martes, 16 de marzo de 2010

RELACIÓN DE LA POLÍTICA CON LA ORGANIZACIÓN GREMIAL



PERON EN LA CGT

NOVIEMBRE DE 1973





“Compañeros: Hoy voy a tratar un tema que, en líneas generales, es de gran importancia para la organización sindical. Se trata de la relación de la política con la organización gremial.

Nosotros, los justicialistas, hemos hablado desde el comienzo de nuestra actividad, de una comunidad organizada. Entendemos el país con todas sus Instituciones, como una comunidad que, con un trabajo permanente, va labrando la felicidad de un pueblo, al mismo tiempo que, sin hesitaciones ni apuros, va labrando también, poco a poco, la grandeza de la Nación. Eso, para nosotros, es una comunidad organizada, en el entendimiento de que realizándose la comunidad cada uno puede también realizarse dentro de ella”.

El justicialismo ha venido propugnando no la lucha, sino la colaboración inteligente que puede cumplir una función social, por cuanto para nosotros la finalidad de todo nuestro trabajo es, precisamente, la felicidad del pueblo. Pensamos que el hombre es lo fundamental, y todo nuestro esfuerzo desde el punto de vista político, social, económico, cultural, etc.; va dirigido en beneficio del hombre.

En este sentido, yo he sostenido permanentemente que la política es solo un medio para dar la posibilidad de que hombres salidos del pueblo puedan tomar en sus manos el destino de la Nación y llevarla hacia los grandes objetivos que perseguimos. En lo social buscamos que cada persona tenga el margen de justicia que necesita para vivir con dignidad y con felicidad. Y en el orden económico, sostenemos que el capital está al servicio de la economía: no como era antes, en que la economía estaba al servicio del capital. Para nosotros, es a la inversa; el capital no tiene razón de ser sino al servicio de una economía, la que a su vez está al servicio del bienestar social.

De esta sintética exposición de fundamentos, nace toda la orientación que el Justicialismo trata de poner en ejecución desde el gobierno y desde las instituciones del Estado.

Siempre ha sido para nosotros un tabú la intervención política de las organizaciones sindicales. Todos han venido sosteniendo que la organización sindical no debe intervenir en política. Es decir, que mientras las organizaciones políticas intervienen en el proceso sindical, éste no ha de intervenir en el proceso político. Dado que la organización sindical se realiza para convertirse normalmente en factor de poder, esta premisa es totalmente falsa.

Nosotros tenemos nuestra experiencia. Hasta 1949 en que se sancionó la Constitución Justicialista, las organizaciones sindicales, por fallos de la Suprema Corte de Justicia de la Nación, eran consideradas como asociaciones ilícitas que quedaban a merced de una justicia que se encargaba de anular y destruir todo el poder que podría representar la asociación profesional. Nada puede haber más injusto que esto.

HISTORIA

Pero esto tiene su historia. Esa es la premisa fundamental en que se consolidó y organizó todo el sistema demoliberal-capitalista, que tiene su nacimiento en la Revolución Francesa y cuyas consecuencias se han venido sintiendo durante todo el siglo XIX y el siglo XX, que han sido dos siglos en que los trabajadores han luchado en desventaja para poder alcanzar las más elementales reivindicaciones que tienen derecho a exigir.

Estos dos siglos han sido de lucha. ¿Cómo comienza este proceso? En la Revolución Francesa, después del catorce de Brumario, cuando Napoleón, siendo primer cónsul de la República, toma el poder de Francia y termina el proceso de la guillotina y de la desorganización que toda revolución trae inicialmente consigo.

Napoleón era monárquico. En consecuencia, el pueblo, que había hecho la revolución contra la milicia, el clero y la monarquía, no lo veía con muy buenos ojos porque sabía que, siendo monárquico, realmente no lo representaba con amplitud. Pero la monarquía, el clero y la milicia, contra quienes se había hecho la Revolución Francesa, tampoco lo veían bien. De manera que venía a quedar algo así como el “jamón del Sándwich”, entre dos fuerzas que lo vigilaban y que lo podían destituir en cualquier momento.

A la percepción de Napoleón, que era un hombre extraordinario en todos los órdenes, no se le escapó el fenómeno que se estaba produciendo y entonces llamó a la burguesía.

La burguesía no había intervenido en la Revolución Francesa, y estaba casi intacta. La lucha había sido entre los poderes de la monarquía, el clero y la milicia, contra el pueblo llano. La burguesía estaba en la barrera, mirándolos a todos desde afuera.

En consecuencia, Napoleón, que al igual que en otros órdenes, tenía en política una gran habilidad, llamó a esa burguesía y la tanteó por donde se tantea siempre a la burguesía: por el bolsillo.

El Estado se había incautado de todas las posiciones del clero, de la milicia y de la monarquía, que eran dueños de casi toda Francia, y puso en venta esas propiedades. La burguesía las compró porque eran baratas; compró “chateaux” (castillos) y todas esas posesiones pasaron a manos de la burguesía. Cuando estuvieron en poder de esas posesiones, Napoleón los llamó y les dijo: “¿Ustedes han pensado hasta cuándo van a ser dueños de los “chateaux” y de esas posesiones? Serán dueños mientras nosotros estemos aquí, porque el día que caigamos ustedes pierden las posesiones y, tal vez, las orejas también”. Así fue como les encargó la organización de lo que entonces se llamó Estado nuevo.

La burguesía naturalmente, venía con todos los resabios del sistema feudal del medioevo y estaba enfrentada, en cierta medida, con las corporaciones que eran la incipiente organización gremial de aquellos tiempos que se realizaba partiendo de células en que el dueño era a la vez el jefe del taller y tenía sus maestros y sus aprendices. De esa manera se formaba la célula gremial de aquel entonces.

Esas corporaciones habían actuado en la revolución en apoyo del pueblo llano, de manera que la burguesía les tenía un poco de temor. De ahí nacen entonces las organizaciones que han sido las que proporcionaron la estabilidad que advertimos a lo largo de todo el siglo XIX y XX. Vale decir, la etapa que el mundo ha vivido y que se ha llamado de las nacionalidades y también del demoliberalismo burgués, porque de su organización participó toda la burguesía.

¿Qué crea esa burguesía como equilibrio político-social, que es el sector que nos interesa? Ellos crean primero las organizaciones políticas que dan nacimiento a los partidos políticos. Simultáneamente crean también los sindicatos, que han venido funcionando hasta hoy. ¿Pero con qué tareas? Simplemente para discutir por diez o veinte centavos de aumento en los salarios, mientras los partidos políticos orquestaban las leyes que le negaban al pueblo todo progreso. Ese ha sido normalmente, el sistema neoliberal capitalista que ha dominado los siglos XIX y XX, hasta ahora, ya que en este momento las cosas están comenzando a cambiar en todas partes.

Este sistema, naturalmente, estableció como premisa inicial que los sindicatos tenían tareas gremiales, pero que no podían intervenir en política. Desde entonces se les ha venido negando el derecho a las organizaciones sindicales a intervenir en política. Pero la fuerza estaba precisamente en esas organizaciones políticas, que eran las que decidían todo. Dentro de ese desenvolvimiento están los que han respetado en cierta medida las organizaciones sindicales y los que las han declarado asociaciones ilícitas.

LA JUSTICIA SOCIAL

Ha pasado el tiempo y las organizaciones sindicales han ido poco a poco, progresando y adquiriendo un nivel de organización sindical en relación directa con la justicia social que han desarrollado en el medio donde actuaban y proliferaron. Cuando el obrero ha estado en el mundo sin organizarse ha sido juguete de las circunstancias y ha sufrido la mayoría de las injusticias sociales. La justicia social no se discute, se conquista, y se conquista sobre la base de organización y, si es preciso, de lucha.

Alcanzada esa justicia social, recién podemos pensar en una comunidad organizada a la usanza del justicialismo, donde se establece el equilibrio de la fuerza que actúa dentro de la Nación, pero no puede existir de ninguna manera el menor asomo de las injusticias basadas en la ley o en una democracia que no se practica.

En ese sentido, nuestra experiencia es bastante clara y elocuente. No necesitamos recurrir a los ejemplos de otros países, porque tanto el demoliberalismo como los sistemas que en cierta medida, hemos venido presenciando a lo largo de esta prolongada evolución, siempre han tendido, de alguna manera, a establecer un exceso de bienes y beneficios para un sector, en perjuicio del otro sector.

Nosotros, quizá aquí, en América Latina somos los primeros que hemos establecido la posibilidad de que esto se discuta y se acuerde, a fin de que la comunidad en paz, pero con justicia, pueda elaborar su propio destino en el que nadie sea menos que otro y donde el hombre sea considerado como tal. Para nosotros, como siempre he dicho, el origen y la finalidad de todo nuestro trabajo, es el beneficio del hombre.

LA ORGANIZACIÓN SINDICAL

Ya hemos alcanzado una organización sindical que, posiblemente, sea una de las más perfectas que yo conozco. He recorrido casi todo el mundo, y en todas partes estuve en contacto con las organizaciones sindicales, y no creo que en ningún otro lado se haya alcanzado, cualitativamente, el grado de perfección que nuestra organización sindical pone en evidencia todos los días.

Es indudable que existen organizaciones sindicales, pero casi todas ellas están, más o menos, influenciadas por factores exógenos que vienen de afuera hacía adentro; es un fenómeno que aquí no se produce, porque son realmente ellas las que disponen de su propio destino, y esa ha de ser la finalidad y el método que ha de caracterizar a las organizaciones sindicales. Estas son como esos pajaritos que no pueden vivir en cautiverio, no se los puede meter en una jaula porque se mueren.

Las organizaciones sindicales argentinas han tenido su prueba de fuego, a la que han resistido victoriosamente. Esto está indicando la calidad de estas organizaciones. Han sido sometidas a todas las pruebas. En primer término se las quiso manejar por el terror, pero no lo consiguieron; después interviniéndolas y tratando de destruirlas, pero tampoco lo lograron; luego procuraron asimilarlas hacia formas que no eran las que les convenían a las organizaciones sindicales, y tampoco pudieron obtener ese objetivo. Finalmente, trataron de dividirlas y anarquizarlas, pero tampoco pudieron obtener ningún resultado.

Cuando una organización como la nuestra ha resistido la prueba del ácido –que es la prueba que han soportado las organizaciones sindicales-, quiere decir que ha de permanecer en el tiempo y en el espacio durante todo el tiempo que sus dirigentes sean capaces de asegurarles una dirección pura, firme, sin estridencias inútiles que desgastan y sin demostraciones también inútiles que no hacen si no desgastar el organismo y debilitar a los hombres que lo forman. En ese caso, esa organización cumple con seriedad y con verdadero patriotismo la función para la cual está destinada. La defensa de los intereses profesionales se confunde con la defensa de los intereses del pueblo y cuando una organización está al servicio del pueblo es invencible, porque los pueblos son invencibles.

Nosotros, en el orden de la relación entre la política y el sindicalismo, o la organización sindical, tenemos una gran experiencia que muchos años de lucha –primero para formarse y organizarse, después para alcanzar un estado especial conveniente y, por último, para subsistir como organización- han puesto a prueba durante treinta años de trabajo y de lucha. De manera que esta experiencia es extraordinaria.

¿Y qué dice nuestra experiencia? Nos dice que cuando a las organizaciones gremiales se les ha exigido su prescindencia política, como dicen algunos, aquellas han mantenido su unidad gremial pero también han mantenido su unidad política. Es inseparable lo gremial de lo político.

No pueden dividir. Claro, los que han intentado dividir la acción social de la acción política han querido hacerlo precisamente para debilitar el factor de poder que representan las organizaciones sindicales.

Renunciar a la política es renunciar a la lucha, y renunciar a la lucha es renunciar a la vida, porque la vida es lucha, precisamente. Por eso creo que nosotros hemos alcanzado el desideratum en este aspecto del equilibrio político social: una Confederación General del Trabajo cuya misión neta es la defensa de los intereses profesionales y la del manejo y conducción de una gran organización sindical unida y solidaria. Esa es la misión de la Confederación General del Trabajo. Y una 62 organizaciones que, en estrecho contacto y absoluta inteligencia, manejan la política sindical. Con esto aún conformaremos a los que no quieren que los sindicatos se metan en política.

Señores: en este sentido la política es bien simple, considerada desde el punto de vista sindicalista. Cada uno de los ciudadanos que conforman la organización es libre de pensar, sentir y practicar la ideología y la política que se le ocurra, porque eso es intrascendente para la organización. La organización no puede ser suicida apoyando a los sectores organizados que están realmente contra la política que la Confederación o la organización sindical deben seguir en beneficio de todos sus asociados.

¿Cómo no va a tener una política la Confederación General del Trabajo en representación de todos sus adherentes, si precisamente esa política es la que va a decidir su destino? Y ¿por qué razón van a renunciar las organizaciones a tener sus representantes en los tres poderes del Estado que son realmente los que gobiernan, dirigen y conducen la Nación? ¿O es que los obreros no tienen derecho a ser partícipes de esa conducción, que si la hacen los demás ellos tendrán muy poco que agradecerles?

EL FUTURO

Y llegamos, compañeros, a un punto muy importante, que es el analizar la evolución en el pasado y en el presente, para así, intuitivamente, penetrar en el futuro y poderlo prever.

Esa evolución está marcando –no solo aquí sino en el mundo entero- una nueva etapa. Desde que el hombre comenzó a tener sentido como habitante de la tierra, todas las evoluciones se han hecho hacia integraciones mayores. Siendo el hombre aislado, la primera fue la familia; a continuación vino el clan, la unión de varias familias; después vino la tribu, reunión mayor; luego vino el Estado primitivo; más tarde la ciudad; después vino el Estado feudal luego vino la nacionalidad, las naciones; ahora vienen los continentes integrados y es muy probable que, siguiendo esta escala de evoluciones, lleguemos pronto al universalismo: es decir, a la integración total de los habitantes de la Tierra.

Nosotros, los hombres, nos creemos que somos los que hacemos evolucionar al mundo y a la humanidad. Estamos equivocados. Hay un determinismo histórico, un fatalismo histórico, que es el que actúa subterráneamente, con fuerzas invisibles, empujando esa evolución. Los hombres le vamos colocando arriba y periféricamente un sistema para acompañar a esa evolución. Eso es lo que más podemos hacer.

La edad media se caracterizó por un sistema: el feudalismo. La edad moderna ha tenido un sistema: el demoliberalismo-capitalista. El continentalismo se está caracterizando por un cambio total en las estructuras y en los sistemas hacia un profundo contenido social.

Así como el acento fue cargado sobre lo político, en la etapa demoliberal-capitalista; en la nueva etapa lo está en profundidad sobre lo social. Es decir, que ya hoy en el mundo priva lo social. Este es un asunto que se explica perfectamente. El demoliberalismo-capitalista, no podemos negarlo, en los últimos dos siglos de existencia hizo avanzar la ciencia y la técnica más que cualquier otro sistema de los otros diez siglos precedentes. Eso no lo puede negar nadie. Pero tampoco se puede negar que todo ese inmenso esfuerzo fue realizado sobre el sacrificio de los pueblos, ¿o no?

Ahora los pueblos, a través de los mismos medios que la ciencia y la técnica han puesto en sus manos, se han esclarecido. Hoy, el paisano que vive en la Patagonia y que no ve a nadie por un mes o dos, con su radio a transistores en la oreja escucha lo que pasa en el mundo. Todo ese proceso que se realiza a través de los medios de difusión masiva de los medios técnicos modernos ha permitido el esclarecimiento de los pueblos. Como dirían nuestros muchachos, han avivado a todo el mundo.

Ya los pueblos no pueden ser felices si se los somete a un sacrificio, porque se rebelan. A eso estamos asistiendo en el mundo actual.

¿Qué es lo que hay que hacer? Hay que suprimir esos sacrificios. Es necesario un esfuerzo, porque sin él nada andaría ni para atrás ni para adelante; pero ese esfuerzo debe ser sin sacrificio; o sea que debe ser realizado con intensidad y capacidad y justamente compensado por los beneficios que acarrea. Este debe ser el trabajo moderno.

Si se consigue conciliar perfectamente ese esfuerzo, los pueblos lo realizarán conscientemente y con alegría. Pero ya no es posible seguir imponiéndoles sacrificio, porque al mismo se lo ha disimulado de cincuenta maneras distintas. Todos decían: “Trabajemos diez años para que nuestros hijos después sean felices”. No fueron nunca felices.

EL GOBIERNO

El sistema demoliberal-capitalista no ha practicado lo que lógicamente debe ser el concepto del gobierno. El que ha sido elegido para gobernar, los hombres que tienen que gobernar, deben tener bien arraigado el concepto de que es el esfuerzo el que debe llevar adelante la comunidad y no el sacrificio. Muchos han sacrificado a los pueblos para alcanzar un alto objetivo político y de desarrollo del país. Otros, en cambio, quizá porque no han sacrificado a su pueblo no han desarrollado un esfuerzo suficiente. Esos son los dos extremos. Lo justo es un pueblo que, alcanzando un índice suficiente de felicidad y de dignidad, elabora la grandeza de la Nación sin apuros y sin hesitaciones; sin obligar a nadie a hacer lo que no quiere y no debe. Es decir, que en esto hay un término justo.

Los hombres que enfrentan esto cada día son los que van obteniendo el éxito. Antes, para lograrlo había que plegarse a las imposiciones de los imperialismos o de la burguesía, y el que no lo hacía fracasaba. Hoy, esa situación ha cambiado totalmente; hoy triunfan los que saben llevar adelante los pueblos y conducirlos dignamente. Aquellos que no lo hacen son los que fracasan. Por eso esta evolución que va imponiendo al mundo nuevos módulos de acción es la que nosotros hemos venido llamando desde hace treinta años una comunidad organizada, una comunidad donde no sea posible la injusticia y en la que el régimen de acción no pueda ni deba ser el sacrificio.

Si alcanzamos eso, cada día constituiremos un pueblo más feliz y con un pueblo feliz se puede labrar la grandeza de la Nación. Con un pueblo infeliz, de poco valdría. Yo prefiero un pequeño país de hombres felices y no un gran país de hombres desgraciados.

Observemos que en el mundo ni los países burgueses ni los países totalitarios han alcanzado una felicidad completa para su pueblo. Pero pienso que frente a una larga experiencia de la humanidad, se ha logrado un mayor grado de dignidad y de felicidad para los pueblos, a través de la evolución y no de una catástrofe social y política.

No son los procesos destructores los que pueden armar un sistema que permita obtener el grado de felicidad y dignidad que soñamos para nuestro pueblo. Eso es lo que conseguiremos con un trabajo fecundo y digno, para hacer la felicidad de ese pueblo que la elabora.

Ese es el mejor camino para alcanzarlo. No es necesario ningún sacrificio, ni de los que trabajan ni de los que dirigen, y tampoco de los que gobiernan. Nadie tiene necesidad de sacrificarse si cada uno pone su buena voluntad, su deseo y su esfuerzo para construir. De lo contrario, es llevar a los pueblos y las naciones a la destrucción que, desde hace siglos, nosotros venimos presenciando. Hace pocos días terminó en Medio Oriente uno de esos ultrajes en los cuales los intereses de los espurios imperialistas que actúan allí han intervenido a través de dos pobres pueblos que se están exterminando, para ver al final quién se queda con el petróleo.

El sacrificio de los ciudadanos no es, como algunos creen, solamente en el taller, sino que el sacrificio más grave, más peligroso y más doloroso es el que se libra en los campos de batalla, donde normalmente no son los intereses los que privan. Allí no se lucha ni por la justicia ni por la libertad, ni por la democracia, como se ha dicho muchas veces. Se lucha únicamente por el cochino interés inmediato y directo.

Esos son los verdaderos sacrificios que la humanidad ha venido soportando durante tantos siglos, y que sólo la organización de los pueblos podrá impedir en el futuro.

Por eso, compañeros, pienso que así como esa evolución nos lleva hacia organizaciones políticas continentales en beneficio de los pueblos, nosotros tenemos que ir hacia organizaciones gremiales continentales. Es decir, si los políticos se unen los gremialistas también deben unirse. Si algún día integramos el Continente Latinoamericano, la base de esa integración ha de ser la de los pueblos. No se construyen pirámides empezando por la cúspide, sino que es menester hacerlo comenzando por la base, y la base, para mí, son las organizaciones gremiales y las organizaciones sindicales.

Quiere decir, compañeros, que de la organización sindical no pueden estar ausentes ni la política interna, ni la política internacional, porque ambas son las que le dan el carácter y el tono. Es necesario que nosotros, que hemos alcanzado una organización sindical como la que tenemos, comencemos a tomar contacto y a establecer relaciones directas con los demás compañeros del continente, pensando como los peronistas, que para un trabajador no debe haber nada mejor que otro trabajador.

Finalmente, compañeros, y para no alargar este tema, del que he tratado de tocar los puntos más importantes, quiero poner un acento especial en lo que se refiere a la organización sindical argentina; a la organización sindical argentina encuadrada en dirigentes capaces y honestos, sin estridencias y sin revoluciones, que son generalmente teóricas y que se hacen cuando se está en la oposición y no cuando se está en el bando de uno.

La revolución, en el orden gremial, debe terminar cuando la organización sindical constituye un verdadero factor de poder dentro de la comunidad. ¿Por qué? Porque es entonces cuando la organización sindical, que es el pueblo organizado, hace sentir el acento no sólo de sus intereses sino también de sus aspiraciones y ambiciones, que asimismo son una fuerza motriz en la acción política.

Las organizaciones sindicales no sólo no pueden renunciar a su acción social política sino que incluso la deben administrar inteligentemente para que jamás ese factor de poder que invisten se debilite por el apartamiento de una función que es fundamental para la base popular a la que representan. Es decir, señores, que cuando los obreros hayan renunciado a intervenir en los destinos del país, ese será un sentimiento suicida para su propia clase y para sus propias organizaciones. En esto no se puede renunciar al destino, y hay que mantener siempre una organización férreamente unida y solidaria, en cuyo cenáculo pueda discutirse de la manera más libre, cualquier tema ideológico o doctrinario; y cuando después de la discusión se haya acordado por mayoría una decisión habrá que salir a la calle aún como si fuera la propia decisión de cada uno de los argentinos.

Siempre se ha pensado, durante la etapa de demoliberalismo-burgués, que los obreros estaban organizados. Esa es una mentira. Los que han estado organizados han sido los poderes que han manejado la política.

¿Y qué poderes han manejado la política? Ha sido la burguesía, las aristocracias o las plutocracias. Sólo ellas lo han hecho en su propio beneficio y siempre en perjuicio del pueblo. Si el pueblo quiere liberarse para siempre de esa amenaza no tiene más remedio que mantenerse orgánicamente poderoso. El hombre cede más al poder que a la razón; por eso hay que tener la razón y apoyarla en el poder.

EQUILIBRIO

En nuestro país, compañeros, aspiramos al más profundo equilibrio entre lo político, lo social, lo económico, lo cultural, etc. Pero para que ese equilibrio exista hay que hacer como con la balanza: es necesario poner en cada platillo algo que pese con la misma intensidad que pesa el otro.

Eso de sacrificar el poder está en todas las bocas, pero no en todos los corazones. Nosotros debemos seguir el consejo de “irle a Dios rogando pero con el mazo dando”.

Compañeros: esto quizá en muchos aspectos resulte redundante. Piensen ustedes cómo se tomarían estas cosas hace treinta años, cuando comenzamos a anunciarlas y a realizarlas desde la Secretaría de Trabajo y Previsión. Yo en ese sentido ya estoy como el chino que ha cumplido con su destino, compró el ataúd y está listo para meterse adentro. Porque, felizmente, he cumplido las grandes etapas que han permitido al Justicialismo afirmarse dentro del país como una ideología y una doctrina justa que hoy ya tampoco la discuten, sino algunos tontos sueltos que andan por allí y que discuten todo.

Pero ya no hay muchos argentinos que los escuchen. Es decir, hemos vuelto a una nueva etapa de nuestras realizaciones, que representen la verdadera revolución Justicialista, que tiende a cambiar por reemplazo de las viejas estructuras, un sistema que ya no resiste el tiempo.

Hay muchos que dicen: “Yo soy demoliberal”. No es raro. Yo he encontrado a algunos tontos que todavía están enamorados del sistema feudal, del medioevo; de manera que si hay tontos que todavía están en el siglo XV, cómo no vamos a pensar que no existen otros que están el siglo XIX o a comienzos del XX. Pero esos son los últimos resquicios que van quedando de una etapa injusta que recibió la alabanza de todos los intelectuales del mundo.

Hoy los nuevos intelectuales comienzan ya a pensar de otra manera y a concebir las cosas en otra medida. Es a esa evolución a la que contribuimos con nuestra organización. Pueden estar ustedes seguros que si en la República Argentina no existiese una organización sindical como la que tenemos nosotros, seríamos mucho menos respetados en este momento.

El Justicialismo con nuestra acción ha cumplido sus objetivos. Ahora queda en manos de todos ustedes, especialmente los jóvenes, la tarea de tomar el testimonio; y seguir corriendo.

Yo estoy seguro que si se realiza esa tarea escolástica en la formación de los dirigentes que salen de la masa y a quienes se puede ir perfeccionando, dándoles la mayor capacidad posible, las organizaciones sindicales no han de ceder en nada a la acción destructora del tiempo, ni ante los ataques que puedan sufrir en el porvenir.

Cuando yo hablaba todas las semanas en la Confederación General del Trabajo, siempre les decía a los muchachos y a los dirigentes: “Estén atentos, miren que el enemigo no duerme; vean que los enemigos existen; un día podemos caer nosotros”. “Nunca, nunca”, gritaban. Sin embargo, caímos. Si hemos vuelto, tal vez no sea porque hemos sido demasiado buenos sino porque los que nos sucedieron fueron muy malos. Por eso nos trajeron de nuevo.

UNA DOCTRINA

Finalmente, compañeros, para terminar, les quiero expresar que nosotros tenemos una doctrina que fija perfectamente y con claridad una ideología que no está en contra de nadie pero que tampoco está a favor de las concepciones ajenas a nuestro pueblo y a nuestro país.

Somos simplemente justicialistas; respetamos a los demás pero queremos que los demás también nos respeten. He dicho varias veces a organismos especiales de la República que no queremos que sean políticamente favorables a nosotros, pero que tampoco sean contrarios. Dentro de esta concepción seguiremos esta regla imperturbablemente: nosotros respetamos a los que nos respetan; queremos a los que nos quieren y luchamos por alcanzar objetivos que desde hace treinta años nos han venido dando la razón.

No tenemos de qué arrepentirnos; de nada de cuanto hayamos hecho, y eso en la vida de los hombres es mucho decir.

Les pido a ustedes, que son los dirigentes delegados del interior, que éstas, mis palabras, las lleven a los compañeros junto con mis saludos que con tanta sinceridad y tanto afecto les hago llegar desde esta Central Obrera, que para mí es como mi propia casa.”




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