jueves, 20 de diciembre de 2012

Respuesta de un aborigen a Toynbee






Redacté esta conferencia con motivo de la visita del historiador inglés y de sus increíbles y nefastas disertaciones. Fue pronunciada por primera vez el 21 de octubre de 1966, en el local de F.O.N.I.V.A. (Bs. As.) con el auspicio del Sindicato Argentino de Trabajadores Intelectuales y ante numeroso y entusiasta auditorio. Posteriormente, a comienzos de noviembre, fue repetida en la ciudad de Córdoba, en el Sindicato de la Madera, y con el auspicio de la revista Hostería Volante. En esa ocasión, un público formado en su mayor parte por trabajadores, apoyó los conceptos sobresalientes de esta respuesta y se sumó por tanto a mi campaña contra Toynbee. Finalmente, el 26 de noviembre, fue pronunciada en la ciudad de La Plata, en el local del Sindicato de Obreros y Empleados del Ministerio de Educación (provincia de Buenos Aires), auspiciada asimismo por la Hostería Volante, y ante un público numeroso y calificado. Hubiera sido mi deseo repetirla en los niveles universitarios y militares, en los que operó sin ambages el ablandamiento intelectual de este nuevo invasor inglés, Mr. Toynbee. Ello no ha sido posible, pese al esfuerzo de muchos argentinos de buena voluntad y pese a mi clara posición patriótica y nacional.

Por eso mismo, creo que ha llegado el momento de publicarla y difundirla en todos los ámbitos del país y del extranjero. Un grupo de jóvenes sin otro norte que el esclarecimiento y el servicio de los más altos intereses argentinos, ha tornado a su cargo esta edición, que se hace con el exclusivo y noble esfuerzo de los nacionales, precisamente de aquellos que piensan primero en el país y luego en los "esquemas" retóricos que vienen devastando las generaciones jóvenes desde 1930.

Deseo agradecer en esta breve nota a todas las organizaciones, sindicatos, gremios y personas que me apoyaron —y me apoyan— en esta labor de esclarecimiento, tan difícil en estos trágicos momentos de la Argentina. Esa labor tiene tantos riesgos como cualquier otra, con la ventaja de que si triunfamos en ella habremos dado un paso importante en la definitiva emancipación del pueblo argentino. Es en vano que el imperialismo inglés nos devuelva las Malvinas (o incluso que se las sustraigamos), si maneja los resortes de nuestra soberanía política o económica. Hasta qué punto ésta sea la verdad (de que el imperialismo domina esos resortes), es lo que demuestran palmariamente el viaje y las conferencias de Toynbee.


CARLOS A. DISANDRO






1


Es preciso primero explicar el extraño título de esta disertación, para que mi auditorio pueda ubicarse en los alcances de esta respuesta de un argentino libre al servidor de incalculables poderes superestatales y antinacionales.

Hace poco más de un mes, Arnold Toynbee, profesor en las universidades inglesas, empleado ilustre del imperio inglés y al parecer no menos ilustre propagandista del nuevo producto sinárquico del gobierno mundial, recorre el país en todas sus direcciones, en todos sus niveles, en todos sus estamentos; clamando contra la existencia de los gobiernos soberanos; exponiendo sus tesis pseudo-históricas sobre la necesidad de una concentración de poder yanqui-soviético para salvar al mundo del desastre; señalando la coyuntura que significa un supuesto respaldo religioso en el ecumenismo abstracto de estos últimos años; en fin, propugnando con verdadera audacia de un invasor, se cambie la mentalidad que defiende a las naciones, y más concretamente a nuestra Nación, por otra que la entregue, la traicione y la liquide en nombre de las profecías del señor Toynbee. Dicho en forma más esquemática y contundente: el señor Toynbee, delegado del poder inglés, colaborador de las instancias sinárquicas superestatales, quiere que en lugar de la sangre de los gauchos (que fundaron la patria) adoptemos sus espúreos principios, destructores de la soberanía argentina y su justicia, y que olvidemos y traicionemos nuestra tierra; quiere que la sangre y el suelo sean sustituidos por la opresión y la esclavitud, convenientemente dosificada por esta política sinárquica de planificaciones abstractas. A ello respondemos: ¡jamás!

Ha golpeado el señor Toynbee con esta propaganda que vende el producto del "gobierno mundial" para los argentinos, en todos los niveles: ha comenzado por los niveles de la juventud, por los institutos formativos de las FF. AA., por los estamentos intelectuales y religiosos; ha recorrido con rapidez y flemática tranquilidad inglesa, los cuatro rumbos de nuestra patria, y ha sido recibido, si no como un héroe de batallas todavía no ganadas, sí al menos como profeta de inminentes decisiones mundiales, que afectarían desde luego, de uno u otro modo, las soberanías nacionales. Y como profeta de nuestra destrucción ha recibido premios y honores, en esta desdichada tierra de los argentinos, igualmente noble en medio de su desdicha, igualmente expectante en su crucifixión inacabable.

No se ha oído —o por lo menos no he oído— ninguna respuesta a este invasor de la inteligencia y de la seguridad espiritual, que requieren la defensa y continuidad de la patria; pero estoy seguro que si alguna hubiera, coincidiría sustancialmente con estas modestas palabras, respuesta de un aborigen a un inglés invasor. Pues la dialéctica del señor Toynbee es verdaderamente férrea: o aceptamos la concentración de un gobierno mundial en manos de Johnson y Kosygin, o perecemos en el desastre bélico que es inevitable. El señor Toynbee es como se ve un ilustre sofista de ultramar: pues una u otra alternativa es nuestra destrucción. En el primer caso se trata de la opresión como destrucción; en el segundo, en cambio, se trata de la destrucción como opresión. La dialéctica del señor Toynbee se reduce pues a destrucción: nosotros no podemos aceptar los términos falaces de este sofista sinárquico. Debemos replantear las cosas en el lenguaje de las raíces mismas de nuestra entidad histórica, con la audacia de los gauchos que enfrentaron poderosas fuerzas imperiales del siglo XIX, y con la misma alegre y dionisíaca entrega a las instancias sublimes de una tierra que pugna por instalarse definitivamente en el reino de la justicia.

Es preciso además aclarar el segundo término del título de esta disertación. He mostrado en rápido trazo, sin rencor y sin afecto, la fisonomía de un historiador inglés que sirve a su gobierno y a su estirpe y que cree servir a la verdad y a la justicia, promoviendo una desmovilización de la inteligencia argentina, propugnando la sustitución de sus ideales de soberanía y justicia, un desarme de sus más hondas instancias espirituales y culturales. El otro término del título es el aborigen, el que, desprovisto de aquel respaldo que dan los ingentes recursos financieros o de poder, advierte sin embargo con claridad fulgurante que en las batallas en proceso, no terminadas ni ganadas todavía, es preciso congregarse en torno de los principios absolutos de nuestros ideales nacionales, consolidar la capacidad crítica de las mentes juveniles, aspirar a la justicia con los humildes y los nobles, a fin de que de una vez para siempre haya en esta tierra incambiable y sagrada un pueblo, definitivamente emancipado, una Nación definitivamente purificada de la innoble adherencia de invasores más o menos sutiles y eficaces, y un Estado, definitivamente soberano, que sirva también definitivamente la continuidad entitativa de la Nación el despliegue fundacional de un pueblo libre y el rostro concreto e inconfundible de una tierra entrañable. Todo lo contrario, pues, de lo que propugna Toynbee. La respuesta comporta, pues, la más extrema contraposición y en el nivel de la inteligencia la más despiadada guerra. Salvo que nosotros no queremos la destrucción, sino la fundación definitiva y soberana del Estado Argentino.

El concepto de aborigen supone el vínculo originario con una tierra insustituible. Aborigen de la tierra cordobesa, comprovinciano del ilustre Lugones, que cayó trágicamente para servir a su doliente patria, debo defender esta tierra que me otorgó el destino y salvar las verdaderas instancias políticas de su soberanía. Debo, además, como con la madre, defender su rostro de las inicuas bofetadas de los salteadores internacionales y cuidar de sus manos sufridas y dolientes, para que al menos la virtud de tanto silencioso engendramiento no caiga en la farsa de hijos descastados e impíos. Este primer aspecto de aborigen es pues el lado maternal y entrañable que me une desde la sierra cordobesa a toda la dimensión conmovedora de nuestra tierra argentina, y que por ello nos congrega y consolida como hijos de un mismo seno maternal.

Pero se equivocaría quien en estas luchas confundiera este lado telúrico con el indigenismo de un pasado abolido; pues se es también aborigen en los ámbitos del espíritu, pan poder enfrentar esta vasta confabulación contra la Nación, que es entitativamente espíritu, o no es nada. En este otro lado del término aborigen, soy y somos nacidos en la lumbre de Grecia, en la línea divisoria de su humanismo político, enfrentado a la barbarie y al poderío asiáticos. Pues Grecia fundó la polis, creó la condición de ciudadano libre de un estado libre, y derrotó aquella barbarie en los campos de Maratón y Platea, y en las azuladas ondas del mar de Salamina. Allí nació la ciudad, la nación, la conformación justa de un hombre libre, la lumbre política que cobija a los nacidos de una misma tierra. En estas instancias pues el inglés imperialista representa la barbarie de las satrapías persas, y el cordobés aborigen de esta tierra y esa lumbre configura a su vez la claridad helénica, la decisión indomable de volver a vencer en otros campos de Maratón o Salamina. Y en esto también el señor Toynbee, aunque munido de un vasto saber histórico, es delegado de Jerjes o sus sátrapas, y el argentino modesto, de una esforzada voluntad de saber, es hijo de aquellos héroes de las Termópilas, protegido de aquellos dioses que fulguraron en las lanzas griega; camarada de aquellos que entonaron inspirados por las musas, las palabras del himno que dice Esquilo al recordar la derrota de los persas: "Cuando el día hubo llenado la tierra con claridad resplandeciente, se oye resonar del lado de los griegos, un sonoro clamor, semejante a un canto y cuyo estridente grito repercutía en las rocas de la isla. El temor se apodera entonces de los bárbaros persas, pues los griegos no cantaban para huir, sino para lanzarse al combate, llenos de coraje y de audacia, en tanto que el clarín inflamaba con su estridor todo el frente griego. Al mismo tiempo, bajando con un ritmo acompasado y en conjunto los remos de las naves, golpean en cadencia las aguas profundas del océano, y de pronto se lanzan contra los persas con asombrosa rapidez. Al mismo tiempo se podía oír un enorme canto: Id, hijos de Grecia, liberad a vuestra patria, liberad a vuestros hijos y mujeres, los santuarios de los diosa de vuestros mayores y las tumbas de vuestros antepasados; ahora la lucha es por el todo."

Este ha de ser ahora nuestro coro, este nuestro cantó, y en las últimas palabras de los griegos se resume la lucha definitiva. Las repito en el lenguaje de los dioses, en el heleno lenguaje: nun hyper pámton agón. Ahora la lucha es el todo por el todo.

En síntesis, pues, el señor Toynbee sería un inglés de las satrapías sinárquicas que quieren abatir a la Nación; y el aborigen que le contesta sería un cordobés de la Hélade, que quiere la continuidad entitativa de la Nación, la instauración de su justicia y su humanismo, la memoria imborrable de la sangre que la fundó.


2


He de pasar ahora a exponer sumariamente el sistema histórico de Toynbee, para que puedan advertirse mejor las consecuencias falsas que el inglés saca de su historia esquemática y ajedrecística, y para que se entienda también el sentido de mi respuesta. Advierto que no puedo referirme —ni he de referirme— a problemas de conocimiento histórico positivo, pues ello no interesa a la cuestión sustancial. Por lo demás, Toynbee maneja una impresionante masa de datos, una babélica hechología a la que pretende poner orden según un sentido universal derivado de ciertas constantes de los fenómenos históricos. Y a fin de no explayarme innecesariamente en este asunto, divido la cuestión en cuatro momentos: 1) lo que podríamos llamar su filosofía de la historia; 2) luego el método de su retorno al pasado, que denominaremos "fenomenología estructural"; 3) la valoración ética de personajes, acontecimientos o culturas; 4) y finalmente, el carácter del conocimiento histórico, capaz de condicionar una previsión o profecía del futuro. Son estos dos últimos aspectos los que nos interesan en particular, en vista de las conferencias pronunciadas en nuestro país por el señor Toynbee, y sobre todo en vista de las conclusiones que extrae respecto de la soberanía nacional o la comunidad internacional, o el carácter del poder, etcétera.

1) En cuanto a su filosofía de la historia, elaborada sustancialmente en el lapso que media entre las dos guerras mundiales —y tal vez como contraparte del sistema histórico de Spengler— se edifica sobre dos principios determinantes: el primero puede ser denominado la dialéctica del "desafío" y la "respuesta" cuya coherencia y unidad dinámica condicionan al hombre y a la historia entera. El segundo principio se refiere a la posibilidad de clasificar las civilizaciones y culturas con la misma precisión con que se clasifican plantas o animales. La historia es una historia natural de las civilizaciones donde el método comparatista puede permitirnos trazar la trama de la historia universal. Para Toynbee no hay en la historia otra cosa que estímulos evolutivos o involutivos, y respuestas promotoras, con mayor o menor fuerza de concentración, o declinantes con mayor o menor celeridad. No debe pues pensarse en "ideales" en normas absolutas en una justicia trascendente. etc. En esto Toynbee es hijo indudable y exacto del empirismo inglés que así como construyó el imperio sobre una vasta proyección de fuerzas contrastantes —lo que en lenguaje más vulgar podría llamarse una vasta piratería—construyó los fundamentos del conocimiento sobre la base del dominio: dominio del hombre sobre las cosas, pero sobre todo dominio del hombre sobre el hombre; es hijo además del positivismo del siglo XIX (responsable de estos desastres del siglo XX), y como consecuencia propugnador de una cierta forma de evolucionismo historicista y fáctico, que se desentiende en absoluto de la herencia más profunda del pasado greco-cristiano.

En fin, en cuanto a la historia universal, no debe pensarse ni en una Providencia, ni en una paternidad divina, ni en una justicia, que siendo trascendente y siendo puntualmente justa es vencida por la misericordia, preparando una manifestación del espíritu desconocida para los hombres. No hay pues historia universal en el sentido greco-romano-cristiano. El universalismo de Toynbee es puramente fenomenológico, una fenomenología crudamente positivista, que el inglés enfrenta quizá a la fenomenología idealista de un Hegel y otros. Es por ello que puede en cierto modo coincidir con el ala izquierda de la fenomenología hegeliana, en cuanto a la liquidación de la tradición europea, en la búsqueda de un nuevo punto de partida, que sea como una nueva etapa de la historia universal. Si para esto es necesario liquidar las naciones, sus instancias soberanas, sus estamentos espirituales, habrá que hacerlo con la misma tenacidad con que ha sido liquidado el imperio ruso, la Europa central, etc., etc.
A riesgo de salirme del plan expositivo y a riesgo de alargar la cuestión, eso explica la propaganda que hace Toynbee del gobierno universal o mundial, en momentos en que Inglaterra parece empeñada en disolver su antaño poderoso imperio colonial ultramarino. Pero no hay contradicción: una y otra cosa son como partes de un párrafo que debe ser escrito con sus distintas pausas, signos y letras, a fin de conseguir el objetivo último y definitivo: el verdadero imperio sinárquico, donde Inglaterra tenga, por supuesto, su margen de intervención promotora.

2) En segundo lugar, hemos hablado de una fenomenología estructural, que Toynbee practica como quien entreteje un tapiz, o como quien traza un organograma: lejana derivación de las nociones hegelianas de la historia, esta concepción de Toynbee conduce forzosamente a limitar los trasfondos creadores del espíritu, y a interpretar en forma restringida las figuras verdaderamente condicionantes de la historia. La historia fenomenológica de Toynbee se opone sustancialmente a la historia filosófica de un Tucídides o un Tácito, o a la historia sapiencial de un San Agustín.

En esta fenomenología estructural no hay entidades de valoraciones más o menos seguras, sino funciones históricas de aquel esquema "desafío-respuesta". La historia es una cierta animalidad superior, regida por un principio de absoluta racionalidad, que puede o no puede ser aceptada por el hombre. Pero esa racionalidad, tecnificada y dosificada, pasa a constituir el objetivo a ser impuesto a todos los hombres: no hay más instancia superior al hombre que el hombre mismo, y por tanto se debe contraponer a la antigua fórmula homo homini lupus (el hombre lobo del hombre), esta otra fórmula que subyace en las elucubraciones de Toynbee: homo homini dominus (el hombre dueño del hombre). Hemos llegado, pues, a un punto en que el decurso de la historia de la civilización occidental y su impacto en las restantes contexturas del mundo moderno, impone establecer una fenomenología política, cuya racionalidad nos salve de los peligros destructivos, y nos haga pasar a una nueva etapa. Toynbee agita pues el infierno de la guerra atómica, extrema forma del homo homini lupus, para hacernos aceptar la solución sinárquica del gobierno mundial, entona forma del homo homini dominus. Sería insensato desconocer que el pensamiento de Toynbee converge con vastas transformaciones sociales, económicas y religiosas: así, por ejemplo, su ecumenismo histórico es una forma temporal y política del ecumenismo religioso, pseudo universalista, contrario a las tradiciones más hondas de las estirpes; sus tendencias planificadoras coinciden con los esquemas políticos y económicos de los señores del mundo, y su vaga referencia a poderes extrahumanos resulta la mejor expresión para este deísmo cruel, que ha liquidado a los dioses concretos. Toynbee afirma esto con una audacia, y estaría por decir con una desfachatez increíble, como si fuera profeta de un nuevo y definitivo Evangelio, al cual además debemos plegarnos con gusto o por la fuerza. Así dice, por ejemplo (en la conferencia pronunciada en la Universidad de La Plata): "las diversas naciones, civilizaciones y religiones tienden hoy en día a fusionarse en una sola comunidad y al hacerlo contribuyen cada una de ellas con sus experiencias y sus hazañas a acrecentar el acervo común de la humanidad". Y en otro párrafo: "Es necesario que los hombres comprendan que deben agruparse en una sola familia para poder evitar el suicidio en masa de la era atómica".

3) En tercer lugar hemos señalado que en ese método comparatista, en esas estructuras o funciones históricas, Toynbee propone frecuentemente valoraciones éticas, que son por lo general antitradicionales, en ese empeño por demoler lo que reste de un obstáculo a los planes de unificación mundial, y en nombre de una pretendida exactitud que controla la significación última de los hechos. Esto explica en sustancia el contenido fundamental de las conferencias actuales de Toynbee, en lo que atañe a la perduración de las naciones, o de sus gobiernos, o de sus soberanías o de sus idiosincrasias políticas, etcétera.

Como ejemplo claro de estas conclusiones éticas del señor Toynbee puede tomarse el ejemplo de Jesús y su obra redentora. En el volumen VI de Estudio de la Historia (consagrado a lo que Toynbee llama la Desintegración de las Civilizaciones), examina el problema de los "salvadores" y distingue cuatro formas «picas, en la última de las cuales ubica a Jesús. Luego, en un laborioso apéndice titulado Christus patiens, pretende destruir definitivamente el contexto de la fe de los Evangelios, y más concretamente de la Fe heleno-cristiano-católica. Y, sin embargo, hemos visto que Toynbee maestro de la antifé, es llamado a las universidades católicas, en donde presuntamente se custodia la fe al servicio de la nación y de la estirpe (o simplemente al servicio del hombre y las tradiciones argentinas), del mismo modo que Toynbee, enemigo de la soberanía nacional es llamado a adoctrinar a nuestros jefes militares, custodios de nuestra soberanía. Los ejemplos podrían multiplicarse: sólo comprobaríamos una vasta conspiración de la que Toynbee es instrumento ejecutor a niveles decisivos de la inteligencia y la cultura.

4) Finalmente el carácter del conocimiento histórico, capaz de condicionar una previsión o profecía del futuro, y en este caso del futuro general de la humanidad, y más particularmente de su comunidad política, cultural y científica. Y ésta es una consecuencia lógica del empirismo pragmático de Toynbee: así como el conocimiento empírico de la naturaleza ha generado la tecnología moderna, así el conocimiento empírico de le historia (o del hombre en la histeria) genera una cierta tecnología de la conducción. Esta expresión "tecnología de la conducción" debe ser traducida a la jerga de los sinarquistas: cambio de mentalidad, proceso de cambio, integración y desarrollo, ecumenismo pacifista mundial, gobierno mundial, política expansionista, técnica de las decisiones de gobierno, etc. La unión de la tecnología científica (que ha dado por ejemplo la fisión nuclear, o el desarrollo de los vuelos espaciales) y de la tecnología humana (como ciencia de la conducción) darían según Toynbee el paraíso sobre la tierra: pero para ello debemos renunciar a la alegre pertenencia a nuestra tierra y a nuestra memoria histórica, para confiar en brazos de estos señores del mundo, que de este modo nos perdonarán la vida, a fin de que gocemos de ese futuro de hormiguero, planificado, plastificado y plenificado con la precisión de máquinas computadoras.

El señor Toynbee no cree en la providencia de Dios ni en la pertenencia del hombre a instancias espirituales superiores y decisivas; cree en cambio, en la providencia de los señores del mundo (hombres al fin y al cabo), en la beatitud que ellos, como por una voluntad divina, crearán para todos los hombres. El señor Toynbee no cree en la libre comunidad internacional, fundada en la soberanía equilibrada y consciente; cree en cambio en la soberanía superestatal, dirigida por hombres, cuya única ley sería la tecnología de conducción. Y como dice el antiguo adagio latino in cauda venenum, aquí se ve, en estas instancias prácticas, terriblemente prácticas del inglés Toynbee, cuál es el objeto de todas sus disquisiciones y de su supuesta ciencia de la profecía histórica. Se trata en una palabra de ablandar y desmovilizar las resistencias respecto de tales señores del mundo, si es que existen o han de existir: para ello, como si fuéramos niños, nos amenaza con el castigo de la bomba atómica (si no aceptamos), o con los caramelos de la beatitud de los señores del mundo (si aceptamos). El esquema no puede ser más simple, y demuestra además el grado de estupidez de que nos cree dotados, a nosotros y a otros ciudadanos de esta vasta y sufrida tierra.

El señor Toynbee que ha clasificado al animal humano en los vastos hormigueros que según él se han venido sucediendo sobre la tierra, sólo confía en las conclusiones de sus organigramas, funciones y tipos culturales, que en definitiva son manifestaciones del hombre mismo; para eso destruye toda idea superior y promotora: la idea de un Dios personal, de un estado político como término de una conciencia creadora; de una cultura espiritual, esfuerzo de los más hondos trasfondos del hombre mismo. Prefiere la idea de un hombre mecánico y tecnológico, desprovisto de todo idealismo, que no sea el de los señores del mundo; carente de toda fe, que no sea la de las bondades proféticas de Toynbee; quebrado en su voluntad soberana y entregado a la conducción de una sociedad esclavista, con pretensiones de ser una sociedad salvífica. Pues Toynbee se considera un "salvador", dentro de esos salvadores que examina en el volumen VI de su obra. Se considera empero más inteligente, pues combina todas las expresiones redentoras con la suprema ciencia de la tecnología política y el supremo instrumento del miedo y la pavura, frente a la bomba atómica: a ésta la manejan precisamente los señores del mundo, en manos de quienes nos quiere entregar el inglés invasor que nos visita en son de conquista histórico-cultural. No puede darse una colección de despropósitos mayores ni una befa más sangrienta a nuestra condición de hombres libres, responsables de nuestro destino, aunque tomara un rumbo equivocado; no puede darse mayor confusión de los valores eternos e intemporales con los valores espúreos y limitadísimos de un inglés, sofista de ultramar, que nos hace caminar por la planchada hacia el abismo de los tiburones, y que nos promete liberarnos, si nos entregamos al abismo de las hienas. Una sola respuesta cabe a este desafío: JAMÁS.


3


He mostrado sumariamente algunos aspectos fundamentales del pensamiento histórico de Toynbee, sobre todo aquellos que no están explícitos en su utilería conceptual y en su confesado y nefasto agnosticismo. Quiero referirme por último a algunos temas más determinados de sus múltiples conferencias a los aborígenes de estas tierras y a su trabajo en pro de la sinarquía mundial.

La gran prensa ha informado ampliamente de esta copiosa actividad de conferenciante, sin que se haya podido leer en ningún órgano periodístico la más leve crítica al inglés ablandador. Por el contrario, la imagen del conferenciante, el texto o el resumen de sus profecías amenazadoras, o de sus disquisiciones sorprendentes se nos imponen con nitidez en los más variados gestos, afirmaciones o reportajes. Al ruido creciente de las conferencias y coloquios se suma el ruido de la propaganda, encargada de subrayar las bondades del producto importado por el señor Toynbee. La cantidad e intensidad del ruido no tiene parangón en los últimos tiempos. Debemos consolarnos sin embargo: según la demonología antigua, cuanto más ruido hace un diablo, tanto menos eficaz puede resultar su presencia, por lo que siempre resultan más operativos los diablos silenciosos. Si hemos de juzgar pues, por el ruido coaligado de conferencias, coloquios y reportajes, pertenece éste a la cohorte de diablejos menores y fácilmente identificables.

Desde la llegada del historiador a nuestros puertos, un profuso programa de conferencias, mesas redondas, agasajos y visitas se ha sucedido sin interrupción. Y ello no tiene nada de extraño, dada la tradicional hidalguía de los argentinos. Pero ya en ese programa, digno de una ilustre autoridad, en el capítulo universidades nacionales se repite incansablemente el mismo tema: ¿para qué estudiar historia? El señor Toynbee se ha propuesto convencer a los aborígenes de que en "ese" estudio de la historia reside la panacea política de segura salvación, la nueva religiosidad de la inteligencia fenicia, el nuevo estatuto del hombre liberado de los "prejuicios" nacionales y religiosos. Esa conferencia-tipo (que fue además distribuida en algunos casos en ejemplares mimeografiados) fue repetida unas ocho o diez veces, palabra más, palabra menos. Con ello se transparenta la intención de golpear el frente juvenil e intelectual, mediante una acción vastamente concertada. Por eso mismo como parte de un programa de Defensa Nacional, pido al Presidente de la República me permita dar esta conferencia en todas las universidades nacionales para responder al historiador Toynbee, a quien considero verdadero invasor de la inteligencia argentina. Sería una contraposición justa, y además una prueba del esquema dialéctico del mismo Toynbee: DESAFÍO/RESPUESTA.

Por otra parte los temas allí considerados han sido abundantemente tratados por Toynbee en los últimos volúmenes de sus obras, y luego retomados en varias ocasiones; en primer lugar, en 1952, en audiciones de la B.B.C. de Londres, lecturas reunidas en un tomo con el título El mundo y el Occidente (Madrid, Aguilar, 1955). Luego en tres conferencias pronunciadas en la Universidad de Mc Gill (Montreal, Canadá), y cuya traducción se publicó en Buenos Aires el año pasado (El experimento contemporáneo con la civilización occidental, Emecé, 1965). Finalmente en recientes conferencias pronunciadas en Brasil y Uruguay, cuyo detalle omito, y donde seguramente ha repetido los mismos argumentos. Desde el fin de la segunda guerra mundial, Toynbee ha pasado a dirigir, con verdadero fervor religioso, la propaganda por un gobierno mundial, por el control de la natalidad, por la distribución mundial de alimentos, o a esclarecer los tópicos que se refieren a los acuerdos entre Oriente y Occidente. Por eso su programa político —suficientemente conocido— puede considerarse un programa concentracionista, sobre la base de lo que él reconoce como imperios actuales, a semejanza del imperio romano, por ejemplo, es decir, EE. UU. y Rusia Soviética (ellos desde luego son para nosotros, o por lo menos para quien habla, pseudos imperios, vastas concentraciones de poder esclavista, ejercicio de una filosofía política que significa lisa y llanamente la destrucción del hombre).

Toynbee, en cambio, que no cree en ninguna instancia suprema, como buen agnóstico, cree en el poder de los Estados Unidos y de la Rusia Soviética; los hace poderes "salvíficos", prontos a consagrarse a la causa de la humanidad y a concretar de modo brillante las extraordinarias profecías del inglés Toynbee. Y así dice con gran claridad en aquellas conferencias de Canadá: para esta concentración absoluta de poder mundial debemos contar con los dos puestos a sus ocupantes la máxima concentración del poder personal, o sea, la presidencia de EE. UU. y la presidencia del presidium de la Unión Soviética (la cita es textual).

El segundo frente que ha golpeado Toynbee, con ciertas variaciones temáticas ha sido el de las universidades privadas particularmente, claro está, las universidades católicas. Y aquí con hábil gesto conciliatorio, apoyándose para esto en las gestiones de Paulo VI por la paz en Vietnam ha insistido en la necesidad de un reparto equitativo del poder, en algo así como una previa chinoización o indianización del Asia, como una etapa de modulación hacia formas universales de control, en que todos los grandes estén presentes. Este punto ya había sido considerado por Toynbee en varios artículos y manifestaciones, singularmente en un trabajo titulado "La doctrina Johnson" y publicado por el diario La Nación, el 13 de junio de 1966. En este segundo frente embarcado como sabemos en un ecumenismo de dimensiones planetarias. Que hace de trasfondo para la vasta concertación mundial que quiere Toynbee, éste se propuso hacer de pedagogo, en su sibilino tema "Cómo prepararnos para ser ciudadanos del mundo", desarrollado en la Universidad del Salvador. Allí las instancias jesuíticas, que vibran de simpatía ante los planteos sinárquicos, mundialistas y superestatales, encontraron el maestro, capaz de ofrecer una supuesta doctrina histórica y un supuesto poder de previsión, apto para entusiasmar a los mediocres, pero deleznable y espúreo para formar a los héroes.

Finalmente, el tercer frente fue el de los institutos militares, en donde el inglés hizo desde luego preferentemente el planteó tecnológico, deslizando sin embargo su virus antinacional: la tecnología unifica la tierra entera, produce un impacto de la civilización occidental en todo el planeta y obliga a adoptar nuevas formas institucionales. Esas nuevas formas atañen al futuro inmediato de la humanidad, abocada según Toynbee al suicidio universal o a un acuerdo efectivo que establezca una autoridad eficiente sobre el mundo, y a cuyas órdenes obedezcan de grado o por la fuerza las naciones del orbe. Vuelve entonces el profeta a sus ya conocidos tópicos: u opresión de la destrucción u opresión de los señores del mundo. Pero siempre de opresión se trata.

No tendría esto excesiva importancia, o en todo caso se restringiría notablemente a una cuestión académica, si el mundo y el país no estuvieran en instantes excepcionales. Las teorías históricas y las profecías del señor Toynbee nos tendrían sin cuidado, o a lo más señalaríamos nuestras discrepancias académicas con el profesor inglés. Pero desdichadamente es otro el problema, más grave más espeso y más decisivo. Por eso parece oportuno alertar a los argentinos, consolidar sus ideales seculares, proponer instancias fundacionales, que enfrenten la confabulación, el miedo y la barbarie; en fin, recurrir a los más hondos recursos de la estirpe el suelo, la tradición y el coraje, para llevar adelante la empresa del espíritu nacional, la fundación de un estado nuevo, que salve a la nación y la integre definitivamente con un noble pueblo emancipado y soberano.

En los tres frentes enumerados se mezcla una violenta acción de guerra psicológica, especialmente perceptible en el nivel universitario. La universidad argentina destruida y dividida desde 1955, sigue representando el objetivo de primera prioridad para las fuerzas antinacionales y superestatales. En las universidades nacionales. entregadas en 1955 a las fuerzas bolcheviques, y en 1958 a una espúrea coalición, imaginada por el señor Frondizi, la prédica del señor Toynbee tiende a consolidar un saber tecnológico-político, una tecnocracia mundialista, sin atingencia con la tierra, la tradición o la historia: en las universidades libres, nacidas al calor del entreguismo de los años 1955 y 1958, la prédica del señor Toynbee tiende a coincidir con aquellos aspectos de transformación y cambio, visibles en muchos estamentos religiosos. Sus doctrinas antitradicionales, que se difunden en momentos de verdadera conmoción espiritual resultan un eficaz veneno para la pureza de la fe católica, y por ello un verdadero diluyente de la trama íntima del ser argentino. Lo señalo enfáticamente, porque cuando se trata de salvar la tierra y la nación nada debe ser óbice para su defensa. Quienes le abren las puertas a este invasor de la inteligencia siguen la línea táctica que comenzó en 1955: la táctica de Corea, es decir, la profunda escisión de la unidad espiritual y nacional de los argentinos.

En fin, en la formación de los oficiales de nuestro ejército, su prédica vastamente fundada en interminables disquisiciones empíricas, tiende a subrayar el predominio del contexto bélico-tecnológico, en detrimento del soldado humanista socavando de este modo uno de los fundamentos de la vocación militar.

El señor Toynbee sin embargo, es un gigante con pies de barro, poderoso en su contextura internacional, pero débil en sus fundamentos espirituales y humanísticos. Es además signo del imperio inglés decadente que quiere integrarse, claro está en el imperio mundial sinárquico, que con tanta pasión defiende Toynbee.

Esos pies de barro pueden advertirse en tres cuestiones decisivas con cuyo breve examen termino esta disertación: Ellas son: 1) la noción de hombre; 2) la concepción empirista de la historia; 3) la noción de poder. He de referirme sucintamente a cada una de ellas.

Toynbee maneja una empobrecida noción del hombre, y siendo tan empirista destruye el contexto de un hombre riquísimo en instancias y en posibilidades institucionales. No es esa noción la heleno-cristiana, que se caracteriza por dos notas fundamentales: inspiración y transfiguración. En la inspiración, según los griegos, se transparenta el nivel celeste de las musas que procuran que los hombres sean algo más que vientres; por eso ellas sostienen simultáneamente al verdadero poeta y al verdadero gobernante. Por eso la obra del gobernante, es decir, la obra política es del reino de la inspiración, es absoluta y diáfanamente fundacional en la medida en que instaura la justicia o promueve las más hondas creaciones espirituales. Por eso la polis griega significa el modelo absoluto de toda sociedad, que busque una armoniosa construcción en que el hombre no sea el lobo del hombre ni el hombre dueño del hombre, sino el hombre partícipe de la justicia alentado en sus fuerzas creadoras pronto a distinguir la diferencia entre el heroísmo y la cobardía la belleza y la fealdad la verdad y las apariencias. Por eso, el hombre que propugna Toynbee es antihelénico: es fenicio, en el más crudo significado del término.

En la transfiguración a su vez el hombre cristiano busca la perduración entitativa y su coronación celeste y transtemporal. Allí encontramos una lumbre que nos reconforta y consuela, para aceptar el destino y cumplirlo con entereza.

Tampoco es la noción de hombre que maneja Toynbee la romano-medieval, o la romano-germánica que se constituye por una poderosa alianza entre la máxima objetividad y la máxima subjetividad. No hay hombre más audaz que éste, pero tampoco más contenido y humilde, más confiado, fervoroso y decidido. En esa doble instancia heleno-cristiana y romano-gótica descansa Europa, América y el mundo; en esa doble raíz se apoya lo más entrañable de nuestra Nación. La destrucción de esas raíces significa la sustitución de la Nación por otras instancias y. otros fundamentos. La destrucción de esas raíces significa, lisa y llanamente, el perecimiento de la Nación.

Toynbee en cambio nos propone un hombre mecánico que salga de las manos de los sociólogos historiadores y planificadores, como un plástico, apto para sufrir los estímulos de los señores del mundo y dóciles a sus proyectos de escala planetaria. Quiere un hombre determinado por técnicas biológicas, por esquemas de integración y desarrollo, con que hoy todo se resolvería: integración en un estado mundial y desarrollo según un humanismo ecumenista racionalista y ateo que ha olvidado las instancias más profundas y más entrañables del corazón humano. Integración y desarrollo mundialistas, que so pretexto de justicia, destruye la armonía de la justicia; so pretexto de previsión y futurismo esclaviza el mundo interior de los hombres, y so pretexto de caridad los empuja a una vasta masa amorfa gobernada por los privilegiados que planifican. Si para todo ello, el estímulo más fructífero ha de ser la propaganda por la paz entonces oiremos que hasta las piedras, convenientemente preparadas, gritarán -paz paz"; si el estímulo, en cambio, ha de ser la guerra, no trepidarán en desatarla, y entonces servirán a las mil maravillas las profecías del señor Toynbee. Pues paz y guerra son en estas circunstancias, meros instrumentos de gobierno según escalas planetarias, ya en vigencia en el mundo según recursos operativos de increíbles efectos institucionales y culturales. La guerra con que nos amenaza Toynbee es un motivo tan innoble como la paz que pueden dictar sin cambiar de estrategia los señores de la guerra. Por eso mismo la absurda fe que predica Toynbee —que es en realidad una anti-Fe— puede ser la fe de los ilotas o de los ilusos, pero nunca coincidirá con el reclamo más hondo de la inteligencia y del corazón; su paz y su guerra nos tienen sin cuidado, porque no son ni la paz ni las guerras verdaderas.

En una palabra pues la noción de hombre propuesta por el inglés hace descansar todo en el privilegio de pertenecer a una secta de conductores, munidos de tan absoluto poder por razones misteriosas que el racionalismo de Toynbee no puede explicar. En lugar de la santidad y el heroísmo, en lugar del genio político o artístico, preséntanse ahora unos hombres que asumen el papel de "señores del mundo", ante cuyas instancias deben caducar las naciones. En lugar de los antiguos dioses, colmados de lumbre y benéfica amistad, debemos aceptar ahora estos nuevos olímpicos: los tecnócratas de la paz o de la guerra; en lugar de la antigua beatitud celeste, es preciso colaborar para la beatitud de las máquinas electrónicas; en lugar de la libre unión de las naciones es preciso ponerse a construir este nuevo hombre, dirigido por Toynbee y los maestros de Toynbee. No puede darse mayor despropósito que semejantes fundamentos, y no puede ser más nítida la vasta esclavitud que se proyecta.

De aquí nace al mismo tiempo la concepción empirista de la historia, cuyos acontecimientos definen por un puro azar el rumbo para la voluntad de los hombres. Como la historia, según Toynbee nos ha llevado a la encrucijada de la guerra atómica, debemos aceptar el señorío de quienes la propugnan, sumándonos a la paz que, con la amenaza de esa guerra, dictan, dirigen y explotan. La sabiduría pues consiste para Toynbee en someterse a ese carácter empírico fáctico superior a nuestro arbitrio, y en establecer por un nuevo acto empírico el rumbo a seguir. Si para ello es preciso entregar a lo que entendemos por patria, nación o estirpe; cambiar tradiciones y metas, tolerar dominios o invasiones, la historia lo señalará con su proceso empírico, tal como en las circunstancias del presente. Por eso Toynbee predica la religión de la no violencia, precisamente para convencernos de que siempre será mejor la paz de los señores de la guerra, la paz de los pólipos socialoides o bolchevizados, la paz que dicta el terror, suscitado por los amos del mundo.

A la estrechísima y empobrecida concepción del hombre corresponde está restringida concepción de la historia: ella no salva ni condena simplemente es un decurso ciego al que debemos acomodarnos.

Finalmente, la noción de poder. Quizá sea éste el punto más venenoso en la prédica disolvente de Toynbee y en su profetismo para uso de los sinarcas mundiales. Pues el poder ha tenido tres caracteres o tres formas desde la antigüedad hasta el siglo XIX: el pontifical o religioso el poder militar o decisionista el poder institucional o fundacional, o, como diríamos en términos modernos, el poder civil. Pero ninguna de esas formas fue efecto de logias esotéricas sino armoniosa coincidencia de una tradición y un espíritu creador. Por eso cuando Toynbee compara la situación contemporánea de Occidente con la constitución y consolidación del imperio romano, comete imperdonable error o difunde siniestra confusiones, que sólo pueden significar presión de una propaganda inhumana y calculadora.

En efecto, hoy el poder tiene dos notas que Toynbee oculta con destreza: es esotérico y es tecnocrático. En sus formas ocultas, esconde las verdaderas tendencias de una dominación cruel y sin límite; en sus formas tecnocráticas, destruye las instancias humanas (por ejemplo la patria y la nación), preparando vastos recursos de consolidación y explotación. Por ello el poder de EE. UU. y el de la Unión Soviética —tan elogiados por Toynbee— tienen caracteres absolutamente destructivos, inaceptables para las estirpes libres, para la sangre generosa y para una conciencia que no se edifique sobre la mentira y la traición. El poder de EE.UU. constituye un pseudo imperio, cuya trama capitalista pretende una conducción tecnocrática sobre las viejas y derruidas manifestaciones del liberalismo. El poder soviético, a su vez es otro pseudo imperio, cuya trama socialista-comunista se ha erigido sobre los nefastos resultados de guerras inicuas y de planes siniestros. En ninguno de esos poderes puede confiar en ningún sentido nuestra sufrida tierra; nuestro deber, en cambio, es preservarla, protegerla y transmitirla incólume, como un bien sagrado e intocable.

Ahora bien, Toynbee pretende unir estos dos falsos imperios modernos, como en una síntesis dialéctica, para otorgarnos así un supuesto poder imperial que promueva nuevos rumbos a la historia contemporánea, tal como ocurrió en la antigüedad con el imperio de Augusto; Toynbee pretende pues servir a los caracteres esotéricos y tecnocráticos de ese poder en construcción que se llama sinarquía, para lo cual es preciso ablandar todas las instancias nacionales.

En la noción de hombre, en la noción de una historia empírica y en la concepción del poder advertimos los verdaderos trasfondos del historiador inglés: es un esclavista tecnocrático que sondea y juzga sobre las resistencias espirituales, sobre la capacidad crítica y sobre el carácter o la voluntad nacional de los argentinos. Si fuéramos a juzgar por las instancias oficiales, por las repeticiones indecorosas y por los agasajos que se le tributan a quien mide la profundidad y vigor de nuestras resistencias morales, parecería todo perdido. Pero no es así, y es ésta la gran confusión de los tecnócratas, la gran fisura de sus falsos poderes imperiales.


4


El destino nos ha puesto en una tierra concreta, en un momento inconfundible: las dificultades que enfrentamos son a veces ingentes y se acrecientan por momentos. En torno nuestro, vastas concertaciones mundiales despliegan sus falanges, sus técnicas, sus hombres, sus recursos. Sepamos en esta guerra sin pausa conservar nuestra claridad crítica, para derrotar a estos profetas, cuyos esquemas no alcanzan a medir nunca la profundidad creadora de los hombres y cuyos juicios son muy débiles para sondear las ignotas predilecciones de la Providencia, sus designios incomprensibles, pero de todos modos suscitantes y dispensadores. En todo caso es preferible este acto de confianza existencial —en lo que somos y tenemos— antes que ser devorados por los ídolos vacíos de este historicismo sospechoso y espúreo. Recordemos que un individuo concreto o muchos individuos podrán alcanzar una felicidad personal en el sistema sinarquista de hormiguero; pero no por eso la ruina entera de la patria dejará de afectarlos de alguna manera o dejará de ser una traición nefasta y un dolor entrañable; mientras que a la inversa en una patria dichosa y soberana, que sabe armonizar su historia y la del mundo; que da lo que debe, pero es celosa también de lo que debe cuidar, cualquier clase de infortunio es más tolerable y más fructífero, cualquier sacrificio es una honda instancia renovadora para los que nos sucedan en el decurso de los siglos. La historia nos impone, en este sentido. contra lo que afirma Toynbee un mandato muy claro: no sólo conservar lo que nuestros mayores procuraron, sino acrecentarlo en un nuevo empuje fundacional, que sea testimonio de otras raíces humanas no contaminadas por el fariseísmo y el filisteísmo, por el corrosivo y deleznable saber de los Toynbee y Compañía, por la orgullosa desmesura de los tecnócratas.

Por eso mismo, mi respuesta comporta no sólo una discrepancia teórica o académica, fundada en sólidas razones filosóficas, religiosas y patrióticas. Significa también un sucinto programa nacional, vigente en cuatro términos decisivos: tierra, pueblo, nación y estado. La tierra es intransferible, incambiable; es la sede sagrada y luminosa que nos sostiene con indecible ternura, con vigorosa gravedad, que nos empuja con ancestrales mandatos a ser fieles hasta el fin. El pueblo es una alertada conciencia creadora, que busca manifestarse y vigorizarse en una armoniosa estructura política. La Nación es la empresa espiritual histórica, de la que depende la continuidad política en un mundo difícil y contradictorio, un mundo en que los sinarcas como Toynbee pretenden conducirnos a la plasticidad de esclavos dóciles y productivos. En fin, el estado es el recurso consciente de la soberanía y la justicia, su extrema claridad fundacional, su hondo sentido de servicio y de humanismo político.

Por ello frente al programa sinárquico de Toynbee que es en síntesis la disolución del Estado Nacional. Propugnamos el advenimiento de un nuevo estado, de caracteres fundacionales que salve la tierra y la Nación, las libere de los invasores y los inicuos personeros de poderes superestatales; que configure al pueblo como indestructible unidad histórica, y que consagre la Nación como la intocable medida de un destino fervoroso, hondamente creador y suscitante, consolidada según instancias de una justicia verdadera e inviolable, en fin, una Nación que no devore a sus hijos, sino que los eleve a la más alta posesión de los bienes humanos y su conciencia política.

Propugnamos pues contra Toynbee, sus personeros o sus mandantes, sus poderes o sus recursos, un estado fundacional, que reconquiste la tierra de los argentinos para los argentinos; que despierte los trasfondos dormidos de la conciencia política, restaure sus instancias erosionadas, consolide las fuerzas creadoras de un pueblo libre. En fin un estado fundacional y soberano que emprenda al nivel de la Nación Argentina, que debe ser para nosotros indestructible y sagrada, una obra absolutamente nueva en cuanto al vigor de sus trazos y al designio de sus ejecutores, a fin de expulsar sin tardanza a los que corrompen el alma nacional, la hacen sierva de intereses deleznables o quieren convertirla en herramienta de una vasta conspiración esclavizadora. Nuestra respuesta a Toynbee es pues: guerra total al invasor, consolidación de la justicia entitativa de la Nación, instauración de un estado fundacional, forjado por los argentinos, con la alegre consagración de la tierra argentina. Ese es nuestro destino, esa nuestra empresa, esa nuestra definitiva formulación política.









APENDICE




A LA OPINIÓN PÚBLICA:

El Sindicato Argentino de Trabajadores Intelectuales ha enfrentado la prédica disolvente y las doctrinas nefastas del historiador inglés Arnold J. Toynbee, organizando una conferencia que pronunció el ex profesor del Centro de Altos Estudios del Ejército, Dr. Carlos A. Disandro, titulada "Respuesta de un aborigen a Toynbee".

El conferenciante demostró la peligrosidad, la falacia y el contenido espúreo de las disertaciones del enviado inglés. Al término de la disertación, se resolvió emitir una declaración, firmada por el conferenciante y un numeroso grupo de argentinos, de todas las condiciones, profesiones y oficios, declaración dirigida al señor Presidente de la República, a las FF. AA. y a todos los patriotas de nuestra querida tierra. La declaración dice así:

El historiador Arnold J. Toynbee, delegado de poderes superestatales ha hecho una vasta propaganda en todos los medios universitarios, en los institutos formativos de las FF. AA., etc., con el propósito de socavar los fundamentos espirituales y políticos de nuestra soberanía nacional.

Los fundamentos filosóficos, religiosos, históricos y éticos del señor Toynbee son por lo demás endebles, espúreos e interesados en una línea política de esclavitud y sometimiento que los argentinos libres, firmantes de esta declaración, no pueden admitir ni tolerar.

Se ha dado, además, la circunstancia inaudita de que el historiador Toynbee ha repetido su propaganda en todas las universidades nacionales, atacando el frente juvenil argentino y pretendiendo diseminar una vasta acción de ablandamiento y desmovilización de la inteligencia argentina.

El disertante, Dr. Carlos A. Disandro, ha respondido con claridad meridiana a ese ataque y ha explicado sucintamente las razones de esta "operación Toynbee" en momentos tan difíciles para el país y para los argentinos.

En consecuencia, este Sindicato Argentino de Trabajadores Intelectuales, y los argentinos libres de un estado libre que signan esta comunicación, se dirigen al señor Presidente de la República y a los comandantes en jefe de las Fuerzas Armadas para que, en nombre de la dignidad nacional, befada por el señor Toynbee, en nombre de la Defensa Nacional, a la que nos debemos todos los argentinos, dispongan la repetición de la conferencia del Dr. Disandro en las Universidades nacionales y en los altos institutos formativos de las FF. AA. Será justicia, pues es la respuesta de un argentino libre, en defensa de la patria y para la formación de nuestras juventudes.


Buenos Aires, 21 de octubre de 1966.





Publicado por Editorial Montonera (La Plata, marzo de 1967) 


LA COMPRA DE LA REPÚBLICA


Por Giovanni Papini (1932) 

Nueva York, 22 de marzo.
En este mes he comprado una República. Capricho costoso que no tendrá continuaciones. Era un deseo que tenía desde hace mucho tiempo y del que he querido librarme. Me imaginaba que eso de ser el amo de un país daba más gusto.
La ocasión era buena y el negocio quedó concluido en pocos días. Al presidente le llegaba el agua hasta el cuello: suministerio, compuesto por paniaguados suyos, estaba en peligro. Las arcas de la República estaban vacías; imponer nuevos impuestos hubiera sido la señal para el derrocamiento de todo el clan que asumía el poder, tal vez de una revolución. Ya había un general que armaba bandas de rebeldes y prometía cargos y empleos al primero que llegaba.
Un agente americano que estaba allí me advirtió. El ministro de Hacienda corrió a Nueva York: en cuatro días nos pusimos de acuerdo. Anticipé algunos millones de dólares a la República y además asigné al presidente, a todos los ministros y a sus secretarios unos estipendios dobles que los que recibían del Estado. Me han dado en prenda -sin que lo sepa el pueblo- las aduanas y los monopolios. Además, el presidente y los ministros han firmado un convenio secreto que, prácticamente, me da el control sobre toda la vida de la República. Aunque yo parezca, cuando voy allí, un simple huésped de paso, soy, en realidad, el amo casi absoluto del país. En estos días he tenido que dar una nueva subvención, bastante fuerte, para la renovación del material del ejército y me he asegurado, a cambio de ello, nuevos privilegios.
El espectáculo, para mí, es bastante divertido. Las cámaras continúan legislando, en apariencia libremente; los ciudadanos siguen imaginándose que la República es autónoma e independiente y que de su voluntad depende el curso de los acontecimientos. No saben que todo lo que ellos creen poseer -vida, bienes, derechos civiles- penden, en última instancia, de un extranjero desconocido para ellos, es decir, de mí.
Mañana puedo ordenar la clausura del Parlamento, una reforma de la Constitución, el aumento de las tarifas de aduanas, la expulsión de los inmigrantes. Podría, si quisiese, revelar los acuerdos secretos de la camarilla ahora dominante y derribar con ello al Gobierno, desde el presidente hasta el último secretario. No me sería imposible empujar al país que tengo en mis manos a declarar la guerra a una de las repúblicas limítrofes.
Este poder oculto, pero ilimitado, me ha hecho pasar algunas horas agradables. Sufrir todas las molestias y servidumbre de la comedia política es una fatiga tremenda; pero ser el titiritero que, tras el telón, puede solazarse tirando de los hilos de los fantoches obedientes a sus movimientos es un oficio voluptuoso.Mi desprecio por los hombres encuentra aquí un sabroso alimento y miles de confirmaciones.
Yo no soy más que el rey de incógnito de una pequeña República en desorden, pero la facilidad con que he conseguido adueñármela y el evidente interés de todos los enterados en conservar el secreto, me hace pensar que otras naciones, y bastante más grandes e importantes que mi República, viven, sin darse cuenta, bajo una análoga dependencia de misteriosos soberanos extranjeros. Siendo necesario mucho más dinero para su adquisición, se tratará, en vez de un solo dueño, como en mi caso, de un trust, de un sindicato de negocios, de un grupo restringido de capitalistas o de banqueros.
Pero tengo fundadas sospechas de que otros países son efectivamente gobernados por pequeños comités de reyes invisibles, conocidos solamente por sus hombres de confianza, que continúan representando con naturalidad el papel de jefes legítimos.

 Obras - Ed. Aguilar, tomo I, págs. 542-543.
Publicado en la revista  La Hostería Volante Nº 40 . Febrero de 1994

viernes, 7 de diciembre de 2012

DOCUMENTOS DE LA SEGUNDA GUERRA DE LA INDEPENDENCIA



Discurso pronunciado por la Exma. Sra. Presidente de la Nación, doña María Estela Martínez de Perón desde el balcón histórico de la Casa de Gobierno, con motivo de la celebración del Día de la Lealtad.


Buenos Aires, 17 de octubre de 1975.





Compañeros:

Les voy a pedir un minuto de silencio, en memoria del Teniente General Perón y Eva Perón.

Muchas gracias.

Muchas gracias por esta expresión de cariño que llevaré grabada eternamente en lo más profundo de mi corazón, porque proviene de lo mejor que tenemos: el Pueblo.

Compañeros:

Hoy hace exactamente treinta años, el pueblo cambió de rumbo la historia argentina.

Porque el Coronel Perón, en aquel 17 de octubre de 1945, en esa epopeya memorable, gestó el Movimiento Nacional Justicialista.

Nadie sospechaba que los descamisados podrían salir a ganar la calle para gritar el nuevo nombre de la esperanza: el nombre del General Perón.

Pero ese día llegó, como llegó también el día de hoy.

Se inició entonces, una nueva etapa de la vida cívica argentina, con la participación protagónica del pueblo.

Desde entonces nuestras banderas se alzaron -sostenidas por la mayoría peronista-, sobre todos los continentes del país. A su sombra, y con su empuje, se fue realizando una auténtica revolución, que transformó los cimientos de la Nación.

PAUSA PARA LA REFLEXIÓN Y LA AUTOCRÍTICA:

Hoy, a tres décadas del memorable pronunciamiento popular, hacemos la pausa propicia para la reflexión serena y la autocrítica constructiva.

Desde entonces, el peronismo, en la legalidad o en la proscripción, siempre estuvo presente en la vida nacional, como su más poderosa fuerza política.

Ello indica compañeros que su doctrina y sus banderas interpretan el pensamiento de las grandes mayorías argentinas.

Hace apenas dos años, siete millones de votos se han pronunciado en el país por la doctrina de nuestra Revolución en Paz.

Una Revolución en Paz no es corta ni fácil.

Esta idea de la Revolución en Paz puede discutirse como teoría o puede fracasar en los hechos. Lo que no puede hacerse es ignorarla o falsearla, cuando se ha convertido en mandato por la libre decisión del pueblo.

El devenir nos exige ajustar nuestras banderas de Justicia, Independencia y Soberanía, a la nueva sociedad que el progreso y la evolución están construyendo en el mundo y en nuestra Patria.

Somos un movimiento de masas, con inspiración humana y cristiana, por eso mismo asumimos la continuidad de los valores sagrados de la Tradición Nacional.

La misma sangre patriota:

Por las venas de peronismo corren las mismas sangres de los hombres y mujeres que hicieron la patria entregándolo todo, sin pedir nada.

Debemos afrontar las exigencias de la hora. Vamos a expresar nuestras banderas en términos del diálogo y convivencia. De unidad y cohesión nacional. De Democracia y de Derecho.

Concretaremos así, la síntesis del pensamiento y la voluntad de los argentinos, siguiendo el proyecto y la filosofía del General Perón.

Este breve periodo de descanso que he tomado para reponer fuerzas, ha sido también tiempo de meditación para una toma de conciencia efectiva del pasado inmediato, del presente acuciante y del futuro triunfante.

Continuaremos el diálogo con todos los sectores representativos de la vida nacional. 

Ello permitirá que las medidas que se adopten, con el conocimiento de las diversas opiniones, tengan la efectividad que el pluralismo político que hemos profesado y respetado, genera en toda democracia.

Un deber inexcusable: luchar contra la subversión.

La base es considerar un deber inexcusable de todo argentino, la lucha contra la subversión, la violencia, y el terrorismo.

Esta lucha debe ser sin distingos de ninguna clase, en todas sus expresiones y con un solo fin, que es erradicar la reacción terrorista definitivamente, y a todos aquellos que se quieren encaramar en el poder, usando la camiseta peronista.

La subversión ataca, antes que nada al gobierno peronista, al que quiere desalojar del poder. Pretende también provocar una subversión sediciosa desde arriba para luchar así, en un mismo terreno de ilegitimidad, porque aquí, el único heredero es el pueblo peronista.

Combatiremos con decisión todos los grandes males que a diario atentan contra la nacionalidad: desde la guerrilla hasta la inmoralidad.

No dejaremos sector sin atacar ni corregir. Afrontaremos nuestra responsabilidad, sin titubeos ni declinaciones.

Dentro del marco de la ley y del respeto, haremos efectivo el pensamiento del Teniente General Perón, nuestro líder, cuando dijo que “por sobre todo, debe hermanarnos la condición de argentinos”, cualquiera fuere la militancia política, con la sola excepción de quiénes enrolados en el terrorismo, se excluyen de la convivencia civilizada de la paz, y del orden, con la pretensión de arrastrarnos al caos y de algunos idiotas útiles que se prestan para que así sea.

Es por ello que invito al pueblo argentino a participar en esta responsabilidad colectiva para reconstruir el país, se nos exige rectificar errores.

Nos preguntamos: ¿quiénes están exentos de ellos?

El que sea capaz de decirlo que arroje la primera piedra.

DEFENDER LOS SALARIOS:

Se nos acusa de tomar medidas demagógicas. Y apenas hace dos días las áreas competentes del Gobierno Nacional, juntamente con la Confederación General del Trabajo, interpretando fiel y responsablemente la Doctrina Peronista, resolvieron que lo más importante para los trabajadores es la defensa del poder adquisitivo de los salarios.

Para ello es necesario impedir que los precios sigan subiendo por el ascensor y los salarios por la escalera, como decía el General Perón.

Por eso, sobre todas las cosas, acentuaremos la lucha sin pausa contra el terrorismo económico, aliado y socio de la subversión.

Hace treinta años el pueblo se volcó en esta plaza en una jornada de lucha, no para pedir un aumento de salarios, sino para rescatar a un líder que le había abierto las puertas hacia su propia dignidad, hacia su condición de dueño y artífice de su propio destino, hacia la verdadera y propia libertad.

Esto y no otra cosa salimos a defender en 1945.

Esto y no otra cosa continuaremos defendiendo cada 17 de octubre.

Pido al pueblo peronista especial énfasis en el cumplimiento de nuestras responsabilidades.

Tenemos que recorrer todavía un camino muy arduo y es deber de todos hacerlo solidariamente unidos.

A los dirigentes peronistas les exhorto a obrar con sensatez y disciplina. Les recuerdo que nuestro principal deber es mantener la unidad de nuestra fuerza e impedir que nada ni nadie pueda destruir el Movimiento Nacional Justicialista.

Reitero que el Partido Justicialista se va a reorganizar libre y democráticamente, acatando las decisiones de las bases.

No habrá en la reorganización ni hijos ni entenados, y el afiliado será el único juez de los méritos y los títulos de quienes se postulen para dirigentes.

LAS FUERZAS ARMADAS Y EL JUSTICIALISMO:

Expreso la solidaridad del Movimiento Nacional Justicialista con las Fuerzas Armadas y de seguridad, en esta lucha decidida contra la delincuencia subversiva.

Sus muertos, son nuestros muertos y son el testimonio de que jamás traicionaremos nuestros destinos.

A las fuerzas empresarias les exhorto a armonizar sus legítimos intereses con las necesidades de la coyuntura económica y social, con la convicción de que la grandeza del país es un objetivo comunitario de primer orden.

En medio de la recesión mundial, la argentina quiere seguir creciendo sin renunciar nunca al pleno empleo y manteniendo el principio de su independencia económica.

A todos les pido, en nombre del General Perón –que tantas veces habló desde esta histórica plaza de mayo-, productividad, trabajo y disciplina social, en un clima de paz y respeto a los derechos y a la personalidad de cada uno.

RESTAURAR EL ORDEN SOCIAL

Apoyados en la restauración de este orden social, dinamizaremos la economía para ponerla al servicio del pueblo del país.

Con estas palabras, que traducen el pensamiento del General Perón, expresadas tantas veces –como dije recién-, en sus discursos magistrales y en las cátedras que dictara-, renuevo las esperanzas que encendieron la vida de Eva Perón, la gran heroína del 17 de octubre, y entiendo así haber concretado el homenaje que merece esta celebración.

Ellos vivieron para la Patria y para su Pueblo. Vivamos también nosotros para la patria y para el pueblo, que tanto se lo merece.

A los compañeros presentes, les repito mi cariño, mi solidaridad de todas las horas, y les prometo mantener en alto nuestras banderas.

Los abrazo con el cariño más enorme y más profundo, y les digo a todos, en este momento tan importante y tan grande para los peronistas: ¡Señor Dios, bendice al pueblo! Y yo los saludos diciendo ¡Presente, mi General!

Les pido por favor, como es norma de nuestras filas, que nos retiremos tranquilos, en paz y en orden, como siempre lo hemos hecho, dando ejemplo justicialista.

Muchas gracias.

viernes, 2 de noviembre de 2012

CARTILLA DOCTRINARIA



LA TERCERA POSICIÓN

DOCTRINA DEL GENERAL PERÓN






jueves, 25 de octubre de 2012

UNA CONDUCTA AL SERVICIO DE UNA ESTRATEGIA NACIONAL




 


Entre el 31 de Mayo y el 2 de Junio de 1973 se realiza en el país, el congreso nacional extraordinario “Argentina Liberada”, organizado por la Confederación General del Trabajo (C.G.T.). Conducida en ese entonces por José Ignacio Rucci, el Congreso tenía como objetivo analizar y reorganizar la CGT ante la nueva situación política del país con el triunfo de Héctor Cámpora en las elecciones presidenciales. El tema central era “La estrategia de la CGT al servicio de una política nacional y liberadora”.
El evento fue bastante multitudinario dentro del ámbito sindical y contó con la participación de delegaciones extranjeras de 30 países, más 49 representaciones a nivel de embajadas y la adhesión de 16 entidades mundiales (entre ellas, estaban la Federación Sindical Mundial, la Confederación Internacional de Organizaciones Sindicales y la Federación Mundial de Trabajadores).
Como resultado de ese evento, entre otras cosas, se confecciona un libro llamado “Una conducta al servicio de una Estrategia Nacional” con todas las principales solicitadas, documentos, declaraciones de la CGT en el periodo 1970-1973 a partir de la asunción de Rucci como Secretario General.
 
ACCESO AL LIBRO COMPLETO



 
Argentina Liberada, Resumen de la actividad de la CGT

domingo, 30 de septiembre de 2012

NIMIO DE ANQUIN


MITO Y POLÍTICA1




           
A la memoria de mis ilustres comprovincianos:

          Leopoldo Lugones (el de la madurez)
y
      Teniente Coronel Oscar L. Cogorno, caído gloriosamente por el bien común de la patria.




El opúsculo presente, fue escrito en una primera redacción a fines de 1955, para un periódico de Buenos Aires que dejó de aparecer antes de incluirlo en sus columnas. Posteriormente ha sido ampliado, pero sin modificar fundamentalmente la redacción primitiva.
La concepción política que aquí exponemos es organicista y anti-mítica. Para nosotros el Estado es una institución natural y necesaria. El individuo pertenece al Estado, en cuanto éste es el todo y aquél la parte, “porque cada parte, en cuanto tal es algo del todo y un hombre cualquiera es parte de la comunidad, y, por lo tanto, todo lo que él es pertenece a la sociedad” (quia quaelibet pars, id quod est, est totius. Quilibet autem homo est pars communitatis: et ita id quod est, est communitatis. S. Tomás de Aquino, Summ. Theol. II-IIae, q. 64, a. 5). Analógicamente se puede afirmar que “siendo un miembro cualquiera parte de todo el cuerpo humano, existe para el todo como lo imperfecto para lo perfecto... todo hombre se ordena, como a su fin a la sociedad entera, de la que es parte” (cum membrum aliquod sit pars totius humani corporis, est propter totum, sicut imperfectum propter perfectum... ipse totus homo ordinatur ut ad finem ad totam communitatem cuius est pars. Idem, ibid. II-IIae, a.1). “En todos los seres creados lo óptimo es el orden universal en que consiste el bien del universo; así como en las cosas humanas el bien de la Sociedad es más divino que el bien singular” (Optimum autem in omnibus entibus creatis est ordo universi, in quo bonum universi consistit; sicut in rebus humanis bonum gentis est divinius quam bonun unius. Idem, Suma contra Gentiles. L. II. Cap. XLII). Esta es la doctrina clásica del Estado heredada de los griegos, expuesta por Aristóteles en su Política y transcripta por Santo Tomás en sus comentarios.

Es la doctrina del hombre natural, occidental (pues el hombre oriental es cosa distinta), regido por el predominio necesario del Bien Común. Es decir, el Bien Común intrínseco a la sociedad política, o el que nosotros hemos llamado en nuestra ponencia al Congreso filosófico Balmes-Suárez de Barcelona (1948): “Bien Común del aquende”. Este fin no es un bien extrapolado, para el cual la terminología tomista reserva el nombre de Bien Común trascendente (Dios mismo como fin de los actos humanos libres), y al que nosotros apellidamos “Bien Común del allende”. La creencia de que entre ambos bienes hay una relación necesaria ha desorientado a ciertos comentaristas de Santo Tomás, que no aciertan a conciliar los principios que hemos trascripto, con otros como éste: “El hombre no se ordena a la comunidad política según todo su ser y todas las cosas que le pertenecen”, (homo non ordinatur ad com munitatem politicam secundum se totum, et secundum omnia sua. Idem, Summa theol. I-IIae; q. 21, a 4, ad finem). La reducción que este concepto impone a la doctrina anteriormente citada procede de que, en este pasaje de la Suma Teológica, Santo Tomás tiene en vista el Estado cristiano, es decir, el Bien Común trascendente (Bien Común extrapolado o del allende). Mas el Estado cristiano históricamente es contingente, y en realidad ya no existe más; mientras que el Estado griego, que es el Estado humano-natural es tan permanente como el hombre occidental mismo. No hay contradicción alguna en Santo Tomás, pues él nos ha dado las dos versiones del Estado, de acuerdo a las dos significaciones analógicas del Bien Común.
Ahora bien, muerto el Estado cristiano (el Sacro Imperio, el de una sociedad con la potestas y la auctoritas en una sola mano, es decir, la del Pontífice) el conflicto entre Estado y persona quedó reducido proporcionalmente, pues el Bien Común trascendente o del allende en las sociedades progresivamente descristianizadas tiene un valor muy relativo, o nulo. A medida que el hombre occidental recupera sus formas naturales y perennes de vida y se deshace de lo accidental, adquirido en un largo proceso histórico, para ligar su subsistencia al Bien Común intrínseco o del aquende, reedifica sus instituciones de acuerdo a su naturaleza. Esto significa un proceso de secularización o re-secularización de la sociedad moderna, tanto mas acelerado y efectivo, cuanto se relaja en ella el vínculo que asociaba lo natural con lo cristiano o sobrenatural. Por ello, las formas políticas griegas tienden o reaparecer analógicamente, por cierto que sujetas a las nuevas circunstancias históricas. La gravitación del Bien Común trascendente depende del grado de cristianización de la sociedad, pero todo parece indicar que este grado tiende a decrecer hoy hasta cero. Desde el siglo XIII la disyunción de los dos órdenes ha sido cada vez mayor, a medida que en el hombre ha ido aumentando la conciencia de ser “hijo de la tierra”. El hombre vuelve a sí mismo como después de una sublime aventura. El propio Nietzsche —a quien pertenece la expresión “hijo de la tierra”— afirmó que el Cristianismo equivalía a una “transmutación de todos los valores” (Umwälzung der Werte). Pero ahora parece que esa transmutación ha concluido, y que el Cristianismo es ya inoperante: el hombre está solo y solitario, y Dios con “los ángeles y los gorriones”. El hombre en su sociedad excogita nuevas formas de pensamiento de vida y de organización, y éste es el estado actual del mundo.

Si algún pensador medieval tiene vigencia en la sociedad secularizada de hoy, es Tomás de Aquino, pero no el teólogo, sino el filósofo, si fueran separables. La idea política expresada en la sentencia de la Suma Teológica I, IIae, q. 21, a 4, que hemos trascripto, tendría vigencia  —y realmente la tuvo— en la sociedad cristiana anterior a Bonifacio VIII, cuando el príncipe encaminaba el ejercicio de su potestas hacia el Bien Común trascendente; pero ahora, cuando esa vocación no existe más formalmente en los gobernantes, quienes sólo miran al Bien Común intrínseco de un Estado radicalmente secularizado, la doctrina teológica no tiene ningún eco. Sí lo tiene, en cambio, la doctrina filosófica derivada directamente de la Política aristotélica, porque ella expresa la concepción del hombre natural, por lo cual es substancialmente verdadera, por lo menos respecto al ser humano occidental, creador de las formas políticas y culturales en que vivimos.

El sistema político que propiciamos en nuestro opúsculo procede de la concepción clásica y en cuanto tal es organicista. Su subsistencia está asegurada por la naturaleza misma del hombre occidental, que no puede cambiar porque está ligada a su ser mismo. La historia lo prueba, como prueba también su capacidad de ser sobreelevada desde su naturaleza hasta el allende del Bien Común trascendente, como lo fuera en los tiempos de Inocencio III. Mas la íntima convivencia del hombre natural con el cristianismo dejó en la conciencia de aquél la nostalgia y el vacío del ideal religioso, realizado alguna vez, frustrado más tarde y muerto al final en tiempo de apostasía. La Revolución Francesa, que aniquiló las últimas posibilidades del Bien Común trascendente en el orden político, buscó satisfacer con algo equivalente la vocación religiosa que inculcara en el hombre de la alta Edad Media. Y para ello, en vez de Dios, puso los mitos, y en vez de la religión cristiana puso la religión mítica o de los entes de razón deificados, verdaderas fuerzas mágicas. (Zauberkräfte).

Ahora bien, la aplicación de las formas políticas a la realidad americana no puede hacerse sic et simpliciter o sea sin modificación alguna. Lo que el hombre americano tiene de hombre occidental —en sentido cultural, no topológico— es lo único que hace factible el uso de instrumental de aquellas formas clásicas. Lo que tiene de indígena, o sea de propio, introducirá necesariamente modificaciones a aquello que en el Viejo Continente fue estructuralmente perfecto. La gran amenaza que se cierne sobre lo clásico es el mito, porque éste es tenebroso, monstruoso y cruel. Corresponde a la época de lo que los griegos llamaban “estúpida credulidad” (Euethíe elíthios). Nosotros estamos por las instituciones del hombre natural y contra las del hombre mítico. Estamos por la cultura, contra la barbarie.


       Scimus quoniam ex Deo sumus; et mundos totus in maligno positus est. (Io., Ep. I, 5, 19)

       Y aun frente a la analogía y a Dios, a pesar de la voz alta y saludable de las leyes de gradación que penetran tan vivamente todas las cosas en el cielo y sobre la tierra, insensatos esfuerzos han sido hechos para establecer una democracia universal. (Edgar Allan Poe, Diálogo de Monos y Una).

       La Contra-Reforma terminó en la Revolución Francesa. La Revolución fue un acontecimiento capital, una “tuba” que cambió la faz de la historia; no se engañan en esto sus admiradores… Con la Revolución acabó formalmente en el mundo el Imperio Romano, que la tradición patrística pone como el misterioso katékhon de San Pablo, el “obstáculo” del Anticristo. (Leonardo Castellani, Los papeles de Benjamín Benavides).



[ Con el ánimo de orientar el sentido político de los argentinos, confundidos en este momento por la mala fe, o por la ignorancia, o por la perplejidad de una situación naturalmente oscura, me permito ofrecer estas meditaciones. Mi voz debe ser clara, precisa y sintética. Pero como los principios rigen las cosas, sin excepción, primeramente hablaré en el orden de los principios (I), y luego en el histórico- concreto (II). ]



– I –

1.   Todo régimen político se corrompe.
En efecto, el hombre como sujeto de la historia, no ha encontrado aún un sistema político incorruptible. Tanto la autocracia, como la aristocracia y la democracia están fatalmente sujetas a la corrupción en cuanto sistemas humanos.

2.   Creer que hay formas políticas incorruptibles es mitología.
Por la sencilla razón de que quien así piense se sustrae a la realidad y se sitúa en el plano de los entes de razón. Quien afirme que la autocracia, la aristocracia y la democracia son seres reales, crea mitos, es decir, crea fantasmas.

3.   La trasformación de los sistemas políticos en mitos crea la superstición y el fanatismo.
Lanzado el mito, éste se transforma en ídolo y crece indefinidamente hasta alcanzar proporciones teratológicas2. Inmediatamente nace la superstición, y con ésta el fanatismo.

4.   Todo estado mítico es totalitario.
Ello es evidente, porque el mito no admite un opuesto. Para sobrevivir necesita ser único. La denominación que adopta es accidental: puede llamarse autocracia, aristocracia o democracia, pero ello sólo es una denominación extrínseca. El Estado mítico es único, absoluto y exclusivo.

5.   La unicidad, la absolutidad y la exclusividad engendran el despotismo.
El despotismo, a su vez, ejercita la crueldad y excita los bajos sentimientos humanos. El Estado mítico totalitario en su forma autocrática inventó las cámaras de gas, y en su forma democrática la guillotina.

6.   Las formas políticas del Estado mítico son tautológicas y van de lo mismo a lo mismo.
Se puede instituir la autocracia, la aristocracia o la democracia indiferentemente, porque todas serán totalitarias. La democracia totalitaria es tan funesta como la más cerrada autocracia. Los extremos se tocan, porque la tautología es la circularidad estéril.

7.   El mito tiende naturalmente a devenir religioso.
Todo sistema político mitológico se transforma al cabo en una pseudo-religión de contenido idolátrico. Tan idolátrico es el Estado mítico autocrático como el Estado mítico democrático. Uno y otro terminan por atribuir al Hombre (Líder), carismas preternaturales, erigiéndolo en el gran hierofante3 de la Nación.

8.   Las formas políticas en general son instrumentales y no suplen al hombre.
No abrogan la responsabilidad, ni subrogan en ningún caso a la persona humana. El pensamiento mítico coloca al mito por encima de la persona y libera a ésta de la responsabilidad moral y por tanto política. Y así, por ejemplo, se afirma absurdamente que basta ser democrático para ser puro, y ser autocrático para ser réprobo.

9.   Las formas políticas positivas en cuanto instrumentales son todas, en principio, aceptables.
No existe el exorcismo en política. La decisión relativamente a la vigencia de aquéllas depende de cada situación concreta (histórica, geopolítica, económica, etc.) de la vida de la Nación. Sostener lo contrario equivale a sacrificar la Nación a los sistemas teóricos, es decir, a las formas instrumentales que, por ser tales, no son esenciales, sino accidentales, y están expuestas a corromperse, a devenir caducas, o a ser simplemente inconvenientes.

10.   La democracia como forma política positiva y por lo tanto admisible, es la democracia no liberal.
La forma liberal no cupo en las categorías de la filosofía y de la política clásicas. Para Platón, Aristóteles y Santo Tomás de Aquino la democracia liberal fue un no-concepto, un impensable. El mundo antiguo y el medieval no la conocieron, ni la concibieron, pues está fuera de todo modelo clásico, de todo orden y de toda armonía. La democracia liberal es creación de la Revolución Francesa, aunque está presentida en Marsilio de Padua. Su forma permanente de subsistencia es el mito (Zauberkraft), y su contorno lo monstruoso y catastrófico.

11.   El estado ordenado no puede fomentar la libertad como mito, pues terminará por ser devorado por ella.
La libertad como mito lleva fatalmente al anarquismo, o sea, al solipsismo político; es el Desorden, pues si la libertad de cada uno debe ser absoluta, no será posible el Estado, que es uno o no es. (Imperium nisi unum sit, esse nullum potest, o sea, el Estado que no es uno, no puede existir). La libertad es formalmente instrumental, no tiene un fin por sí. En el orden teológico es instrumento para merecer la beatitud y para servir a Dios; en el orden moral es instrumento para practicar el bien consigo mismo y con el prójimo; en el orden político es instrumento para realizar el bien común a través del Estado. La libertad que no es instrumento para algo, es monstruo mitológico.

12.   La libertad que no es mito, es Orden.
Uno de los constitutivos formales del Estado es el Orden, es decir, es la libertad condicionada al Orden o por el Orden. Sin el Orden no hay unidad, y sin unidad no hay Estado (Unitas ordine). La libertad política dentro del Estado no puede ser nunca absoluta, así como tampoco lo es, dentro de la ley, la libertad moral. Un mandatario (y mucho menos un militar) no puede ser un heraldo de la libertad mítica. Mejor sería que lo fuese del Orden, o de la libertad en el Orden.

13.   La política no está subalternada al derecho sino a la moral; la política no se rige por la justicia legal, como sostienen algunos, sino por accidente. La regla de oro de la política es la equidad.
Ubi societas, ibi aequitas. “Lo equitativo y lo justo, siendo buenos ambos, la única diferencia que hay entre ellos es que lo equitativo siendo lo justo, no es lo justo legal, sino que es una dichosa rectificación de la justicia rigurosamente legal”. Tal es el dominio de la política, y por ello, tratar de establecer un Estado legal, es decir, regido por la justicia legal, es un absurdo. El Estado humano está regido por la equidad, que es mejor que la justicia como medio asequible al hombre. La justicia es de Dios; la equidad es de los hombres; la bondad es de todos.

14.   Si la política está subalternada a la moral, el fin objetivo del Estado es el bien común.
(Si estuviese subalternada al derecho, como quiere Kelsen, su fin sería la ley, pero esto es manifiestamente falso). La consecución del Bien Común está  regulada por la equidad antes que por la justicia, o sea, antes que por el derecho. Por ello juzgo un error la aplicación indiscriminada del derecho en la cosa política. El delito político (si existe) no es delito de derecho, pues el “Estado no es derecho”, como se dice erróneamente. “El Estado es política”. Es urgente en estos momentos evitar la violación del principio: summum jus summa injuria (el abuso del derecho es la máxima injusticia).

15.   No es admisible una democracia cristiana, porque se complica al cristianismo con un sistema temporal-mundano.
 El Cristianismo, en efecto, es una religión sobrenatural, mientras que la democracia (la politía) es una forma humana de gobierno. Puede sí haber accidentalmente una democracia de cristianos (por cierto que la democracia liberal, que pertenece al diablo, queda excluida de esta posibilidad), como puede haber una autocracia o una aristocracia de cristianos. Lo que no puede haber es un comunismo o una plutocracia de cristianos. Estas dos formas políticas son radicalmente anticristianas. La democracia cristiana es un supercristianismo, es decir, no es cristianismo, o es un cristianismo por denominación extrínseca, o sea, un pseudo-cristianismo. En realidad la única democracia posible es la de la Iglesia. Después de la alocución de Pascua (de 1955) del Sumo Pontífice, la Democracia Cristiana ha perdido todo su significado desde el punto de vista católico. Ha dicho el Papa: “En cambio sería una apariencia de fe destinada a la derrota ese vago sentimiento de cristianismo, muelle y vano, que no rebasa el umbral de la persuasión en las mentes, ni el amor en los corazones; que no está puesto como cimiento y coronación ni de la vida privada ni de la pública; que sólo ve en la ley cristiana una ética puramente humana de solidaridad y una disposición cualquiera para promover el trabajo, la técnica y el bienestar exterior. Los que agitan la engañosa bandera de este cristianismo vago, lejos de estar al lado de la Iglesia en la lucha gigantesca en que está empeñada para salvaguardar para el hombre del siglo presente los eternos valores del espíritu, más bien aumentan la confusión, haciéndose así cómplices de los enemigos de Cristo. Tales serían, en concreto, los cristianos que, arrastrados por el engaño o doblegados por el temor, diesen su cooperación a sistemas discutibles de progreso material que exigen, como contrapartida, la renuncia a los principios sobrenaturales de la fe y a los derechos naturales del hombre”. Estas palabras de Pío XII dichas en tan solemne circunstancia, urbi et orbe, son contradictorias de los principios de la “ciudad fraternal” y del “humanismo generoso” (expresión masónica) que sostiene la llamada “democracia cristiana”. Naturalmente que la “democracia cristiana” puede seguir subsistiendo con el Ejército de Salvación y con los Mormones. Sin embargo, estas sectas tienen políticamente un historial menos oscuro que aquélla, pues no debe olvidarse que la “democracia cristiana” no fue indiferente a la masacre por el “resistencialismo” francés de 100.000 ciudadanos conservadores (católicos casi todos), sacrificados al Moloch Demo-Libertad, por el delito de haber amado a su patria más allá de los execrables mitos. La dialéctica del “humanismo generoso” parte del principio de que “no hay enemigos a la izquierda”. Para los crímenes que se cometen con los que están a la derecha, no tiene ojos.

16.   Las formas políticas son irreversibles como consecuencia necesaria de la irreversibilidad del hecho histórico.
No se ha dado, en toda la historia de la humanidad, un sólo hecho que se haya repetido; es lo que se llama en la ciencia histórica: Einmaligkeit. La visión retrospectiva de Ezequiel es la de un pueblo de osamentas, a las cuales sólo vivifica el espíritu de Dios; esto significa que el hombre nada puede resucitar nunca. Claro está que tampoco se pueden resucitar las instituciones fenecidas, ni las Constituciones de otras épocas. Intentar hacerlo es una actitud contra natura. Toda Constitución, como obra humana, está sujeta necesariamente a caducidad (a corrupción), y nada ni nadie puede instituirla en una forma eterna. Resucitar una Constitución es una tarea tan macabra como inútil, propia de la mentalidad mitolátrica, retrógrada y anti-histórica.

17.   La suprema realidad en todo sistema político es el hombre, la persona humana de carne y huesos, cuya calidad y comportamiento solamente garantizan la honestidad de un gobierno.
 Esto significa que el fundamento de todo gobierno es la moral, es decir, la moral encarnada. Sin la rigurosa subalternación de la política a la moral, no habrá garantías para nada, ni para nadie, así sea el régimen democrático o autocrático. En cambio, el mantenimiento de aquella subalternación, hace posible cualquier régimen político positivo, preservado así de la amenaza pestífera del mito.

18.   El Nacionalismo es la concepción política que propicia el encaminamiento de la nación a la consecución del bien común por el orden y la unidad, religados en la autoridad.
Siendo uno el Bien Común, la finalidad perseguida por la Nación debe ser una. Y si es una la finalidad, deben ser adecuados a ella los medios. El Nacionalismo considera al hombre como una unidad no escindible de individuo y persona: por ello no es ni individualista ni personalista, sino plenamente humano, en cuanto ve en el hombre político no sólo un sujeto temporal sino también espiritual, comprometido en cuanto tal, en todos sus actos de ciudadano. El sentido de unidad y de orden del Nacionalismo lo opone a todo internacionalismo político y a todo cosmopolitismo, pues uno y otro son factores disolventes de la Nación. Su culto de la autoridad lo opone al liberalismo, que también es factor de disolución por la anarquía. Su concepción del Bien Común lo opone a toda mitolatría.

19.   Los actos humanos se especifican por los fines: como es el fin son los actos. Los fines informan los medios, aunque de inmediato no los justifiquen.
Mas si el fin es bueno, los medios serán inmediatamente buenos y no pueden ser absolutamente malos (relativamente sí pueden serlo). Un sistema político como el Nacionalismo que pone el Bien Común como fin, no puede ser absolutamente malo y no puede ser condenado por ser nacionalismo. Si pusiese como fin la absorción de la persona por el Estado sería malo y condenable, pero entonces no sería Nacionalismo sino totalitarismo. Para el Nacionalismo “el Estado es la sociedad natural, revestido de la autoridad suprema dentro de unos límites dados, encargada de realizar el Bien Común de sus miembros”. En cambio, será totalitarismo, y de ferocidad omnívora, el sistema político que, como la democracia liberal, proponga y practique la inmolación de la persona humana al mito.



– II –

1.   La historia de nuestro país no se compromete con ninguna forma política determinada.
En Argentina ha habido autocracia, aristocracia (en realidad, oligarquía) y democracia, y en cada circunstancia se ha gobernado con resultados positivos y negativos. La historia argentina no es la historia de la traición y del deshonor; no es la historia de Caínes y Abeles, de demonios y de santos, de justos y réprobos, sino la historia de una Nación cuyos hijos pueden haber luchado entre sí como adversarios, pero nunca como enemigos. La mentalidad mitolátrica transforma al adversario en enemigo extranjero (hostis), es decir, que transforma al país en campo de batalla, en escenario de una guerra fratricida y de exterminio, a igual que la mentalidad primitiva. En el orden de un mismo Estado y de una sola nación y hablando políticamente, tiene vigencia de mandamiento el diligite inimicos vestros, que traducimos como “amad a vuestros enemigos” (en este caso: enemigos significa por lo menos adversarios). El adversario político, el antagonista que disputa en el Agón, no es un enemigo extranjero, no es un hostis, aunque sí puede ser un inimicus, y a éste se lo debe amar. En el orden religioso este problema no existe. La tendencia apocalíptica a dividir a los argentinos en réprobos y justos es propia de la mentalidad mitolátrica.

2.   La adopción de una forma de gobierno obedece a circunstancias de hecho, en primer lugar históricas.
El que Argentina sea república no es el resultado de un designio providencial, ni de la inspiración de un predestinado, ni de una teofanía a “nuestros gigantes padres”, ni del azar, sino de hechos que determinaron la adopción de esa forma de gobierno. Pero los hechos históricos son únicos e irreversibles, y el destino político de una nación cualquiera no puede ligarse indefinidamente a una circunstancia histórica perimida. Sólo la mentalidad mitolátrica cree en la eternidad de las formas políticas. El hombre inteligente y libre, que no está ofuscado por la religión mitológica idolátrica, y que no es fanático, admite, porque debe admitir, la posibilidad de abandonar un sistema puramente instrumental, por otro de mayor conveniencia para la nación. Es anacrónico y ridículo pensar, por ejemplo, que una Constitución nacida en los años del miriñaque, de la carreta, de la vela de sebo y del trabuco, pueda servir como intangible instrumento legislativo en la época del nylon, del avión supersónico, del átomo fisionado y de la bomba de hidrógeno. El más eminente de los juristas europeos y acaso del mundo contemporáneo ha declarado: “Hoy, el orden actual centroeuropeo del Derecho Público desaparece; y con él se hunde el antiguo Nomos de la tierra" (Carl Schmidt, Der Nomos der Erde, Köln 1950).

3.   Las circunstancias geopolíticas y económicas de Argentina han variado fundamentalmente.
Geopolíticamente, todos los países del mundo han sufrido transformaciones fundamentales. El factor principal ha sido la última guerra, que ha modificado los continentes. Al desaparecer la hegemonía inglesa como consecuencia, entre otras causas, del agotamiento del carbón que alimentaba las calderas de los acorazados de la enorme flota del imperio victoriano, sumado a la carencia de petróleo, aquél ha comenzado a resquebrajarse a tal punto que su subsistencia apenas podrá llegar a fines del presente siglo. Sólo algún cipayo trasnochado puede pensar aún que sea factible el sueño de Julio Roca (h.), de que Argentina llegue a ser colonia británica: Inglaterra es una gran potencia agonizante. El cetro de la hegemonía mundial, por lo menos en relación a América, ha pasado a U.S.A. que lo detenta con manos muy firmes. Con ello adquiere vigencia plena la doctrina Monroe, y se desvanece el ensueño romántico de la doctrina argentina de “América para la humanidad”, que debía sonar muy agradablemente a los oídos de los socarrones estadistas ingleses. La “monroización” de América es ya un hecho consumado, y su órgano técnico es la O.E.A., a la que nuestro país se incorporó el último. Nos obliga más a pensar primordialmente en América, el que Europa sólo aparezca como el “futuro campo de batalla” de la guerra inevitable. La supertécnica, además, ha contraído el espacio en forma casi milagrosa, de modo que la unidad espacial de América es una realidad decisiva: por el monroísmo es políticamente una, y por la técnica espacialmente una. La unidad de América no sajona ya no es por la hispanidad o por la latinidad, sino por el monroísmo. La unidad geopolítica de América está lograda y su fórmula podría ser: “tres en una” o sea “las tres Américas en Norteamérica”. Lo que no está logrado es la unidad espiritual, porque la América sudcéntrica es cristiano-católica, mientras que la del Norte es protestante-calvinista; el cristianismo no es un denominador común de las tres Américas. La unidad fundamental religiosa de las Américas no se logrará nunca, porque si Norteamérica fuese cristiana perdería su fuerza material, pues cristianismo y poder material son contradictorios. El cristianismo es una religión de pobres y humildes, que ponen su fe y esperanza no en poderes intramundanos, sino en un Dios trascendente que es agápe. Todo estado rico y poderoso no puede ser cristiano (Vae vobis divitibus, ¡ay de vosotros los ricos!, dice Lucas. 6, 24). No hay más cristianismo que el de las bienaventuranzas, y por ello digo que el cristianismo es una religión de pobres y humildes. El catolicismo yanqui es un cristianismo de ricos y poderosos, sostenido por poderes intramundanos; es una religión opípara y tecnificada, y por ello no me parece muy conciliable con el cristianismo. La idea comtiana de un catolicismo sin cristianismo no es viable, aunque el catolicismo sea la forma de cristianismo que acepta más temporalidad y por ello sea más militante. La tradición espiritual de América sudcéntrica la liga con Europa católica, y por eso aquélla nunca podrá desarrollar una voluntad de poder que la erija en superpotencia, rival de Norteamérica, salvo que cambiase de religión, lo cual no es posible. Pero en la mayoría de las naciones americanas sudcéntricas, el catolicismo está aún en la etapa misional o sea que, aunque potencialmente exista, su fuerza efectiva es nula o muy relativa. Argentina es una excepción, hasta cierto punto, porque en nuestro país el catolicismo ha salido de la etapa misional, o por lo menos, así lo creemos. La actualización del catolicismo, o sea, su aparición como entelequia realmente operante en cuanto fuerza espiritual efectiva, depende del acendramiento de su cristianismo. La mayor actualización del catolicismo equivaldrá a un alejamiento mayor del espíritu protestante-calvinista, y consecutivamente a una mayor posibilidad de independencia política. Todo lo contrario se deduce del laicismo, que ofrece al imperialismo una conciencia desolada (la conciencia desdichada pasiva), propicia a la conquista por la sumisión espiritual. Cualesquiera sean los defectos del catolicismo argentino, nos preserva de una total absorción norteamericana y deja la posibilidad de una comunicación vital con Europa, pues en Europa está el catolicismo; y además, de un mantenimiento de la conciencia de soberanía política, precioso tesoro que no debemos permitir que sucumba. El catolicismo aparece como regulativo, pues por un lado niega cristianamente el culto de la voluntad de poder, es decir, anonada todo sueño imperialista (por eso en el nuevo derecho público, es una exigencia el Silete Theologi in munere alieno de Albericus Gentili), y por otro lado estimula y vigoriza la conciencia de soberanía, en cuanto en nuestro caso se opone a la irrupción del calvinismo del norte. Ante el hecho de la unificación geopolítica y económica bajo el implacable puño yanqui, aún queda a nuestro país la posibilidad de mantener su independencia espiritual y la voluntad de su soberanía política, que fue siempre su característico sello y el perfil de su personalidad internacional. Por eso afirmamos el cambio fundamental para nuestro país de las circunstancias geopolíticas y económicas, pues ya en el período de 1914-1918 comenzó a variar el horizonte internacional, y después de la guerra de 1939-1945 se han producido hechos tales, que el mundo revela haber entrado en una nueva época de su historia.

4.   Argentina tiene destino capital en América, que sólo podrá realizar proporcionalmente a su potencia espiritual y material.
América sudcéntrica o Sudcentroamérica es la contraparte de Norteamérica, porque ésta es la Prosperity (das Gedeihen) y aquélla es el Estancamiento (die Stagnation, die Stagnierung). Norteamérica debe, por tanto, incrementar a los países  débiles o de economía atrasada, es decir, a toda Sudcentroamérica, pero los incrementa dominándolos por el incontrastable poder de la economía y de la supertécnica; esto es lógico, pues no se trata del ejercicio de una paternidad sino del Dominio, y el Dominio es fuerza e interés temporales. La prosperidad empuja al estancamiento, el cual no se convierte a su vez en prosperidad sino en Explotación. La explotación lleva un signo de ominosidad y de ignominia, que la transforma en conciencia desdichada pasiva, de la cual tampoco hay que esperar prosperidad (porque la explotación es la prosperidad frustrada), sino el dolor de la impotencia (impotencia de vencer al Dominio). La Impotencia puede llegar a la Resignación, la que significa el anonadamiento de la conciencia desdichada; o a la Desesperación, por donde se llega a la Revolución. La Resignación y la Revolución son los signos negativos de la América estancada y explotada. Pero la Revolución sudcentroaméricana no es contra el Dominio, que es el motor de todo, incontrastable y temido, sino contra la propia y dolorosa desdicha (guerra civil) ; no es una revolución hacia afuera, sino dentro de sí misma (no puede ser hacia afuera porque el Dominio la controla y la dirige). Por ello toda revolución sudcentroaméricana resulta contra la propia revolución y a favor del Dominio, cualquiera sea el desenlace. Y así la resignación equivale a anonadamiento, y la revolución significa autodestrucción; el Dominio es siempre el que triunfa y con él la Prosperidad que ya es Explotación, con el signo de la ominosidad y de la ignominia. Es la dialéctica del señor y del siervo, pero en que éste o es esclavo envilecido que está anonadado, o aparece entregado a la autodestrucción en el círculo fatal de su impotencia desesperada. Para detener el curso hasta ahora inexorable de esta dialéctica, habrá que evitar el anonadamiento propio de la impotencia y eliminar el sentido destructor de la revolución, en cuanto se anula a sí misma. Si se lograse actualizar el catolicismo en los países mediatizados al Dominio, se lograría también re-crear su conciencia anonadada y con ello, su personalidad. Lo que puede la conciencia católica viva, se vio ya en el fugaz gobierno de García Moreno en el Ecuador. Pero ello no basta, porque la energía que despliega la conciencia católica (de la América católica de Rubén Darío), ha de completarse con el nuevo sentido que debe imprimirse a la revolución, que en vez de dirigirse contra sí misma, en un proceso de autodestrucción, debe apuntar al Dominio, que es su enemigo. Si esto se lograse, el Estancamiento se transformaría en Resistencia (conciencia desdichada activa). La resistencia ha de ser necesariamente revolucionaria, pero hacia afuera, no hacia adentro; debe dejar de ser “guerra civil” y transformarse en “guerra hostil” (de hostis, enemigo extranjero). Pero esta guerra no puede ser material, porque por ahora el Dominio es invencible, sino espiritual, y con ello bastará para vigorizar la conciencia desdichada activa. Todo lo que tienda a debilitar la conciencia desdichada activa debe ser eliminado, porque será un aliado de la explotación. El primer factor que debe ser eliminado es la Democracia que es “factor de crisis”, y por tanto de mediatización al Dominio. Argentina, que aún no está mediatizada, pero que ha entrado en la etapa de la revolución auto-destructora por donde puede llegar al anonadamiento de la impotencia, tiene aún tiempo para reaccionar. Por las reservas que aún le quedan, puede evitar el caer en la dialéctica cerrada del señor y del siervo y tratar de desarrollar la conciencia desdichada activa, para lograr algún día no sólo para sí, sino para toda Sudcentroamérica, la conciencia dichosa.

5.   La polarización de los pueblos del mundo ha impuesto hoy, como jamás se vio en la historia universal, el principio de totalidad de dominio.
Quien no lo admite será porque vive en las nubes. No se conciben más que dos bloques de pueblos y dos bloques de ideas. La ausencia de una mediedad y la porfiada resistencia a admitirla, incrementa la conciencia bélica. Ambos bloques son dominantes, totalitarios y no cristianos: tal es su triple denominador común. Sobre toda la política mundial actual gravita en forma agobiadora esta trinidad ineludible y atroz. El principio de derecho público par in parem non habet iurisdictionem no existe ya más. La polarización en dos superpotencias o dos superdominios es una comprobación objetiva y no necesariamente un juicio de valor. Que el mundo actual tienda por virtud de la técnica a ser un Universo dominado por un amo no significa que no deba ser un Pluriverso. Que pueda serlo entra en el dominio de la profecía. Si la guerra futura ha de tener una decisión, debe pensarse mucho que al vae victis practicado ahora sin piedad, se suma el vae neutris que en realidad significa la muerte de la neutralidad, pues, como hemos dicho, la bipolarización del Dominio no acepta una mediedad. De caber esta sería posible una solución no radical. Pero si no cabe, no veo cómo será posible esta solución.

6.   Creer que la Democracia Liberal juega algún papel positivo en la historia universal, es ingenuidad, o ignorancia, o mala fe.
Objetivamente, la democracia de hoy es una forma de dominación de los Estados omnívoros, fomentada sistemáticamente en los Estados mediatizados. Los casos mas ejemplares son las dos Alemanias e Italia. España se libró de ser mediatizada gracias a la Revolución Nacional que le restituyó la libertad soberana y aventó la democracia. El día que España sea democratizada será el día de su aniquilamiento: se dispersará como polvo, y se habrá cumplido el deseo satánico de Cromwell que en 1656 declaraba al español “el enemigo natural, el enemigo providencial” (the natural enemy, the providential enemy) y exhortaba a sus súbditos a no darle tregua hasta destruirlo. En América sudcéntrica, la democracia es el opio con que se embota su conciencia para mediatizarla.


7.   Formalmente la democracia es un producto y también un factor de “crisis”, no un factor de creación (la “piqueta demoledora” de Yrigoyen).
La democracia liberal actual es un producto de descomposición del mundo pre-burgués. El momento del advenimiento de la democracia liberal es el año 1789, es decir, el de la Revolución Francesa, que luego se proyecto como factor de “crisis” en el mundo occidental. La “crisis democrática del mundo” no creó nada, pero sí destruyó las instituciones arcaicas medievales que no tenían ya por qué subsistir. Pero cuando la democracia en cuanto tal quiso crear, no pudo hacerlo por sí misma y se transformó en el imperio napoleónico, el cual sí fue creador al cien por ciento. Mas sólo duró un suspiro, pues su origen era espurio, por haber nacido de la democracia en cuyo nombre Napoleón se ciñó la corona. Se podría argüir que U.S.A. es una creación de la democracia, pero ese sería un argumento para niños. En primer lugar, los emigrantes del Mayflower se expatriaron no por un ideal democrático, sino por una decisión religiosa, es decir, que no buscaban en América la libertad política sino por accidente, en cuanto sirviera al ejercicio de su libertad religiosa. U.S.A. nació por un acto de confesionalidad protestante, no por una decisión política en sentido estricto. Su segregación de Inglaterra tuvo por motivo simbólico una cuestión sobre pago de impuestos. En el inicio, de U.S.A. están como raíces el calvinismo y la economía, no la política. La democracia no ha creado nada grande en el orden político. Toda la historia universal en cuanto construcción y grandeza es obra de los imperios. La democracia no fortifica sino debilita la voluntad y relaja la energía creadora. Debido principalmente al opio democrático, todas las naciones sudcentroamericanas se hallan hoy políticamente en estado larval y no llegan a constituirse con instituciones permanentes. La democracia es la pesadilla de la conciencia desdichada pasiva, o sea la conciencia anonadada bajo la sombra siniestra del Dominio.

8.   Norteamérica es no una democracia sino una plutocracia; es un imperio de ricos (“prosperity”).
Estados Unidos de Norteamérica es el Dominio, es la superautoridad con su lema leviatánico: Auctoritas facit legem, el Dominio hace la ley. El Dominio excluye definitoriamente  al  Parlamentarismo, que es la institución de lo que Donoso Cortés llamó: “la clase discutidora”. La discusión no el raciocinio, ni la convicción, ni la persuasión, ni la decisión, ni la lógica; sino la dialéctica desenfrenada, la duda, la disuasión, la sofística, la erística y la confusión: es la Crisis. Por ello, la expresión genuina de la democracia es el parlamentarismo: ambos significan crisis, y por ello también el Dominio excluye al parlamentarismo, el cual sólo subsiste a su lado como una ficción, como una hipótesis de trabajo o como un estorbo gravoso. ¿Hay algo más chato, anónimo y convencional que el congreso norteamericano? Las formas democráticas de EE.UU. son puramente instrumentales, no son esenciales, y sirven como tales a la realidad plutocrática fundamental. EE.UU. es hoy uno de los grandes imperios de la tierra, (para Sudcentroamérica es el Dominio a secas), porque es plutocracia, no porque sea democracia. El presentimiento de Tocqueville de que EE.UU. “no quitase al despotismo su odioso aspecto y su vil carácter”, se ha cumplido.

9.   El Comunismo, que en cuanto hegelianismo es racional, en cuanto marxismo es mesiánico y en cuanto eslavo es salvífico, resulta una religión (negativa) del aquende. La plutocracia no es ni racional ni mesiánica ni salvífica. Del dominio no resulta una religión sino un comportamiento (“behaviour”) respecto al aquende y su signo espiritual es también negativo.
Entre estos dos extremos satánicos Sudcentroamérica debe jugar su destino a la par del Occidente europeo, pues ya no resta otro bloque cristiano en el mundo. Para Sudcentroamérica, el “monroísmo” y la supertécnica en lo relativo a la geopolítica y a la economía han sido fatales. Repetimos que la unidad espacial y política de las Américas es ya un hecho: no hay más poder en ellas que el del Dominio. Pero se puede y se debe salvar el Espíritu, vigorizando la conciencia desdichada. A la arreligión de la Plutocracia, y a la religión negativa, del aquende, del Comunismo, los pueblos de Sudcentroamérica no tienen otra religión eficaz que oponerles que el Cristianismo, que es mesiánico, salvífico, no irracional, y del allende. Luego el Cristianismo es un Imperativo de Occidente, en cualquier caso. Y por ello la enseñanza de la religión en las escuelas de Occidente debe ser necesariamente cristiana. Pero la forma más enérgica y operativa, por su mayor humanidad y temporalidad, es la católica; el cristianismo ortodoxo, en efecto, es deshumanizante e intemporal, y el protestantismo es solipsista. Por ello, desde el punto de vista exclusivamente temporal-político, yo no puedo ser partidario de la libertad de enseñanza. Para Occidente, la escuela cristiana es un imperativo inexcusable, de vida o muerte; y para nuestro país la escuela cristiano-católica. Entiéndase bien que afirmo la necesidad de la enseñanza cristiano-católica no porque ésta sea más verdadera, sino porque es la más conveniente, eficaz y útil. En cuanto a su verdad intrínseca, dictamine quien deba. Naturalmente, como católico reconozco que su verdad es la Verdad, pero esto es otro asunto que aquí no toco para nada.

10.   La tierra es la madre del hombre. El hombre es terrícola, no es hijo ni del mar ni del aire. Nace en la tierra, fija en ésta su morada, forma allí su familia y se confunde con ella en la muerte.
Por ello el Estado, que es obra del hombre, tiene su fundamento en la tierra, no en el mar, ni en el aire; el Estado es terráneo y su corazón, es decir, el punto vital de su ser, es mediterráneo. Todos los grandes Estados continentales tienen su corazón (es decir, su capital) en su centro, o por lo menos en su interior: Estados Unidos de América, Rusia, España, Italia, Alemania, Francia, China. Uno de los problemas principales de Argentina es la descapitalizacion de Buenos Aires, que geopolíticamente, por ser puerto, no es ni puede ser nunca la capital del país, sino un lugar de acceso y un lugar de expedición, no un asiento de vida auténtica, mesurada y profunda. Buenos Aires, como puerto, es lugar de transición (tiene mucho de campamento) y de horizonte acuoso e incierto. Sus frutos más seguros son el interés fenicio la sensualidad sardanapálica, la necedad y el metequismo.

11.   A pesar de la opresión del Dominio, trasformado en “Zeus Pantocrator” (en el Dios omnipotente dueño de los elementos), es deber ineludible de todo ciudadano argentino y más aún de todo gobierno, mantener aunque sea moralmente, si más no se pudiere, la personalidad del Estado Argentino como entidad soberana del derecho público.
Y será reo de traición a la Patria quien proponga o instituya un régimen político que signifique la mediatización del Estado argentino, o que establezca la posibilidad de que caiga bajo el imperio de cualesquiera de los extremos en que se polariza el Dominio. Pero el Estado argentino no puede ser democrático-liberal, pues si se intentara investirlo de esta forma de gobierno, sería fatalmente “un gobierno de crisis” y mediatizable: caería inmediatamente en el proceso de la revolución auto destructora. Argentina debe ser republicana, pero el republicanismo no debe ser entendido como un pluralismo libre, sino como un uniplurismo, es decir, como una totalidad ejecutiva que permita la convivencia de las partes en el servicio del Bien Común, fin objetivo le la Política.



NOTAS
1  Opúsculo editado originalmente por Ediciones Arkhe, Córdoba 1955-56 y posteriormente en Nimio de Anquín, Escritos Políticos, Santa Fe (Argentina), Instituto Leopoldo Lugones 1972.
2  Formas teratológicas, es decir, de monstruos míticos (N. del E.).
3 Hierofante es el que hace manifiesto lo sagrado (N. del E.).

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