música, vida y palabra inhabitan siempre la aurora ardiente de las cuerdas, vientos y timbales, como penumbra que moderara el fulgor de la deidad. 

La orquesta mozartiana es, como digo, penumbra que envuelve y coteja luminosas claridades transcósmicas, lumbre intemerata y sublime, para permitir al audiente proseguir el camino hyperbóreo hacia la luz Divina.

La fuente fluye como esencia mystica de la interioridad según San Juan de la Cruz; el pájaro kymindis entraña en su canto la totalidad del cosmos, deglosado de las generaciones teogónicas y cosmogónicas; la campanilla misteriosa procura el asilo inocente del Paraíso y devuelve al hombre la niñez del mundo: magnus ab integro saeclorum nascitur ordo.

Estos tres símbolos mozartianos no dependen principalmente de un trasiego de historia que puedo reconstruir en etapas clasificadas por un reduccionismo de los kairoi epocales, desde los griegos al siglo XVIII. Es un descendimiento ánothen, desde lo alto, como dice San Juan, el Theólogo, ánothen, como kharis melódica que inunda con su luz.

Finalmente tres dificultades se interponen para cumplir la vía mystérica mozartiana, la vía hacia el "mysterium" celebrado en la fiesta de los hyperbóreos, coronados de laureles de oro.

1) La primera, la opacidad del oído contemporáneo, colmado de azarosos monstruos que han vuelto por el campo del oído, después de haber sido replegados por la sacra fuerza de Herakles solar; 2) la segunda, el triunfo de la imagen contracosmogónica, que es gravitacional; y por ende al llenar los espacios libres del mundo y de la tierra, tiende a la katábasis involutiva, a los ciclos infernales; 3) la tercera dificultad, en fin, induce al falso reduccionismo de una semántica hennenéutica, dispuesta contra la inspiración; ella genera un duplicado equívoco del universo sonoro y anula el camino de la transfiguración por el oído.

Estas tres dificultades u obstáculos aquerónticos son de variable pesantez, incidencia o reluctancia physica, como inercia precisamente de los conflictos inscriptos en el hombre; resultan dotadas además con variable recurso y magia de un poder oscuro difícil de replegar para definir mejor la existencia mozartiana.

Símbolos, virtudes operativas y obstáculos aquerónticos conforman un universo complejo, que tiene sin embargo, de modo contrapuesto, la facilidad confiada a la memoria de la partitura, como un lenguaje hermético que custodia la perennidad de los símbolos y la esencia hyperbórea. Esa memoria trasiega en una pericia que es congruente con aquella custodia, infrangible e intachable. He ahí un principio regenerativo en la modernidad, confiado sin embargo a la verdad del intérprete.

En el segundo centenario que recordamos, Mozart sigue siendo príncipe del universo sonoro, príncipe de la luz y del canto en medio del hundimiento de la cultura hyperbórea en la edad post-moderna, de la ciencia hyperbórea, de la piedad hyperbórea y de su ocio festivo y lyrico. Esta contradicción - la contradicción enfrentada con Amadeus - se torna motivo de fantasmagorías, inevitables y funestas, pues siempre le disputa el imperio del oído, en que en todo caso se define el destino del hombre.

No sabemos si la luz regenerativa de la partitura es suficiente para contener el poder de las sombras. 

Sabemos, sí, que el refugio en esa luz concilia testimonios de fieles celebraciones mystéricas, potenciadas contra la katábasis y dirimentes en el oído que ajuste a la música, en el puro desierto de la inspiración, el claro manantial de la inspiración e interioridad mozartianas.

La luz, el son, el ritmo, la palabra y el canto mantienen por ende una sustancial concordia operativa y estética, que nos permite avizorar, pese a todo, un cambio áureo después de las catástrofes. Pues "paso del lobo" ha vencido ya, como dije, la oscuridad y el terror de la selva, y se ha allanado a cantar, y por ende, a orar en la esplendente aurora de los orígenes.

A la luz, al son, al esplendor del piano o de la orquesta, súmase pues la "plegaria", que pone al mundo, pese a su gravidez indomable, en espacios de meditación y oración. Porque Theophilo, Amadeus, cumple la intermediación mystérica y divina congruente con su nombre. Oímos según Amadeus, para cantar y orar según Theophilus en su propio canto, que es plegaria lyrica para estos tiempos desconcertados.


Carlos Alberto Disandro
Alta Gracia - La Plata (Argentina)
Junio - Septiembre 1991

Principios de una Política Fundacional

Por Carlos A. Disandro




Nación, Estado, Pueblo

La Nación es la unidad histórica perdurable. Ella constituye, por lo tanto, el substractum de todos los procesos, el objetivo de la vida histórica de un pueblo, la meta de un Estado que la sirve y engrandece. El Estado y el Pueblo hallan su realización plena en el marco pleno de la Nación. La Nación es superior a las formas de gobierno, a las constituciones políticas, a las estructuras técnico-administrativas, al desarrollo moderno de los llamados partidos políticos, etc.
La Nación es independiente respecto de las tendencias centralizadoras mundiales, y su destino no debe someterse, por ningún concepto a lo: dictados de potencias internacionales y destructivas: el dinero, la banca, la propaganda, la tecnología bélico-política, las sectas esotéricas, etc. Cada uno de estos factores debe ser estudiado, a fin de poder sobrellevar sus ataques y asechanzas, ya que ellos buscan EL APLASTAMIENTO DE LA NACIÓN.
La realidad histórica que llamamos Nación no es pues excluyente, sino creativa; no es tampoco de una apertura indiferente, sino que cumple una misión precisa e inconfundible; no constituye una mezcla de conceptos tomados al azar, sino que se apoya en el mundo como unidad y como una constante incambiable, a la cual deben someterse los diversos aportes de los tiempos y de los hombres.
El Estado es la estructura consciente de la Nación. Sirve a la Nación, de la cual es como la manifestación superior y nítida.
Porque el Estado sirve a la Nación, y no a la inversa todas sus estructuras políticas, administrativas, pedagógicas y financieras deben ordenarse a:
1) Mantener la UNIDAD HISTÓRICA de la Nación;
2) Acrecentar su EMPUJE CREATIVO o su EXPANSIÓN HISTÓRICA;
3) Incorporar al desarrollo vertebral de la Nación todos los elemen­tos más o menos periféricos.
En consecuencia, el Estado está obligado a:
1) Rechazar los elementos y procesos disolventes respecto de aquella UNIDAD HISTÓRICA
2) Impedir el asalto interno y externo al EMPUJE CREATIVO, advirtiendo lo que constituye un desvío de esa orientación, y reprimiéndolo;
3) Desalojar aquellos factores periféricos que, como consecuencia de su desarrollo o de su violencia pueden transformarse en factores revolucionarios, contrafuertes al contenido mismo de la Nación.
El Pueblo es el sujeto concreto donde se realiza la Historia Viva de la Nación. La Nación está expresada en el Pueblo, aunque no se confunde con él.
El nexo entre la Nación y el Pueblo, es precisamente el Estado, por ello cuando el Estado declina, o se corrompe, o cae en manos de facciosos, tiende a destruir la Nación y a esclavizar al Pueblo. Se impone, entonces, o la transformación del Estado o la creación de un Estado nuevo, que sirva a la Nación, ordene las estructuras político-administrativas, pacifique al Pueblo y lo cohesione sobre la base de la justicia y el bien.
Nación, Estado y Pueblo representan el punto de partida para una concepción de la Historia, en donde intervienen las Razas, las Estirpes el Hombre, sus Instituciones y sus Obras.

Las raíces religiosas, temporales, culturales

Ninguna Nación, Estado o Pueblo es un mero fenómeno histórico. Ellos poseen, o deben poseer, un trasfondo, donde se manifiesta la Presencia y la Actividad de Dios en la Historia. A esta concepción puede denominársela Concepción Sacra de la Historia. A ella se opone una concepción Racionalista, Evolucionista, Materialista de la Historia.
Mientras para la concepción Sacra, la Nación es, en definitiva, un órgano de Dios en la Historia, para la concepción materialista, la Nación o el Estado constituyen el resultado de una evolución física, que debe proseguir su curso.
La concepción Sacra tiene su máxima expresión en la concepción Católica de la Historia y del papel de las naciones.
La concepción Materialista tiene su máxima expresión en la doctrina Marxista-Leninista de la Nación y del Estado.
Estas dos concepciones son opuestas, excluyentes y contrarias. No pueden entrar en alianzas; y en cuanto a las llamadas coexistencias, sólo son tácticas de la Posición Leninista-Comunista.
La Nación, pues, tiene una raíz transhistórica, o sea que está más allá de los sucesos, propósitos y finalidades meramente temporales; en esto la Nación se asemeja a las personas. La Nación en tanto que Unidad Histórica, como los Hombres, en tanto que Unidades personales, reconoce un solo Autor y Señor: Dios. Es ésta la primera afirmación del auténtico tradicionalismo, que no parte de una mera cuestión localista, casi folklórica, sino que subraya una fuente absoluta de toda tradición.
Esa tradición tiene, además, expresiones temporales y culturales concretas: fueron hombres determinados, guiados por ideales determinados y asistidos por una Providencia Divina, los que pusieron en marcha la Unidad histórica de nuestra Nación.
Este será el segundo significado del tradicionalismo, el más concreto y visiblemente activo, el que se presta, por lo mismo a equívocos más frecuentes.
En suma pues: el tradicionalismo ofrece dos vertientes: una absoluta, que se refiere al vinculo de Dios con la Nación. En nuestro caso, ese vínculo se expresa en el papel de España Católica y en el papel de la Iglesia Católica, como confundadora de la Nación.
La segunda vertiente se refiere a los hombres, instituciones, acontecimientos, etc., que constituyen la superficie fenómeno lógica pero cuya validez depende de la correcta relación con las fuentes. Por ello se ha dicho, líneas arriba, que este aspecto se presta a equívocos frecuentes. Pues esta correcta relación podría no darse y la Nación no está obligada a custodiar algo que significaría su suicidio.
En esta segunda vertiente todos convenimos en que participan con una relación correcta respecto de esa tradición un Gerónimo Luis de Cabrera, un Belgrano o un San Martín En cambio, es discutible, si lo es, un Rivadavia o un Mitre. Es esto lo que se debe examinar con criterio analítico, y a la luz de los principios enunciados anteriormente.
La interrupción de la Tradición o del vínculo correcto con sus fuentes, suele hacerse visible, no al nivel de la Nación sino al nivel del Estado y del Pueblo. Esa ruptura entre la tradición fundamental y viviente, y el Estado, como conciencia de la Nación y como nexo entre la Nación y el Pueblo, esa ruptura, pues, se transforma en la vía por donde se consolida el proceso revolucionario Anti-Tradicional, que en la historia de occidente ha tomado la forma concreta del Marxismo-Leninismo.

La esfera de poder

Ni la Nación, ni el Estado, ni el Pueblo se configuran en un proceso amorfo e indiferente. Por el contrario advienen como ejercicio de un Poder concreto.
La Historia está configurada por las Ideas, que se expresan en los procesos, y por el Poder, que las encarna y les da consistencia temporal. El Poder es el elemento activo de la Nación y representa lo que en la individualidad personal el vínculo entre la inteligencia y la voluntad. En el Poder se manifiesta el curso histórico de la Nación del Estado y del Pueblo. En cuanto a la Nación, el Poder procede de sus raíces tradicionales auténticas, o debe proceder de allí procurando evitar en las coyunturas históricas sus desvinculaciones con la Unidad Metafísica de la Nación.
En cuanto al Estado, el Poder le otorga su carácter Fundacional, que permite mantener una expansión benéfica y justa, incorporar múltiples aspectos sociales, pedagógicos y técnicos, y vigilar la ruta Política de la Nación.
En cuanto al Pueblo, el Poder es promotor y decisorio, en el sentido de que procura la manifestación de todas las tendencias positivas, en el marco de la Tradición Nacional.
En una palabra, la esfera del Poder se resume en los siguientes caracteres: Fundacional, vale decir, el Poder es el principio Creativo y Operativo de la Nación, expresado en un Estado Soberano y Justo y dirigido a consolidar los aspectos creativos del Pueblo como Comunidad Nacional; Organizador y Promotor, es decir, que establece su Régimen Político, que coincide con la Historia de la Nación; Ofensivo y Defensivo, vale decir, que elimina por decisiones efectivas el curso de la Revolución Leninista ­Comunista.
En la dialéctica entre Tradición (con los caracteres arriba enunciados) y la Revolución Leninista, ésta se orienta a facilitar: 1) El caos de las Bases Sociales; 2) La vacancia del Poder.
Producidas simultáneamente ambas situaciones, su objetivo es claro: el asalto al Poder Político-Militar, que les dará la conducción del Estado y les permitirá la última ruptura con el itinerario de la Nación.
Este proceso es, para la doctrina revolucionaria Leninista un proceso casi fatal, en lo que tiene de biológico-determinista.
Frente a ese concepto y a tales situaciones, el Poder, fundado en las raíces tradicionales, que hemos denominado absolutas y en las otras, que hemos denominado temporales y culturales, no tiene otra solución que expresar su carácter creativo, para enfrentar la Revolución Leninista por un acto de creación histórica; donde vuelve a manifestarse el vínculo en­tre Nación, Estado y Pueblo. El Poder así concebido vence la Revolución Leninista (en nuestro caso acelerada por Arturo Frondizi, el típico leninista) no por una actitud reaccionaria, sino por un acto creador, que salva la Tradición y le incorpora el sentido histórico moderno sin renunciar a las fuentes, ni al vinculo entre Dios y la Nación.
Debe decirse, como aplicación concreta de este tema, que el racionalismo liberal argentino, posterior a Caseros, pero cuyas raíces son más hondas, ha corrompido la noción de Poder, y ha preparado la caducidad que hoy tenemos, con grave peligro para la Nación: no queda, en consecuencia, otro camino que establecer el Poder con los caracteres enunciados. Ello implica el derrumbe total del Régimen, pues en él está la verdadera causa del acceso de la Revolución Leninista.
Uno de los problemas fundamentales de la realización de ese Poder (que sea entrañable a la Nación, que exprese el aspecto fundacional del Estado y que configure al Pueblo como Comunidad Nacional) radica en la correcta relación entre el Poder Civil y el Poder Eclesiástico, entre la Soberanía Temporal y Política del Estado Argentino, y la Soberanía Eterna y Religiosa de la Iglesia Católica.
Esta cuestión ha sido confundida por el llamado "liberalismo cristiano" hoy visible, por ejemplo, en las corrientes sedicentes demócratas cristianas.
Se debe partir del siguiente principio fundamental positivo, cuya realización se busca: el Poder Civil y el Poder Religioso se unen sin confusión, y se distinguen sin separación.
Pero el "liberalismo cristiano" del S. XIX y las corrientes del "humanismo integral" de J. Maritain y de las presentes décadas ciertas tendencias marxistas disfrazadas de cristianismo progresista han ocasionado grave desorientación o una nefasta influencia doctrinal en laicos y clérigos. Todas esas corrientes para oponerse a un "clericalismo" real o supuesto buscan la distinción mediante la separación lo cual es un error.
A su vez la falta de conciencia política en los diversos niveles eclesiásticos ha creado una malsana intervención del Poder Eclesiástico, o un compromiso peligroso con aspectos contradictorios del Poder Político. Es decir, se ha producido aquí el error contrario; en lugar de la verdadera unión, una confusión corruptora.
La Doctrina que debe propugnarse contra unos y otros errores, es: unión sin confusión, distinción sin separación. Esta doctrina debe descender al orden histórico concreto por un nuevo acuerdo entre la Iglesia y el Estado, lo cual no será posible si el Estado no tiene una existencia visible, en el Poder, y un vínculo correcto con la Nación.

La organización social

Si la Nación es un principio subsistente y perdurable por debajo de los cambios y de los acontecimientos; si el Estado es la estructura consciente de la Nación, de ello se sigue que Nación y Estado se expresan en el contexto de la Comunidad. La existencia de una Comunidad Justa, creadora, que sabe unir la Tradición y el empuje histórico, es el signo más claro de la Grandeza Nacional.
El Pueblo se erige sobre dos instancias preliminares y que existe como una realidad más compleja: 1) el carácter elemental de sus constitutivos 2) la tendencia a expresarse como masa. El Pueblo no es ni la yuxtaposición de entidades ni la fusión masificadora de instintos o tendencias sub-humanas. El Pueblo es el resultado armónico y equilibrado del vínculo entre el principio perdurable: la Nación y los elementos cambiantes sustitutivos caducos. La existencia del Pueblo, con este sentido, implica una dirección política y espiritual consciente.
Pero la organización social procede de la afirmación de ciertos aspectos positivos y la eliminación de otros aspectos negativos.
Los aspectos positivos son: a) Familia, b) Organizaciones gremiales, c) Organizaciones profesionales, d) Organizaciones culturales.
Los aspectos negativos que deben eliminarse son: a) Lucha de clases, b) explotación de los más pobres por los más ricos, c) La concentración de las riquezas, d) La usura.
Finalmente, no existe organización social sin ejercicio de la Justicia, que es el principio activo que determina la existencia de la Comunidad. La Nación y el Estado, se transfieren sus aspectos permanentes y creativos por la seguridad y eficacia de la Justicia (es precisamente lo más corrompido en el caso de Argentina, y lo que posibilita el desarrollo de la Revolución Comunista).
La llamada Justicia Social, es la coronación de una estructura donde se realiza la Justicia Conmutativa, la Justicia Legal, y la Justicia Distributiva. En un país como Argentina, donde prácticamente han caducado las tres expresiones fundamentales de la Justicia, los intentos de Justicia Social o son temas de demagogos interesados en la conquista del Poder, o son "slogans" revolucionarios, destinados a promover la lucha social.
Es el Estado quien debe promover nuevamente las bases de la Justicia para que haya, también, una verdadera distribución del trabajo y de sus beneficios y para que la Riqueza Nacional sirva en primer término a los miembros de la Comunidad Nacional, y no a los explotadores de adentro y de afuera. La eficacia del Poder se demuestra, en primer lugar, por la instauración de la Justicia. En cuanto a la Justicia Social, ella debe ser la manifestación natural del equilibrio de una Sociedad Cristiana.

La educación

Hay tres instancias educativas fundamentales: la Familia; el Estado; la Iglesia Católica. Ellas no excluyen las restantes actividades culturales, intelectuales y científicas, sino vertebran el Sistema Educativo de la Nación y orientan o determinan los contenidos de la educación.
La Familia, encuadrada en una organización social que la promueva y custodie, respaldada por los bienes económicos indispensables y dotada de los medios educativos de un ámbito social saneado y equilibrado, cumple naturalmente una considerable tarea pedagógica. En este marco entra la multitud de posibilidades de las organizaciones privadas, dirigidas y mantenida por los padres.
La Iglesia Católica, tiene una múltiple tarea educativa. No solo debe considerarse, dentro de la estructura de una Sociedad Cristiana Justa, la misión inherente a la naturaleza divina de la Iglesia y el carácter de su apostolado. La Iglesia cumple y seguirá cumpliendo esa misión y ese apostolado, aún en países y sociedades no cristianas o comunistas (tal como ocurre en Europa Oriental, por ejemplo).
La Iglesia cumple una función, también, intelectual, científica y cultural que posibilita la expansión espiritual de la Nación. En esa tarea el país posee importantes recursos para transformar la masa amorfa en Pueblo Cristiano. Ello significa mantener el equilibrio interno de la Nación y consolidar el Estado en tanto que estructura jurídica.
El Estado cumple a su vez una promoción y una dirección de la tarea educativa, en armonía, con las restantes instancias.
Aquí es importante la transformación completa de la educación pú­blica en todos sus niveles. Es preciso, como norma general, desterrar el Enciclopedismo Positivista, y sustituirlo por el método y los contenidos de una enseñanza Humanística, de contenido religioso, cultural, viviente operante

Las fuerzas armadas

LAS FUERZAS ARMADAS son la expresión de la Nación, constituyen una instancia Educativa del Estado Argentino, y sirven a la consolidación Espiritual del Pueblo. La Milicia es un servicio, y no un privilegio.
Las FF.AA. no solo son la Capacidad Militar Defensiva y Ofensiva de la Nación, constituyen así mismo un aspecto de la Conciencia Política del Estado. No deben estar politizadas, pero deben tener una clara Conciencia Política Junto con la Iglesia Católica, las organizaciones profesiona­les y gremiales, constituyen los Fundamentos Espirituales del Poder.
Las FF.AA. constituyen una instancia Civilizadora: en la conquista de la tierra argentina, en la expansión técnica, en el acto fundacional del Estado, que tiene en las FF.AA. un brazo de su actividad creadora, las FF.AA. son eminentemente fundacionales. Este vínculo entre la Fuerza y el Espíritu. Este vínculo elimina para siempre la escisión entre las FF.AA. y el Pueblo, e impide una de las rutas de la Revolución Leninista.
Las FF.AA. integran las bases del Poder, y en la organización política de un Estado justo, se desarrollan y consolidan al servicio de la Nación. No existen ni deben existir, Fuerzas Armadas sin Conciencia Política, desvinculadas de la Gestión Creadora y Promotora del Estado.
Las FF.AA. tienen un papel preponderante en el proceso de tecnificación, sobre todo para que esa tecnificación mantenga una correcta relación con la Vida Nacional, que es siempre lo primero y para que además se contemplen los múltiples aspectos de la defensa nacional.

Los sindicatos

La organización sindical es parte interviniente de una moderna estructura social.
No debe propugnarse una organización pluralista.
Las organizaciones sindicales deben intervenir en la promoción económica de la Nación. No constituyen solamente un elemento de defensa social del obrero o del asalariado, sino de un principio de justa intervención en la estructura de la Nación.
Los sindicatos o gremios constituyen la organización del trabajo y la vertebración social que permite un equilibrio justo en la distribución de los bienes.
Constituyen, asimismo, una de las bases del Poder con la responsabilidad inherente a tal función. Ello significa un servicio, y no un privilegio.

La organización económico-financiera

La Nación, el Estado y el Pueblo tienen el derecho a la posesión íntegra del aparato económico - financiero. Este es el principio fundamental de una organización justa, que influye en la contextura de la sociedad. Todo lo que se oponga a este principio debe ser drásticamente eliminado.
Con este principio se adecua la iniciativa privada (que no está excluída, por lo contrario, está justamente protegida) y la colaboración de bienes y capitales exteriores, siempre que éstos se sometan a la estructura económica de la Nación.
Dentro de este panorama encuadra el justo reparto de la tierra, que resulta totalmente ineficaz dentro de una estructura económica y financiera injusta, antinacional. Una reforma agraria practicada sobre la base de las actuales condiciones, implica acentuar los problemas sociales.
A ese justo reparto, debe sumarse una adecuada distribución de los recursos de explotación; desde los estrictamente financieros hasta los técnicos e instrumentales. No existe en el país verdadero problema de reforma agraria, lo que existe es un abandono de la tierra, instrumentado por las corrientes revolucionarias leninistas. Aquí se presenta uno de los aspectos del Estado Fundacional que permite recuperar grandes extensiones mostrencas, suscitar la fundación de pueblo y ciudades que civilicen el inmenso territorio argentino, y resolver el problema de la concentración urbana.
El Estado debe planificar el desarrollo industrial, a través de un Consejo Ad-Hoc donde estén representados empresarios, obreros, organizaciones técnico-profesionales, además del mismo Estado.
Es preciso establecer que la política económica no puede existir sin la Soberanía Política del Estado. La escisión de estos dos aspectos, o la inversión de su relación jerárquica, implica abrir una brecha por donde avanza la Revolución Leninista. Por ello el Estado no debe reconocer tutelas de ninguna especie, ni la del Fondo Monetario Internacional, ni ninguna otra.
El comercio con los países americanos, especialmente con los vecinos, es fundamental para nuestra política. Nosotros debemos industrializarnos, y por ello debemos completarnos económicamente con los países vecinos y no solos con Europa y Estados Unidos, que ya está industrializada y no quiere que lo hagamos nosotros; quieren que continuemos dependiendo de ellos, valiéndose de nuestras materias primas y alimentos.
La Argentina debe entregar sus productos alimenticios en trueque por hierro, carbón .y cobre chilenos; estaño de Bolivia; las maderas de Paraguay y Chile; el carbón y el hierro de Perú, etc. Brasil puede comprarnos todo el trigo exportable.
Una estabilización verdadera de nuestras finanzas y de nuestra economía, ayudada por un sistema impositivo que no sea expoliatorio como el actual, traería de retorno al país los capitales emigrados.
Sería una suerte para el país que no consiguiera más préstamos, pues eso nos obligaría a arreglar la situación con lo que tenemos; y esta es una cosa perfectamente realizable, pues las riquezas efectivas y potenciales del país son enormes, y solo hace falta que se las maneje bien.
Una venta justa de los productos argentinos significaría para el país un ingreso de divisas superiores a los capitales importados.

Sinarquía

La "revolución leninista" se desenvuelve ahora bajo la conducción de la Sinarquía, lo que equivale a señalar la concentración de poderes aparentemente contrapuestos. En este sentido la defensa de la Nación y del Estado requiere una correcta y sana aplicación de los principios enunciados con anterioridad.
En la Sinarquía, intervienen los poderes religiosos, encarnados en la vasta maniobra del judeo-cristianismo, que tiene como forma ostensible de manifestación el ecumenismo, contrario a las mejores tradiciones religiosas y patrióticas.
El Estado Argentino no reconocerá pues ninguna de esas formas pseudoreligiosas, incluso aquellas que se escudan en la autoridad eclesiástica y que adoptan diversas modalidades de presión y coerción política.
El Estado Argentino procederá a excluir aquellas tendencias del poder sinárquico eclesiástico, contrarias a la soberanía y a la justicia, y promoverá una revisión total de sus relaciones con la Iglesia según los principios de un recto entendimiento.
Los poderes sinárquicos intentan elaborar otras bases de gobierno y Conducción política; opuestos a la soberanía nacional. En este momento las tendencias integracionistas, en sus diversos matices deben ser consideradas enemigas de la nación y del pueblo argentino. Es preciso discernirlas y eliminarlas del horizonte político.
No podrá darse ninguna forma de justicia social, si ésta desconoce el imperativo de la soberanía nacional de los pueblos. En este sentido el estado Soberano no puede aceptar las tendencias mundialistas, promarxistas de muchos documentos eclesiásticos, políticos y económicos de las actuales instancias del poder internacional.
La promoción de la justicia social es el resultado de la soberanía política y de la independencia económica. La verdadera alianza de los pueblos hispanoamericanos se funda en esta premisa fundamental. Por lo mismo son inaceptables todos los argumentos integracionistas y desarrollistas, que so capa de una mejor realización socio-económica tienden a erosionar y finalmente destruir las bases mismas y el sentido último de la Nación.

(Principios de una política fundacional, Mar del Plata, Editorial Montonera, Colección Estado Nuevo, Cuaderno 1, 1968).


Conceptos Fundacionales



Sinarquía

"Es decir que nosotros, frente al poder imperialista y frente a la gran Sinarquía internacional, manejada desde las Naciones Unidas, donde están el comunismo, el capitalismo, el judaísmo, la Iglesia Católica que también cuando la pagan entra la masonería; todas esas fuerzas que tienen después miles de colaterales en todo el mundo son las que empiezan a actuar..." (Diálogo Perón Cornicelli, Revista Las Bases, n° 17, 18 de julio de 1972, pág. 34 47).

"Sinarquía significa según su contexto etimológico: la convergencia radical de principios de poder que obran en el mundo desde los orígenes de la humanidad. Esta convergencia de los principios de poder contrapuestos es la que nos indica que estamos en un nuevo momento de los procesos del Gobierno mundial, porque esto no ha ocurrido en el nivel de las logias iluministas de los siglos XVII y XVIII, ni en las revoluciones del siglo XIX; ocurre en cambio a nivel del siglo XX, después del proceso de liquidación que significan las guerras mundiales." (Cf. Carlos Alberto Disandro, La conspiración sinárquica y el estado argentino, pág. 55).

Gobierno Sinárquico

"Sobre la tarea de captación con que se amenaza al peronismo por parte de la dictadura, debe tenernos sin cuidado. Mientras los dirigentes sean leales hay que seguir el juego, veremos hasta cuando les llega. Si se trata de dirigentes desleales, en el pecado llevarán la penitencia, porque el fracaso al que la dictadura está abocada les envolverá también a ellos, Este es un juego muy difícil en el que no sólo hay que ser buen jugador, sino que también hay que tener una prudencia extraordinaria: hay que considerar que se trata de un poder sinárquico mantenido por un "entourage" en el que se mezcla el jesuitismo de Onganía con la masonería de Busso y compañía, el judeo marxismo de Frondizi con el liberalismo estúpido de los demás. Todos ellos enfrentados a la línea nacionalista de las Fuerzas Armadas que comienza a alborotarse impulsada por los disparates gubernamentales que, en algunos casos se cometen por incompetencia de unos pero en la mayoría de los casos por los intereses de otros. A todo esto hay que sumarle las ambiciones de los Osiris Villegas y otros y se tendrá un claro panorama de la quilombificación dominante." (Carta del General Juan Domingo Perón a Andrés Framini, del 30 de setiembre de 1966).

Patria

"La Patria tiene en este momento una causa justa que cuidar y objetivos que cumplir y mantener. Ese debe ser el significado de esa llama de la argentinidad, que podríamos hoy fijar como causa de nuestra revolución salvadora de la nacionalidad; y como objetivos que ningún argentino debe olvidar, la independencia económica de la Nación y la institución en nuestra Patria de una economía social que reemplace a la antigua economía capitalista de la explotación." (Discurso del General Juan D. Perón del 8 de setiembre de 1949).

"Cuando todos los argentinos comprendan que la grandeza de la Patria es la grandeza de los argentinos, cuando todos los argentinos comprendan que cualquiera sea la lucha que emprendan en el orden interno ella no puede estar jamás dirigida contra el país, ese día la Argentina comenzará una marcha de ascensión que no se detendrá hasta la gloria y hasta el logro venturoso de la Gran Argentina que todos soñamos." (Discurso del General Juan D. Perón del 29 de julio de 1949).

Nación

La Nación es la unidad histórica perdurable. Ella constituye, por lo tanto, el substractum de todos los procesos, el objetivo de la vida histórica de un pueblo, la meta de un Estado que la sirve y engrandece. El Estado y el Pueblo hallan su realización plena, en el marco pleno de la Nación. La Nación es superior a las formas de gobierno, a las constituciones políticas, a las estructuras técnico-administrativas, al desarrollo moderno de los llamados partidos políticos, etcétera. La Nación es independiente de las tendencias centralizadoras mundiales, y su destino no debe someterse, por ningún concepto, a los dictados de potencias internacionales y destructivas: el dinero, la banca, la propaganda, la tecnología bélico-política, las sectas esotéricas, etcétera. Cada uno de esos factores debe ser estudiado, a fin de poder sobrellevar sus ataques y acechanzas, ya que ellos buscan el aplastamiento de la Nación. La realidad histórica que llamamos Nación no es pues excluyente, sino creativa; no es tampoco de una apertura indiferente, sino que cumple una misión precisa e inconfundible; no constituye una mezcla de conceptos tomados al azar, sino que se apoya en el mundo como unidad y como una constante incambiable, a la cual deben someterse los diversos aportes de los tiempos y de los hombres." (Cf. Carlos A. Disandro, Principios de una política fundacional, Mar del Plata, Editorial Montonera, Colección Estado Nuevo, Cuaderno 1, 1968).

Estado

"El Estado es la estructura consciente de la Nación. Sirve a la Nación de la cual es como la manifestación superior y nítida. Porque el Estado sirve a la Nación y no a la inversa, todas sus estructuras políticas, administrativas, pedagógicas y financieras deben ordenarse a: 1) Mantener la unidad histórica de la Nación; 2) Acrecentar su empuje creativo o su expansión histórica; 3) Incorporar al desarrollo vertebral de la Nación todos los elementos más o menos periféricos.''

En consecuencia, el Estado está obligado a: 1) Rechazar los elementos y procesos disolventes respecto de aquella unidad histórica; 2) Impedir el asalto interno y externo al empuje creativo advirtiendo lo que constituye un desvío de esa orientación y reprimiéndolo; 3) Desalojar aquellos factores periféricos que, como consecuencia de su desarrollo o de su violencia pueden transformarse en factores revolucionarios, contrafuertes del contenido mismo de la Nación."

(Cf. Carlos Alberto Disandro, Principios de una política fundacional, Mar del Plata, Editorial Montonera, Colección Estado Nuevo, Cuaderno 1, 1968).

Pueblo

"El Pueblo es el sujeto concreto donde se realiza la historia viva de la Nación. La Nación está expresada en el Pueblo, aunque no se confunda con él. El nexo entre la Nación y el Pueblo es precisamente el Estado; por ello, cuando el Estado declina o se corrompe, o cae en manos de facciosos, tiende a destruir la Nación y a esclavizar al Pueblo. Se impone, entonces, o la trasformación del Estado o la creación de un Estado nuevo, que sirva a la Nación, ordene las estructuras político administrativas, pacifique al Pueblo y lo cohesione sobre la base de la Justicia y el Bien. Nación, Estado y Pueblo representan el punto de partida para una concepción de la historia, en donde intervienen las razas, las estirpes, el hombre, las instituciones y sus obras." (Cf. Carlos A. Disandro, Principios de una política fundacional, Mar del Plata, Editorial Montonera, Colección Estado Nuevo, Cuaderno 1, 1968).

Cipayo

"Hace pocos días consultaba a letrados si correspondía alguna pena a un hombre argentino que sale del país y en el extranjero trabaja con sus actos y con su propaganda para deshonrar a su Patria; preguntaba si le correspondía alguna pena a ese hombre que en el extranjero se alía a las fuerzas contrarías a su nacionalidad para denigrar a sus conciudadanos y a su Patria. La ley no lo reconoce como delincuente. 

Pero ¿cómo es posible eso si el honor, la dignidad, la ética nos están diciendo a gritos que ese es el peor delito que puede cometer un ciudadano, que esa es la mayor traición que puede cometer un argentino?" (Discurso del General Juan D. Perón del 25 de julio de 1949).

"Sin embargo, no debemos culpar a los colonizadores, sino a los nativos que se dejaron sobornar por una paga que, como la de todas las traiciones, lleva el estigma de la infamia. Una legión de hombres indignos se ha formado en la "escuela de la entrega" tolerados por nuestra desaprensión y nuestro olvido y estimulados por las ventajas materiales y la propaganda falaz e interesada, a través de la cual se han forjado artificialmente "grandes hombres" en los que no existía sino la acumulación de todas las miserias... Esta "escuela de la traición" va prosperando y hoy "entregar el país" es más bien un acto de "buena diplomacia" aunque ello implique la miseria, el hambre y el dolor de muchos millones de seres dignos de mejor suerte." (Cf. General Juan D. Perón, Los vendepatrias. Las pruebas de una traición, capítulo "Vendepatrias y cipayos", Buenos Aires, Editorial Freeland, 1972, pág. 163).

La concentración Sinárquica

"En cuanto a la concentración sinárquica - que es esencialmente una concentración de poderes- ella significa en pocas palabras la construcción progresiva de un gobierno mundial, que tenga no sólo auctoritas y potestas, sino sobre todo imperium. Ese gobierno así entrevisto dialécticamente, estaría integrado según H. Kissinger por tres estamentos: 1) cúpulas decisionistas - o sea las que tienen imperium en sentido estricto; 2) senado de las multinacionales, que comparte su potestas con las cúpulas; 3) pueblos, naciones o estados, con minúscula, que formarían la base, el territorio geopolítico que recepta los impulsos revolucionarios o las normas operativas, y a quienes se les otorga una franja de auctoritas, variable según cambiantes condiciones globales o estratégicas. El imperium decide; la potestas consolida el poder mundial organizado, articulado, potenciado en su organicidad tecnocrática; la auctoritas hace crecer el empeño de la esclavitud mundial en el territorio mostrenco de los pueblos sometidos (...)". (Cf. Carlos A. Disandro, Segunda Guerra de la Independencia y Tercera Guerra Mundial, La Plata, Ediciones Hostería Volante, 1988, pág. 60 ).

Las guerras de la Independencia

"La Primera Guerra de la Independencia, cuyos conductores militares fueron San Martín y Bolívar, y otros que no necesito mencionar, significó la instalación de la Nación Americana, pero no del Estado Americano. No hay ni hubo nunca en la historia de Occidente esa dimensión política. Por otra parte, lo que llamamos "estados nacionales" son en realidad concentraciones burocráticas en manos del enemigo sinárquico, que las manipula como una herramienta útil, Estamos ahora en la Segunda Guerra de la Independencia; ella sin embargo transcurre en medio de la III Guerra Mundial, cuyo objetivo previo, más bien de carácter geopolítico que bélico, es precisamente dominar y abatir los pueblos y los pactos (foedera pacta) que pudieran procurar o conducir la Segunda Guerra de la Independencia americana , dado que la regimentación sinárquica debe impedir el advenimiento del Estado Americano (.. .)
"( ...) ahora bien, cuando hablamos de Segunda Guerra de la Independencia hablamos en realidad de dos cosas fundamentales:
1) la instalación de un Estado soberano americano que se imponga en medio de la III Guerra Mundial, como un bloque decisionista que impida la rapacidad de los imperialismos en pugna estratégica en vista del gobiernos mundial;
2) Integración social de la comunidad política organizada, para realizar los ideales de una doctrina política del Estado, considerada en su estricta dimensión estratégica y estética. Pero es justamente Argentina del 17 de Octubre la que puede clarificar una conducción geopolítica, operativa y eficaz".
(Cf. Carlos A. Disandro, Segunda Guerra de la Independencia y Tercera Guerra Mundial, La Plata, Ediciones Hostería Volante, 1988, pág. 58 y sgs.).

El Conductor

"El conductor, en cualquiera de sus aspectos, es siempre un hombre que no sólo ha cultivado la capacidad de acción, sino también los valores morales que le dan la autoridad que necesita para conducir. La conducción de la clase trabajadora no es un mero acto administrativo sino que es, precisamente, la aplicación de los principios orgánicos y de acción que rigen la actividad de los hombres que están destinados a realizar algo por el país y por la clase trabajadora. Es inútil la charlatanería de los que normalmente están siempre en contra de la realidad y de la verdad, de esos teóricos o especuladores que abundan como excrecencias malditas en todas las organizaciones de la vida. Señores: durante los últimos treinta años hemos observado en nuestras organizaciones sindicales la presencia de muchos de estos falsos apóstoles, que han ido quedando en el camino despreciados y vilipendiados como lo merecieron. No se improvisan los dirigentes cuyos valores morales e intelectuales los capacitan para la conducción. Los que llegan a ella es porque tienen valores reales, y quienes los discuten son, precisamente, aquellos que en estos hechos y en la acción de todos los días no han sido capaces de demostrar semejantes valores". (Cf. Juan D. Perón, Clase magistral del 30 de abril de 1974 en la Confederación General del Trabajo, en Mensajes de abril a junio de 1974, S. P. y D., Buenos Aires, 1974, pág. 72).

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