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domingo, 11 de diciembre de 2011

LOS PERDIDOS DIOSES GRIEGOS



Por Walter Otto

Introducción

¿No nos importan ya nada los dioses griegos?

    Admiramos las grandes obras de los griegos, su arquitectura, plástica, poesía, filosofía y ciencia. 

Somos conscientes de que ellos son los fundadores del espíritu europeo que, desde tantas generaciones, a través de renacimientos más o menos pronunciados, una y otra vez vuelve hacia ellos. Reconocemos que, a su manera, han creado casi por doquier obras ejemplares, insuperables y válidas para todos los tiempos. Homero, Píndaro, Esquilo y Sófocles, Fidias y Praxíteles, por no mencionar sino unos pocos, aún para nosotros son nombres de alto prestigio. Leemos a Hornero como si hubiese escrito para nosotros, emocionados contemplamos las estatuas y los templos de los dioses griegos, conmovidos seguimos el grandioso acontecer de la de la tragedia griega.

Pero los dioses mismos, de cuya existencia nos hablan estatuas y santuarios, los dioses cuyo espíritu vibra en toda la poesía de Hornero, los dioses glorificados en los cantos de Píndaro, que en las tragedias de Esquilo y Sófocles ponen norma y meta a la existencia humana, ¿realmente ya no nos importan nada?

¿Dónde estará entonces el error, en ellos o en nosotros?

¿No tenemos que decirnos que las obras imperecederas nunca hubieran sido lo que son sin los dioses, sin esos mismos dioses griegos que, al parecer, ya no nos importan? ¿No era acaso su espíritu, y ningún otro, el que despertó fuerzas creadoras cuyas obras, aún después de milenios, nos elevan el corazón, más aún, nos llenan de sentimientos de devoción? Pero entonces, ¿cómo puede ser que ya no nos importen? ¿Cómo podemos conformarnos con el juicio general de que hayan nacido de una ilusión primitiva y que se merecen un cierto interés solo en un nivel de evolución donde parecen acercarse un tanto a nuestra fe en lo Divino pero en un nivel en que, por cierto, ya no despiertan fuerza creadora alguna?

Ésta ha sido efectivamente la actitud de la filosofía hasta el día de hoy. Doctrinas de redención, ideas de inmortalidad, iniciaciones mistéricas y fenómenos similares, que hablan vivamente de la religiosidad moderna, se estudian con una seriedad sagrada, aunque no se puede negar que eran desconocidos para los representantes de la cosmovisión de la antigua Grecia desde Homero hasta Píndaro y los trágicos. 

Pero el prejuicio es tan poderoso, que ese desconocimiento se considera como un defecto lamentable y realmente propio de un pensamiento inmaduro, cuyos errores han de encontrar su explicación en la historia de la inteligencia humana.

Así sucede que el admirador de la poesía y del arte griegos se le escapa otra cosa no menos valiosa, más aún, la más valiosa de todas. ¡Ve ante sí las formas de la creación humana, pero nada llega a saber de la augusta forma que se escondía detrás de ella dándoles la vida: la divina!

Lo divino sólo puede ser vivenciado

En este libro seguiremos el camino opuesto. Los méritos de la investigación científica de las generaciones pasadas son innegables. Su diligente colección y clasificación nos ha proporcionado un material de datos del cual no disponían las épocas anteriores. Pero, a pesar de ese aparato de erudición y perspicacia, el resultado es ínfimo. Acerca de la esencia de las ideas religiosas de la antigua Grecia no nos han dicho más de lo que ya sabíamos, o sea lo que no era. No era de la naturaleza de la religión hebreo-cristiana. 

Por el contrario, era precisamente lo que ésta aborrecía, vale decir, politeísta, antropomórfica, naturalista, no del todo moral, en una palabra: "pagana". Pero, a diferencia de todas las demás religiones paganas, era griega. Casi nunca se ha osado preguntar en serio lo que esto significa. Dada la llamativa hermosura de las formas divinas, se creía poder hablar de una "religión artística" o sea, pues, de una religión que en el fondo no era tal.

Y causaba extrañeza que épocas tan grandiosas como la homérica y las que le seguían pudieran conformarse con una fe que abandonara tan completamente el alma humana en sus penas y nostalgias más profundas. Pues ¿qué podían ser para ella esos dioses, ninguna de los cuales era Dios en el sentido verdadero de la palabra?

Nosotros, empero, opondremos al prejuicio general otro menos superficial, o sea que los dioses no pueden ser inventados, ni ideados, ni representados, sino únicamente vivenciados.

A cada especie del género humano, lo Divino se le ha revelado a su manera, dando forma a su existencia y haciendo de ella lo que debía ser. Así también los griegos deben haber recibido su propia experiencia de lo Divino. Y cuando más apreciamos sus obras, tanto más importante ha de ser para nosotros preguntar cómo, precisamente, se les habrá ofrecido a ellos lo Divino. Y cuando más apreciamos sus obras, tanto más importante ha de ser para nosotros preguntar cómo, precisamente, se les habrá ofrecido a ellos lo Divino.

Las cosas celestiales y terrestres –escribe Goethe a Jacobi- constituyen un imperio tan vasto que solo los órganos de todos los seres en conjunto son capaces de aprehenderlo. ¿Cómo podía, pues, faltar en el gran coro de la humanidad la voz del más espiritual y productivo de todos los pueblos? Y es bien perceptible esa voz, si solo queremos escuchar lo que los grandes testigos a partir de Homero tienen para decirnos.

Pero, antes de entrar en materia, cabe decir algo más acerca de los prejuicios reinantes. Tenemos que someter a una breve interpretación las actitudes y teorías que siguen obstruyendo a la verdadera comprensión de la religión griega.

¿A qué se debe el desprecio por el mundo divino de los griegos?

¿Por qué se desprecia tanto el mundo de los antiguos griegos el cual, es cierto, se estudia con tesón científico como objeto de interés arqueológico, pero sin pensar que más allá de ellos podría tener un sentido y un valor que, como todo lo grande del pasado, también a nosotros podría darnos algo?

La razón principal arraiga, naturalmente, en la victoria de una religión que –en oposición a la tolerancia de todas las anteriores- se considera poseedora de una verdad, de modo que las representaciones de todas las demás, sobre todo de la griega y la romana, que hasta entonces reinaban en Europa, solo pueden ser erróneas y execrables.

A ello se agrega el hecho de que los elocuentes paladines de esa fe siempre han juzgado la religiosidad de los antiguos en función de sus manifestaciones más turbias.

Si antes llamamos la atención sobre la incomparable fuerza creadora de la idea divina griega, en este lugar deberíamos oponer aun al juicio condenatorio de los cristianos el hecho de que las grandes épocas del paganismo griego (y también del romano) han sido indudablemente más piadosas que las cristianas. Esto significa que la idea de la Divinidad, de lo que nos ha dado y de lo que le debemos, compenetraba entonces mucho más poderosamente la existencia humana en general. El oficio divino y la vida profana no estaban tan divorciados una de otra que al primero solo le pertenecieran ciertas ciertos días y horas, mientras que los asuntos mundanos podían ocupar podían ocupar toda la extensión que querían, siguiendo sus propias leyes. Un ejemplo clásico de ello nos lo ofrece la poesía, con la diferencia entre la obra de Homero y el Cantar de lo Nibelungos, diferencia sobre la cual Goethe escribió a Henriette von Knebel en una carta del 9 de noviembre de 1808 lo que sigue: "que en aquellas épocas [vale decir, las medievales] había reinado el verdadero paganismo, aunque tenían usos y costumbres eclesiásticos; porque Homero ha tenido relación con los dioses, mientras que en esa gente no se halla ni vestigio de reflejo celestial alguno".

Con todo, lo santiguos cristianos, por más que condenaran a las religiones antiguas, eran mucho más realistas que sus ilustrados descendientes.

Tomaban a los dioses griegos más en serio de lo que juzga conveniente la ciencia moderna.

Ya que no correspondían al único concepto verdadero de Dios, por lo menos tenían que ser poderes demoníacos, es decir, realidades a pesar de todo. Y así han conservado hasta nuestros días un cierto prestigio, como seres misteriosos de seductora atracción, con los cuales la fantasía se entregaba a un juego más o menos serio.

"Hermosos seres del país de las fábulas"

Las épocas de la Ilustración y del Clasicismo alemán gozaban con la hermosura de las figuras de los dioses griegos y con la riqueza inagotable de sus mitos. Pero eran para ellas "seres hermosos del país de las fábulas", según las llama el joven Schiller en su poema Los dioses de Grecia, seres que, para dolor del poeta, no pueden resistir la crítica del intelecto. Son contados los casos en que uno de los Olímpicos se presenta en toda su augusta grandeza ante los ojos de un poeta, tal como el Apolo Pítico ante el joven Goethe en el Wanderers Sturmlied ("Canción de tormenta del peregrino"):

"¡Weh! ¡Weh! Innere Wärme,
Seelenwarme,
Mittelpunkt!
Glüh´entgegen
Phoeb´ Apollen;
Kalt wird sonst
Sein Fü´rstenblick
Über dich vorü´bergleiten,
Neidgetroffen
Auf der Ceder Kraft verweilen,
Die zu grüner
Sein nicht harrt.

[Oh, ardor íntimo,
psíquica lumbre,
oh, punto medio de la creación!
Tu llamarada lánzale a Febo,
verás cuán fría
luego se trona
su soberana, regia mirada,
presa de envidia;
cual se detiene
sobre la quima del alto cedro
que ya no puede reverdecer.]

Mas en la "Noche de Walpurgis clásica" de la segunda parte del Fausto, donde el mito griego celebra una maravillosa resurrección, es característico que sólo aparecen seres semidivinos y demoníacos, y la enorme distancia que los separa del mundo divino propiamente dicho salta a la vista, si nos imaginamos a la diosa Afrodita cruzando el mar en lugar de Galatea. Hasta el divinamente inspirado rapsoda, Hölderlin, conoce a los grandes dioses únicamente como potencias naturales, Apolo como dios solar, Baco como dios del vino; o como modelos de un grandioso heroísmo, así Heracles. El hecho de que sus Bienaventurados, de los cuales nos canta cosas tan conmovedoras, en el fondo no son la figura de la religión olímpica, se infiere del mero hecho de que cuenta entre ellos también a la persona de Cristo.

La receptividad del Romanticismo ante el mito

La primera oposición de importancia contra la ligereza de la interpretación de los mitos vino del gran filólogo Christian Gottlieb Heyne (desde 1763 profesor en Gotinga), el amigo de Winckelmann y maestro de los hermanos Schlegel. Él comprendió que era un error buscar el origen de los mitos en el reino de la fábula o de la poesía. Por el contrario, debía decirse que la fantasía poética había contribuido a su degeneración. Porque los mito son eran, para él, otra cosa que el lenguaje primordial de los espíritus, que solo en imágenes y metáforas sabían expresar su emoción frente a las grandiosas formas de la realidad universal. Con esto se admitía por primera vez que las representaciones míticas contenían una verdad, aunque tan sólo metafórica.

El Romanticismo parecía llamado a encontrar el camino hacia una comprensión más profunda del mito. 

Si Heyne había visto en la poesía un peligro para el mito, en adelante la aparición de los grandes poetas enseñaba que el poeta como tal ha sido tocado por el espíritu del mito y que de sus honduras eleva la palabra viviente. Y así se comprendió por fin que los mitos han de ser más que imágenes o metáforas de experiencias que el hombre puede hacer en cualquier momento: revelaciones existenciales reservadas a su propia hora estelar. Aproximar esas verdades primordiales a nuestro entendimiento era la aspiración de los espíritus geniales que, en vez de abordar los mitos con opiniones preconcebidas hasta entonces, trataban en primer lugar de elevarse a su altura, para escuchar su lenguaje, tal como lo expresa Schelling en su Filosofía de la mitología (Obras completas, II, 2, p.137).

"La cuestión no es cómo se debería manejar, torcer, unilateralizar o cercenar el fenómeno, para que sea aún más o menos explicable en función de principios que nosotros nos propusimos no rebasar, sino: hasta dónde tienen que ampliarse nuestros pensamientos para conservar la relación correspondiente con el fenómeno".

Aquí cabe recordar ante todo a un hombre cuya figura parece casi un mito ella misma en la historia de la mitología. Se trata de Jacob Joseph Görres, ese espíritu maravilloso que con su hálito inflamó poderosamente los fuegos dormidos del mito. Él podía atreverse a hablar de un saber del mito, un saber arcaico, sagrado y olvidado desde tiempos remotos, herencia de una humanidad prehistórica que, según su opinión, conservaba aún, como el recién nacido, una comunidad vital orgánica con la naturaleza maternal, de suerte que recibía de ella una cognición que,a l cortarse esa comunicación viva, necesariamente tenía que interrumpirse.

Al lado de él cabe mencionar en primer lugar a Schelling, cuyos discursos sobre la Filosofía de la mitología, iniciados en el año 1821, siguen siendo la iniciación más extraordinaria para encontrarse con el mito en sus propias alturas. No era posible imaginarlo con mayor realidad de la que le atribuía Schelling en su doctrina, expuesta con asombrosa erudición, según la cual en la historia de la formación de los mitos, las luchas y potestades de la génesis del mundo no se reflejaban, sino que más bien se continúan.

Los límites y la desaparición de la investigación mitológica viva

Cuando, en la segunda mitad dela década del cincuenta, se publicaron en forma póstuma las principal sobras mitológicas de Schelling, el sentido de la investigación mitológica viva ya se había perdido.

En el año 1810 se había publicado el primer tomo de la obra de Friedrich Creuzer (Symbolik und Mythologie der alten Völker, besonders der Griechen "Simbolismo y mitología de los pueblos antiguos, en particular de los griegos"). Surtió un gran efecto. También Schelling aprendió mucho de él. Pero era peligroso el ensayo que así se emprendía. Donde el espíritu filosófico religioso de Görres había recibido grandiosas visiones, Creuzer, con su tremenda erudición y sus artes interpretativas, creía poder hacer comprobaciones científicas concretas. Ello provocó la resistencia enconada de los especialistas. 

Christian August Lobeck, más sólidamente informado y de un pensamiento más perspicaz, no tuvo dificultades en derrumbar sus construcciones, y luego de publicar su Aglaophamus (1829) parecía que la investigación mitológica no había logrado absolutamente nada. Por cierto quedaba en descubierto lo cuestionable del método de Creuzer, enseñanzas que él creía descifrar en los antiguos mitos, y prevenido expresamente todo el que sintiera deseos de seguir el mismo camino. Pero ¿qué tenía que ofrecer por su parte el severo crítico? ¿Qué espíritu podía vanagloriarse ahora, luego de haberle tapado la boca a la sagrada seriedad por sus equivocaciones? ¡El más superficial esclarecimiento! Le había sido fácil desenmascarar como iluso al entusiasta, porque para él todo era tan sencillo y carente de problemática que cualquier niño podía comprenderlo. Detrás de los venerables cultos y mitos no había, en realidad, nada digno de dedicarle algún pensamiento más profundo.

En la polémica desencadenada por el simbolismo de Creuzer, la auténtica investigación mitológica recibió el golpe de gracia y hasta el día de hoy no ha sido resucitada.

La incomprensión de los dioses, vistos como resultado de errores primitivos

No es mi intención escribir una historia de la investigación mitológica a partir del Clasicismo alemán. Para lo que trato de demostrar aquí, es suficiente señalar unos pocos puntos, de modo que más de un nombre prestigioso quedará sin mencionar.

Dirigiremos ahora nuestra atención a la segunda mitad del siglo XIX, era de las ciencias naturales en poderoso auge y del darwinismo, en la cual se ha fundado la opinión, aún hoy casi universalmente aceptada, acerca de las religiones míticas, especialmente la griega.

Por religiones míticas se comprenden las politeístas, debido a cuya multiplicidad de dioses, mundanidad, plasticidad y antropomorfismo, el hombre de educación cristiana (o judía o musulmana) parece comprobar en ellas la ausencia de lo genuinamente divino como unidad, trascendencia, omnipotencia, omnisciencia y bondad infinita, y con ello la seriedad religiosa de la veneración del Legislador, Juez y Conciliador.

Esto se refiere particularmente al corro olímpico de los dioses griegos, tan encantadores como figuras, quienes desde ese punto de vista, son, con mucho, demasiado terrenales para merecer verdaderamente el nombre de Dios. Por eso se creía tener que reservar a la estética y al evolucionismo científico el juicio acerca de su esencia y origen.

Y éstos pusieron en el lugar de la auténtica investigación religiosa una teoría sobre los rudimentos del pensamiento humano y su desarrollo en el transcurso de los milenios. Premisa sobreentendida era que los comienzos debían imaginarse lo más burdos posible. Con esto entraban en pugna, por cierto, con la enseñanza bíblica, según la cual el único Dios se había revelado al hombre en el comienzo de todas las cosas. Pero, con todo, la ciencia prestó un gran servicio a la teología dándole la prueba exacta de que la creencia en las divinidades paganas, tan molestas, podía explicarse únicamente en función de primitivos errores.

¡Y esos errores! Era sintomático que se tratara exclusivamente de equivocaciones del pensar y experimentar lógicos, pues el hombre de la era de mitos y cultos no podía ser en el fondo distinto hombre racional y técnico del siglo XIX.

El animismo. E. B. Tylor, H. Usener

Las principales obras que indicaron el camino a la ciencia europea y que hasta en una obra tan importante como Psyche, Seelenkult und Unsterblichkeitsglaube der Griechen ("Psiques; el culto de las almas y la creencia en la inmortalidad de los griegos"), de Erwin Rohde, surtieron un efecto decisivo, provenían de sabios ingleses. Después de Herbert Spencer, cuya obra principal (PrincipIes of Sociology) empezó a publicarse en 1860, apareció E. B. Tylor con su célebre Primitive Culture (1871), en la cual se fundaba la teoría extraordinariamente exitosa del llamado animismo. Según ella, el hombre primitivo, meditando sobre el extraño fenómeno del sueño y más aún sobre la diferencia entre el cuerpo muerto y el vivo, habría llegado a la conclusión de que debería existir un ser invisible, un "alma" que serviría de sustrato a la vida y cuya ausencia temporal o definitiva causaría el sueño o la muerte. Así, el pensamiento de esos hombres primitivos habría descubierto un principio explicativo aplicable incluso a la vida de animales y plantas y, más aún, a cosas y fenómenos extraños y horripilantes de toda índole: todos ellos podrían abrigar un alma o un espíritu, es decir que en el fondo podían ser similares al hombre y personales, aunque muy superiores a él. De esta suerte, un pensamiento enteramente natural conducía del concepto primitivo de un alma a la idea de seres sobrehumanos y finalmente, puesto que por definición el alma podía existir también sin cuerpo material, a la creencia en los dioses.

Un evolucionismo similar, pero sin tomar en consideración el "animismo", fue establecido por Hermann Usener en su libro Götternamen, Versuch einer Entwicklungslehre der religiösen Begriffsbildung ("Los nombres de los dioses. Ensayo de una teoría evolutiva sobre la formación de los conceptos religiosos") (1895). A él se deben los conceptos, todavía en uso, de los "dioses momentáneos" (Augenblicksgötter) y "dioses particulares" (Sondergötter). Pues, en su opinión, los hombres concebían primitivamente como dioses tan solo los acontecimientos más simples, y en primer lugar, los acaecimientos sorprendentes de un solo momento; parecían confirmárselo así ciertas consagraciones culturales, documentadas aún en tiempos históricos, y sobre todo un grupo extraño de nombres de dioses romanos, compilados hacia fines de la República por el sabio Varrón, que a los antiguos padres de la Iglesia había ofrecido un material bienvenido para burlarse de la religión pagana. Esos dioses momentáneos y particulares tan restringidos se iban elevando entonces, según Usener, en el curso de los tiempos, a categorías cada vez más altas, a medida que se iba oscureciendo el sentido primitivo de sus denominaciones objetivas, de manera que podían considerarse como nombres propios de seres personales, ya no confinados a la estrechez de un solo campo de acción, sino que podían extender cada vez más la esfera de su poder.

Más con esto quedaba abierto el camino hacia una evolución ascendente e imprevisible.

Expuestas tan concisamente, las enseñanzas de los investigadores mencionadas suenan faltas de vida y poco convincentes, por grande que haya sido el efecto que ejercieron en la investigación posterior. Pero tanto Taylor como Usener ejecutaron su plan con tanta inteligencia y tanto saber, que hasta sus errores son fructíferos y sus obras nunca pueden caducar del todo.


domingo, 4 de diciembre de 2011

LOS DIOSES DE GRECIA Por Walter Otto








Walter Friedrich Gustav Hermann Otto o Walter F. Otto (Hechingen, 22 de junio de 1874 - Tubingen, 23 de septiembre de 1958) Historiador de las religiones alemán. Fue profesor en las universidades de Viena, Basilea, Frankfurt y Könisberg.

Otto se relacionó con el círculo del etnólogo Frobenius, con filólogos como Reinhardt y con especialistas en la ciencia del mito como Kerényi. Es decir, estuvo relacionado con aquel ámbito de la cultura que, reaccionando contra la escuela histórico-filológica, buscaba una aproximación a las culturas de los antiguos pueblos a través de la reflexión fenomenológica.

Estudioso de la religión griega, intentó adaptarla a la experiencia moderna, buscando una continuidad cultural entre el helenismo y el germanismo (entendido como cultura europea "tout court"), siguiendo una tradición de estudios claramente germánica. La religiosidad arcaica, parcialmente objetivada en un trabajo sobre el culto de los muertos (Die Manen. Vonden Urfomen des Totenglaubens, 1923), fue confrontada como "espíritu de la antigüedad" con el "mundo cristiano" en la obra Der Geist der Antike und dis christliche Welt(1923).

Inició de esta forma una revalorización de la antigua religión, entendida como un elemento genuinamente europeo, oponiéndola a los orígenes asiáticos del cristianismo. En esta clave se desarrollan obras como Die altgriechische Gottesidee(1926) y, sobre todo, Los dioses de Grecia (1929), un ensayo que tuvo gran resonancia.

En esta obra, a través de un análisis estético (y por ello capaz de superar los límites teológicos impuestos por la tradición cristiana), revalorizaba las grandes divinidades griegas que, por su origen genuinamente europeo, deberían poder ser interpretados por la espiritualidad moderna, por lo menos como inmortales creaciones poéticas y expresiones culturales de alto nivel.

Siguiendo esta tendencia, en sus obras posteriores intentó comprender el sentido de la mecánica de la actividad mitopoética que caracterizaba la religión griega, por ejemplo, en Gesetz, Urbild und Mythos (1951).



Sus obras principales son:

* Nomina propria latina oriunda a participiis perfecti (Dissertation), Bonn: Georgi 1897.

* Der Geist der Antike und die christliche Welt, Bonn 1923. El espíritu de la antigüedad y el mundo cristiano (1923).

* Kulturgeschichte d. Altertums. Überblick üb. neue Erscheinungen. München, Beck, 1925.

* Die Manen oder Von den Urformen des Totenglaubens, Berlin 1923

* Die altgriechische Gottesidee, Berlin 1926.

* Binding, Rudolf G.; (und:) W. F. Otto: Nähe der Antike / Zeit und Antike. Zwei Ansprachen. Frankfurt / Main, Englert und Schlosser, 1926.

* Die Götter Griechenlands. Das Bild des Göttlichen im Spiegel des griechischen Geistes, Bonn 1929, Los dioses de Grecia

* Der europäische Geist und die Weisheit des Ostens, Frankfurt am Main 1931.

* Dionysos. Mythos und Kultus, Frankfurt am Main 1933, Dionisio, mito y culto.

* Der griechische Göttermythos bei Goethe und Hölderlin, Berlin 1939.El mito griego de los dioses en Goethe y en Hölderlin.

* Grassi, E., W. F. Otto und K. Reinhardt (Hrsg.): Geistige Überlieferung. Berlin, Helmut Küpper, 1940 SS.

* Der Dichter und die alten Götter, Frankfurt am Main 1942. El poeta y los antiguos dioses.

* La vocación del poeta (1943)

* Hölderlin y los griegos (1947).

* Das Vorbild der Griechen, Tübingen/Stuttgart 1949.

* Gesetz, Urbild und Mythos, Stuttgart 1951. Ley, imagen originaria y mito

* Die Musen und der göttliche Ursprung des Singens und Sagens, Düsseldorf 1954.

* Die Gestalt und das Sein. Gesammelte Abhandlungen über den Mythos und seine Bedeutung für die Menschheit, Düsseldorf 1955. La forma y el ser. Recopilación de ensayos sobre el mito y su significado para la humanidad.

* Theophania. Der Geist der altgriechischen Religion, 2. Aufl. Hamburg 1959, Teofanía. El espíritu de la religión de los antiguos griegos.

* Das Wort der Antike, Stuttgart 1962.

* Die Wirklichkeit der Götter. Von der Unzerstörbarkeit der griechischen Weltsicht, hg. von Ernesto Grassi, Reinbek bei Hamburg 1963.

* Epikur, Stuttgart: Klett, 1975.

* Aufsätze zur römischen Religionsgeschichte, Meisenheim (am Glan): Hain, 1975.

sábado, 13 de agosto de 2011

Dulce et decorum pro patria morii



Porque es hermoso que un valiente muera,

caído en las primeras filas, luchando por su Patria.

Es, en cambio, la cosa más dolorosa de todas

vivir como un mendigo, abandonando la Patria y sus fértiles campos,

errante con la madre querida y el padre anciano

y los hijos aún niños y la esposa legítima.

Éste será objeto de odio para aquéllos a cuyo país llegue

cediendo a la necesidad y a la horrible pobreza;

deshonra su linaje, desmiente su noble rostro

y toda infamia y toda vileza va con él.

Por lo tanto, si no hay para un vagabundo ninguna ayuda

ni tampoco respeto, consideración ni compasión,

luchemos valientemente por nuestra tierra

y muramos por nuestros hijos sin ahorrar nuestras vidas.

Así pues, oh jóvenes, luchad unidos

y no déis la señal de la huida vergonzosa ni del miedo;

haced grande y fuerte en el pecho vuestro corazón

y no tengáis amor por vuestras vidas cuando lucháis con el enemigo;

ni huyáis abandonando caídos a los de más edad,

cuyas rodillas ya no son ágiles, a los viejos;

pues es vergonzoso que, caído en las primeras filas,

yazca en el suelo delante de los jóvenes un hombre de más edad,

de cabeza ya blanca y barba cana, exhalando en el polvo su alma valerosa,

con las ensangrentadas vergüenzas cogidas en las manos

-visión abominable, cosa impía de ver- y desnudo;

en un joven, en cambio, todo es decoroso

mientras posee la brillante flor de la amable juventud:

su vista produce admiración a los hombres y amor a las mujeres;

caído en las primeras filas, es un héroe.

Ea pues, que cada uno de vosotros permanezca en su puesto

con las piernas bien abiertas, firmemente apoyado en el suelo con los dos pies,

mordiendo el labio con los dientes.




Tirteo de Esparta, (siglo VII a. C.) poeta griego que escribió en dialecto jónico.

Floreció en la segunda mitad del siglo VII antes de Cristo. Aunque se duda de si era espartano de origen o de adopción, ya que se cree que nació en el Asia Menor, en Mileto, se le tuvo por el poeta nacional de Esparta. Combatió durante la segunda Guerra Mesenia (c. 650 a. C.). Compuso en dialecto jónico-homérico rico en dorismos cinco libros de elegías que, como las de Calino, presentan contenido y forma muy determinados por la épica. Según los alejandrinos, comprendían Eunomia ("Buen gobierno"), una larga elegía que exalta la constitución espartana y exhorta a los ciudadanos a la concordia y a mantenerla íntegra para el bien común: Embatèria, cantos marciales en anapestos; Hypotekai, exhortaciones a la lucha y al valor según la virtud dórica; Politeia (Constitución), un elogio de los valores civiles y religiosos de la constitución de Licurgo. De todas estas obras quedan sólo fragmentos bastante amplios, un total de 230 versos en los cuales podemos leer el elogio de la muerte en batalla por la patria, la descripción del combatiente valeroso y la exaltación de la constitución espartana.

Las elegías de Tirteo, de gran elevación y tono firme y severo, caracterizaban el elogio del valor guerrero y la vigorosa afirmación del ideal moral de la patria espartana y de las celebraciones de la muerte por ella. A diferencia de Homero, que exalta el valor individual, Tirteo habla del valor colectivo; la ciudad impone a sus ciudadanos obediencia y sacrificio civil por bien de la patria. El heroísmo que propone no se funda en gestas personales, sino en acciones disciplinadas de las tropas, acciones requeridas por la nueva táctica hoplítica. Por estos motivos sus cantos de guerra o peanes tuvieron gran fortuna en toda la Grecia y fueron cantados en las escuelas y en los campamentos. No hay, en verdad, grandes dones poéticos, pero sus versos elementales suscitan sentimientos de virtud e se usaron para alimentar el patriotismo en la batalla y el sacrificio por la patria. "Para un valiente es hermoso caer muerto en la primera línea de la lucha"

Los Espartanos acatando el oraculo, acudieron a los Atenienses para que les proveyeran un general que les dirigiera en batalla contra los Mesenios, quienes en burla le enviaron a Tirteo, maestro de escuela, nacido en Aphidne, Atica, cojo y Tuerto, recibido entonces con desprecio. Pronto Tirteo se gano el favor de los Espartanos con sus buenos consejos, que a la postre gracias a sus elegias y arengas guerreras lo convirtieron en heroe, luego de promover el vigor y la firmeza, virtudes Espartanas, hablándoles de la deshonra de la huida y el deshonor de la herida por la espalda, complementos de los honores de la muerte y los lauros del triunfo.

sábado, 18 de julio de 2009

EL DISCURSO FUNEBRE DE PERICLES


Tucídides


I

La mayor parte de quienes en el pasado han hecho uso de la palabra en esta tribuna, han tenido por costumbre elogiar a aquel que introdujo este discurso en el rito tradicional, pues pensaban que su proferimiento con ocasión del entierro de los caídos en combate era algo hermoso. A mí, en cambio, me habría parecido suficiente que quienes con obras probaron su valor, también con obras recibieran su homenaje --como este que veis dispuesto para ellos en sus exequias por el Estado--, y no aventurar en un solo individuo, que tanto puede ser un buen orador como no serlo, la fe en los méritos de muchos.


Es difícil, en efecto, hablar adecuadamente sobre un asunto respecto del cual no es segura la apreciación de la verdad, ya que quien escucha, si está bien informado acerca del homenajeado y favorablemente dispuesto hacia él, es muy posible que encuentre que lo que se dice está por debajo de lo que él desea y de lo que él conoce; y si, por el contrario, está mal informado, lo más probable es que, por envidia, cuando oiga hablar de algo que esté por encima de sus propias posibilidades, piense que se está cayendo en una exageración. Porque los elogios que se formulan a los demás se toleran sólo en tanto quien los oye se considera a sí mismo capaz también, en alguna medida, de realizar los actos elogiados; cuando, en cambio, los que escuchan comienzan a sentir envidia de las excelencias del que está siendo alabado, al punto pretende en ellos también la incredulidad.


Pero, puesto que a los antiguos les pareció que sí estaba bien, debo ahora yo, siguiendo la costumbre establecida, intentar ganarme la voluntad y la aprobación de cada uno de vosotros tanto como me sea posible.


II


Comenzaré, ante todo, por nuestros antepasados, pues es justo y, al mismo tiempo, apropiado a una ocasión como la presente, que se les rinda este homenaje de recordación. Habitando siempre ellos mismos esta tierra a través de sucesivas generaciones, es mérito suyo el habérnosla legado libre hasta nuestros días. Y si ellos son dignos de alabanza, más aún lo son nuestros padres, quienes, además de lo que recibieron como herencia, ganaron para sí, no sin fatigas, todo el imperio que tenemos, y nos lo entregaron a los hombres de hoy.


En cuanto a lo que a ese imperio le faltaba, hemos sido nosotros mismos, los que estamos aquí presentes, en particular los que nos encontramos aún en la plenitud de la edad [1] , quienes lo hemos incrementado, al paso que también le hemos dado completa autarquía a la ciudad, tanto para la guerra como para la paz. Pasaré por alto las hazañas bélicas de nuestros antepasados, gracias a las cuales las diversas partes de nuestro imperio fueron conquistadas, como asimismo las ocasiones en que nosotros mismos o nuestros padres repelimos ardorosamente las discusiones hostiles de extranjeros o de griegos, ya que no quiero extenderme tediosamente entre conocedores de tales asuntos. Antes, empero, de abocarme al elogio de estos muertos, quiero señalar en virtud de qué normas hemos llegado a la situación actual, y con qué sistema político y gracias a qué costumbres hemos alcanzado nuestra grandeza. No considero inadecuado referirme a asuntos tales en una ocasión como la actual, y creo que será provechoso que toda esta multitud de ciudadanos y extranjeros lo pueda escuchar.


III


Disfrutamos de un régimen político que no imita las leyes de los vecinos [2] , más que imitadores de otros, en efecto, nosotros mismos servimos de modelo para algunos [3) . En cuanto al nombre, puesto que la administración se ejerce en favor de la mayoría, y no de unos pocos, a este régimen se lo ha llamado democracia [4] ; respecto a las leyes, todos gozan de iguales derechos en la defensa de sus intereses particulares, en lo relativos a los honores, cualquiera que se distinga en algún aspecto puede acceder a los cargos públicos, pues se lo elige más por méritos que por su categoría social; y tampoco al que es pobre, por su parte, su oscura posición le impide prestar sus servicios a la patria, si es que tiene la posibilidad de hacerlo.


Tenemos por norma respetar la libertad, tanto en los asuntos públicos como en las rivalidades diarias de unos con otros, sin enojarnos con nuestro vecino cuando él actúa espontáneamente, ni exteriorizar nuestra molestia, pues ésta, aunque innocua, es ingrata de presenciar. Si bien en los asuntos privados somos indulgentes, en los públicos, en cambio, ante todo por un respetuoso temor, jamás obramos ilegalmente, sino que obedecemos a quienes les toca el turno de mandar, y acatamos las leyes, en particular las dictadas en favor de los que son víctimas de una injusticia, y las que, aunque no estén escritas, todos consideran vergonzoso infringir.


IV


Por otra parte, como descanso de nuestros trabajos, le hemos procurado a nuestro espíritu una serie de recreaciones. No sólo nuestras festividades religiosas repartidas a lo largo de todo el año, sino que también gozamos individualmente de un digno y satisfactorio bienestar material, cuyo continuo disfrute ahuyenta a la melancolía. Y gracias al elevado número de sus habitantes, nuestra ciudad importa desde todo el mundo toda clase de bienes, de manera que los que ella produce para nuestro provecho no son, en rigor, más nuestros que los foráneos [5] .


V


A nuestros enemigos les llevamos ventaja también en cuanto al adiestramiento en las artes de la guerra, ya que mantenemos siempre abiertas las puertas de nuestra ciudad y jamás recurrimos a la expulsión de los extranjeros para impedir que se conozca o se presencie algo que, por no hallarse oculto, bien podría a un enemigo resultarle de provecho observarlo [6] . Y es que, más que en los armamentos y estratagemas, confiamos en la fortaleza de alma con que naturalmente acometemos nuestras empresas. Y en cuanto a la educación, mientras ellos procuran adquirir coraje realizando desde muy jóvenes una ardua ejercitación, nosotros, aunque vivimos más regaladamente, podemos afrontar peligros no menores que ellos [7] .


Prueba de esto es que los espartanos no realizan sin la compañía de otros sus expediciones militares contra nuestro territorio, sino junto a todos sus aliados; nosotros, en cambio, aun invadiendo solos tierra enemiga y combatiendo en suelo, extraño contra quienes defienden lo suyo, la mayor parte de las veces nos llevamos la victoria sin dificultad. Además, ninguno de nuestros enemigos se ha topado jamás en el campo de batalla con todas nuestras fuerzas reunidas, pues simultáneamente debemos atender la mantención de nuestra flota y, en tierra, el envío de nuestra gente a diversos lugares. Sin embargo, cada vez que en algún lugar ellos se trenzan en lucha con una facción de los nuestros y resultan vencedores, se ufanan de habernos rechazado a todos, aunque sólo han vencido a algunos; y si salen derrotados, alegan que lo fueron ante todos nosotros juntos. Pero lo cierto es que, ya que preferimos afrontar los peligros de la guerra con serenidad antes que habiéndonos preparado con arduos ejercicios, ayudados más por la valentía de los caracteres que por la prescrita en ordenanzas, les llevamos la ventaja de que no nos angustiamos de antemano por las penurias futuras, y, cuando nos toca enfrentarías, no demostramos menos valor que ellos, que viven en permanente fatiga.



Pero no sólo por éstas, sino también por otras cualidades nuestra ciudad merece ser admirada.


VI


En efecto, amamos el arte v la belleza sin desmedirnos, y cultivamos el saber sin ablandarnos. La riqueza representa para nosotros la oportunidad de realizar algo, y no un motivo para hablar con soberbia; y en cuanto a la pobreza, para nadie constituye una vergüenza el reconocerla, sino el no esforzarse por evitarla. Los individuos pueden ellas mismos ocuparse simultáneamente de sus asuntos privados y de los públicos; no por el hecho de que cada uno esté entregado a lo suyo, su conocimiento de las materias políticas es suficiente. Somos los únicos que tenemos más por inútil que por tranquila a la persona que no participa en las tareas de la comunidad. Somos nosotros mismos los que deliberamos y decidimos conforme a1 derecho sobre la cara pública, pues no creemos que lo que perjudica a la acción sea el debate, sino precisamente el no dejarse instruir por la discusión antes de llevar a cabo lo que hay que hacer. Y esto porque también nos diferenciamos de los demás en que podemos ser muy osados y, al mismo tiempo, examinar cuidadosamente las acciones que estamos por emprender; en este aspecto, en cambio, para los otros la audacia es producto de su ignorancia, y la reflexión los vuelve temerosos. Con justicia pueden ser reputados como los de mayor fortaleza espiritual aquellos que, conociendo tanto los padecimientos como los placeres, no por ello retroceden ante los peligros.


También por nuestra liberalidad somos muy distintos de la mayoría de los hombres, ya que no es recibiendo beneficios, sino prestándoles, que nos granjeamos amigos. El que hace un beneficio establece lazos de amistad más sólidos, puesto que con sus servicios al beneficiado alimenta la deuda de gratitud de éste. El que debe favores, en cambio, es más desafecto, pues sabe que al retribuir la generosidad de que ha sido objeto, no se hará merecedor de la gratitud, sino que tan sólo estará pagando una deuda. Somos los únicos que, movidos, no por un cálculo de conveniencia, sino por nuestra fe en la liberalidad, no vacilamos en prestar nuestra ayuda a cualquiera [8] .


Para abreviar, diré que nuestra ciudad, tomada en su conjunto, es norma para toda Grecia, y que, individualmente, un mismo hombre de los nuestros se basta para enfrentar las más diversas situaciones, y lo hace con gracia y con la mayor destreza. Y que estas palabras no son un ocasional alarde retórico, sino la verdad de los hechos, lo demuestra el poderío mismo que nuestra ciudad ha alcanzado gracias a estas cualidades. Ella, en efecto, es la única de las actuales que, puesta a prueba, supera su propia reputación; es la única cuya victoria, el agresor vencido, dada la superioridad de los causantes de su desgracia, acepta con resignación; es la única, en fin, que no les da motivo a sus súbditos para alegar que están inmerecidamente bajo su yugo.


Nuestro poderío, pues, es manifiesto para todos, Y está ciertamente más que probado. No sólo somos motivo de admiración para nuestros contemporáneos, sino que lo seremos también para los que han de venir después. No necesitamos ni a un Homero que haga nuestro panegírico, ni a ningún otro que venga a darnos momentáneamente en el gusto con sus versos, y cuyas ficciones resulten luego desbaratadas por la verdad de los hechos. Por todos los mares y por todas las tierras se ha abierto camino nuestro coraje, dejando aquí y allá, para bien o para mal, imperecederos recuerdos.


Combatiendo por tal ciudad y resistiéndose a perderla es que estos hombres entregaron notablemente sus vidas; justo es, por tanto, que cada uno de quienes les hemos sobrevivido anhele también bregar por ella.


VII


La razón por la que me he referido con tanto detalle a asuntos concernientes a la ciudad, no ha sido otra que para haceros ver que no estamos luchando por algo equivalente a aquello por lo que luchan quienes en modo alguno gozan de bienes semejantes a los nuestros y, asimismo, para darle un claro fundamento al elogio de los muertos en cuyo honor hablo en esta ocasión.


La mayor parte de este elogio ya está hecha, pues las excelencias por las que he celebrado a nuestra ciudad no son sino fruto del valor de estos hombres y de otros que se les asemejan en virtud. No de muchos griegos podría afirmarse, como si en el caso de éstos, que su fama está en conformidad con sus obras. Su muerte, en mi opinión, ya fuera ella el primer testimonio de su valentía, ya su confirmación postrera, demuestra un coraje genuinamente varonil. Aun aquellos que puedan haber obrado mal en su vida pasada, es justo que sean recordados ante todo por el valor que mostraron combatiendo por su patria, pues al anular lo malo con lo bueno resultaron más beneficiosos por su servicio público que perjudiciales por su conducta privada.


A ninguno de estos hombres lo ablandó el deseo de seguir gozando de su riqueza; a ninguno lo hizo aplazar el peligro la posibilidad de huir de su pobreza y enriquecerse, algún día. Tuvieron por más deseable vengarse de sus enemigos, al tiempo que les pareció que ése era el más hermoso de los riesgos. Optaron por correrlo, y, sin renunciar a sus deseos y expectativas más personales, las condicionaron, sí, al éxito de su venganza. Encomendaron a la esperanza lo incierto de su victoria final, y, en cuanto al desafío inmediato que tenían por delante, se confiaron a sus propias fuerzas. En ese trance, también más resueltos a resistir y padecer que a salvarse huyendo, evitaron la deshonra e hicieron frente a la situación con sus personas. Al morir, en ese brevísimo instante arbitrado por la fortuna, se hallaban más en la cumbre de la determinación que del temor.


VIII


Estos hombres, al actuar como actuaron, estuvieron a la altura de su ciudad. Deber de quienes les han sobrevivido, pues, es hacer preces por una mejor suerte en los designios bélicos, y, llevarlos a cabo con no menor resolución. No sólo oyendo las palabras que alguien pueda deciros debéis reflexionar sobre el servicio que prestáis --servicio que cualquiera podría detenerse a considerar ante vosotros, que muy bien lo conocéis por propia experiencia, señalándoos cuántos bienes están comprometidos! en el acto de defenderse de los enemigos--; antes bien, debéis pensar en él contemplando en los hechos, cada día, el poderío de nuestra ciudad, y prendándoos de ella. Entonces, cuando la ciudad se os manifieste en todo su esplendor, parad mientes en que éste es el logro de hombres bizarros, conscientes de su deber y pundonorosos en su obrar; de hombres que, si alguna vez fracasaron al intentar algo, jamás pensaron en privar a la ciudad del coraje que los animaba, sino que se lo ofrendaron como el más hermoso de sus tributos. Al entregar cada uno de ellos la vida por su comunidad, se hicieron merecedores de un elogio imperecedero y de la sepultura más ilustre. Esta, más que el lugar en que yacen sus cuerpos, es donde su fama reposa, para ser una y otra vez recordada, de palabra y de obra, en cada ocasión que se presente.


La tumba de los grandes hombres es la tierra entera: de ellos nos habla no sólo una inscripción sobre sus lápidas sepulcrales; también en suelo extranjero pervive su recuerdo, grabado no en un monumento, sino, sin palabras, en el espíritu de cada hombre.


Imitad a éstos ahora vosotros, cifrando la felicidad en la libertad, y la libertad en la valentía, sin inquietaras por los peligros de la guerra. Quienes con más razón pueden ofrendar su vida no son aquellos infortunados que ya nada bueno esperan, sino, por el contrario, quienes corren el riesgo de sufrir un revés de fortuna en lo que les queda por vivir, y para los que, en caso de experimentar una derrota, el cambio sería particularmente grande. Para un hombre que se precia a sí mismo, en efecto, padecer cobardemente la dominación es más penoso que, casi sin darse cuenta, morir animosamente y compartiendo una esperanza.



Por tal razón es que a vosotras, padres de estos muertos, que estáis aquí presentes, más que compadecemos, intentaré consolaras. Puesto que habéis ya pasado por las variadas vicisitudes de la vida, debéis de saber que la buena fortuna consiste en estar destinado al más alto grado de nobleza --ya sea en la muerte, como estos; ya en el dolor, como vosotros--, y en que el fin de la felicidad que nos ha sido asignada coincida con el fin de nuestra vida. Sé que es difícil que aceptéis esto tratándose de vuestros hijos, de quienes muchas veces os acordaréis al ver a otros gozando de la felicidad de que vosotros mismos una vez gozasteis. El hombre no experimenta tristeza cuando se lo priva de bienes que aún no ha probado, sino cuando se le arrebata uno al que ya se había acostumbrado. Pero es preciso que sepáis sobrellevar vuestra situación, incluso con la esperanza de tener otros hijos, si es que estáis aún en edad de procrearlos. En lo personal, los hijos que nazcan representarán para algunos la posibilidad de apartar el recuerdo de los que perdieron; para la ciudad, entretanto, su nacimiento será doblemente provechoso, pues no sólo impedirá que ella se despueble, sino que la hará más segura, ya que nadie puede participar en igualdad de condiciones y equitativamente en las deliberaciones políticas de la comunidad, a menos que, tal como los demás, también él exponga su prole a las consecuencias de sus resoluciones.


Y aquellos de vosotros que habéis llegado ya a la ancianidad, tened por ganancia el haber vivido felizmente la mayor parte de vuestra vida, considerad que la que os quedas ha de ser breve, y consolaos con la fama alcanzada por éstos vuestros hijos. Lo único que no envejece, en efecto, es el amor a la gloria; y cuando la edad ya declina, no es atesorar bienes lo que más deleita, como algunos dicen, sino recibir honores.


X


Y en cuanto a vosotros, hijos o hermanos, aquí presentes, de estas víctimas de la guerra, veo grande el desafío que tenéis, por delante, porque solamente aquel que ya no existe suele concertar el elogio de todos; a duras penas podréis conseguir, por sobresalientes que sean vuestros méritos, ser considerados no ya sus iguales, sino incluso sus cercanos émulos. La envidia de los rivales la sufren quienes están vivos; el que, en cambio, ya no representa un obstáculo para nadie, es honrado con generosa benignidad.


Y si, para aquellas esposas que ahora quedan viudas, debo también decir algo acerca de las virtudes propias de la mujer, lo resumiré todo en un breve consejo: grande será vuestra gloria si no desmerecéis vuestra condición natural de mujeres y si conseguís que vuestro nombre ande lo menos posible en boca de los hombres, ni para bien ni para mal.



XI


En conformidad con nuestras leyes y costumbres, pues, queda dicho en mi discurso lo que me parecía pertinente. Ahora, en cuanto a los hechos, los hombres a quienes estamos sepultando han recibido ya nuestro homenaje. De la educación de sus hijos, desde este momento hasta su juventud, se hará cargo la ciudad. Tal es la provechosa corona que ella impone a estas víctimas, y a los que ellas dejan, como premio de tan valerosas hazañas. Cuando los más preciados galardones que, una ciudad otorga son los que recompensan la valentía, entonces también posee ella los ciudadanos más valientes.


Y ahora, después de haber llorado cada uno a sus deudos, podéis marcharos.



[1] Por entonces, PERICLES tenía aproximadamente 64 años.


[2] Alusión a Esparta, cuya constitución –se decía- era imitación de la de Creta. El tema de oposición entre el espíritu espartano y el ateniense reaparecerá, implícita o explícitamente, en muchos pasajes de este retrato ideal de Atenas que aquí comienza y que ocupa los cinco capítulos centrales del discurso desde el III al VII.


[3] Probablemente alude a Roma, que algunos años antes había enviado emisarios a Atenas con el propósito de aprender de su desenvolvimiento cívico.


[4] Desde antiguo, al parecer, llamó la atención esta definición de democracia, ya ya un par de manuscritos medievales corrigieron el texto griego tradicionalmente transmitido, cambiando oikein por ekein, de modo de hacerlo decir: "...puesto que la administración está en manos de... en vez de decir: se ejerce a favor de la mayoría y no de unos pocos..." La corrección satisface también, ciertamente, las expectativas del lector de hoy, y muchos traductores modernos la han acogido. Me parece claro, sin embargo, que no se trata de una fácil y hasta anacrónica acomodación del original, desautorizada por la lectura de los principales manuscritos. Al caracterizar el régimen democrático como aquel en que se gobierna en el interés de la mayoría y no de unos pocos, Pericles (o Tucídides) no hace sino.-con cierta ingenuidad, es cierto- afirmar que los gobiernos favorecen básicamente a quienes lo ejercen. Y en esto, la propia historia de Atenas lo respaldaba. No debemos olvidar, además, que estamos ante un texto constituyente, instaurador, donde la reflexión política está recién dando sus primeros pasos. ¡Si hasta la palabra misma democracia no tenía entonces medio siglo de vida todavía!


[5] En Esparta, por el contrario, la posesión de riquezas estaba oficialmente prohibida.


[6] Alusión a Esparta, que no tenía metecos, esto es, colonos o extranjeros naturalizados. En Esparta, tradicionalmente xenófoba, los extranjeros permanecían como tales, y podían ser desterrados al arbitrio de los éforos.


[7] La disciplina espartana de los jóvenes era proverbial


[8] Un bello capítulo sobre esta materia nos ofrece Aristóteles en su Ética a Nicómaco, IX.





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